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Sócrates
fue al Pireo a presenciar una fiesta religiosa.
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Dialogó
con el anciano Céfalo
sobre
la vejez

Sócrates:
¿La
vejez es una ruta penosa o cómoda?
Céfalo:
Muchos
ancianos se quejan de no poder disfrutar ya de los placeres del amor, la
comida y la bebida.
Pero
la causa de sus males no es la vejez.
(Sófocles)
La
vejez es un estado de reposo y libertad de los sentidos.
Con
costumbres apasibles la vejez es llevadera; sin ellas no lo es ni la
vejez ni la juventud.
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Ayer
bajé al Pireo (el puerto de Atenas, ubicado a pocos kilómetros de la
ciudad), en compañía de Glaucón, hijo de Aristón, con el fin de
elevar mis oraciones a la diosa y para ver cómo iban a realizar la
fiesta, que celebraban por primera vez. Magnífica me pareció la
ceremonia de los pireenses, pero no menos lucida fue la que hicieron los
tracios. Después de orar y contemplar la procesión, emprendimos el
regreso a la ciudad. Y habiéndonos visto desde lejos Polemarco, hijo de
Céfalo, en camino a nuestra casa, ordenó a su esclavo que viniese
corriendo hacia nosotros y nos rogara que lo esperásemos. El esclavo
nos dio alcance y dijo, tomándome por el manto:
—Polemarco
os suplica que lo esperéis.
Me
volví entonces y le pregunté dónde estaba su amo.
—Viene
hacia aquí —contestó.— Esperadlo un momento
—Muy
bien, esperaremos —dijo Glaucón.
Y
poco después llegaban Polemarco con el hermano de Glaucón, Adimanto, y
Nicerato, hijo de Nicias, y algunos otros que volvían seguramente de la
fiesta. Y Polemarco dijo:
—Me
parece, Sócrates, que volvéis a la ciudad.
—No
te engañas —contesté.
—¿Ves
tú cuántos somos? —replicó.
—¿Cómo
no he de verlo?
—Pues
bien —dijo— , habéis de poder con nosotros, o quedaros aquí.
—¿Acaso
no hay —respondí yo— otra disyuntiva, la de convenceros de que nos
dejéis partir?
—¿Cómo
podréis convencernos —replicó— si no estamos dispuestos a
escucharos?
—De
ninguna manera —dijo Glaucón.
—Pues
bien, tened la seguridad de que no habremos de escucharos.
Y
Adimanto intervino:
—¿Ignoráis
que al atardecer se efectuará la carrera de antorchas, a caballo, en
honor de la diosa?
—¿A
caballo? —pregunté—. Eso es una novedad. ¿Irán los competidores a
caballo y llevarán en la mano antorchas que se pasarán unos a otros
con el fin de disputarse el premio?
—Sí
—contestó Polemarco—. Y además habrá una fiesta nocturna que
merecerá contemplarse. Saldremos después de la cena para verla y nos
divertiremos con varios jóvenes a quienes encontraremos allí. Quedaos,
pues, no os hagáis rogar más.
Entonces
Glaucón dijo:
—Por
lo visto, es preciso quedarse.
—Si
así lo has dispuesto —dije—, habrá que obedeceros.
Fuimos
pues a casa de Polemarco, donde encontramos a sus dos hermanos, Lisias y
Eutidemo, y también al calcedonio Trasímaco, a Carmántides de Peania
y a Clitofonte, hijo de Aristónimo. También estaba Céfalo, el padre
de Polemarco, que me pareció bastante envejecido, pues hacía mucho
tiempo que no lo veía. Estaba sentado en un taburete, sobre un cojín,
y llevaba una corona, porque acababa de celebrar un sacrificio en el
patio. Nos sentamos junto a él, en taburetes dispuestos en círculo.
Tan pronto como me vio, Céfalo me saludó y dijo:
—No
vienes con frecuencia al Pireo, Sócrates. Sin embargo, tus visitas nos
serían gratas. Si yo tuviese fuerzas suficientes para ir a la ciudad,
te ahorraría el trabajo de venir aquí, e iría yo mismo a buscarte.
Pero ahora te corresponde venir más menudo. Has de saber que todos los
días, a medida que los placeres del cuerpo disminuyen y me abandonan,
hallo nuevos encantos en la conversación. Ten por mí, pues, esta
condescendencia. Reúnete a estos jóvenes y ven a menudo a visitar a
tus devotos amigos.
—También
a mí, Céfalo —dije yo— me agrada conversar con los ancianos. Como
ya se encuentran al final de un camino que a nosotros, probablemente,
nos corresponda seguir un día, me parece natural obtener informes de
ellos acerca de si la ruta es escarpada y penosa, o llana y cómoda. Y
como tú estás ahora en esa edad que los poetas llaman "el umbral
de la vejez", me será grato oír lo que me digas acerca de ella,
si la consideras o no un período desgraciado de la vida.
—¡Por
Zeus!, Sócrates —contestó—, te diré qué me parece. A menudo, según
el antiguo proverbio, nos reunimos, algunos de la misma edad. Casi todo
el tiempo que paso con ellos se va en quejas y lamentos. Recuerdan con
tristeza los placeres del amor, de la bebida, de la mesa, y todos los
demás de ese carácter de que disfrutaban en otra época. Se conduelen
de hallarse privados de tan preciosos bienes, como si la vida que antes
llevaban fuera feliz, y en la actualidad ya no vivieran. Algunos se
quejan de las ofensas a que los expone la vejez, por parte de sus
parientes, y no cesan de repetir los innumerables males que su avanzada
edad les depara diariamente. A mi juicio, Sócrates, no señalan la
verdadera causa de su mal; porque si ella fuere la vejez, yo y todos los
que llegan a mi edad deberíamos sentir los mismos efectos. Además, he
conocido a otros de una disposición muy diferente; y recuerdo que un día
que me encontraba con el poeta Sófocles, alguien le preguntó: «¿Aún
puedes, Sófocles, disfrutar los placeres del amor? ¿Todavía eres
capaz de tener relaciones satisfactorias con una mujer?» Y él respondió:
«Calla, buen hombre; siento la mayor satisfacción de haberme
librado de él, como quien sacude el yugo de un amo apasionado y
brutal.» Juzgué entonces que tenía razón al hablar de esta
suerte, y el tiempo no ha modificado mi pensamiento. En efecto, la vejez
es un estado de reposo y de libertad de los sentidos. Tan pronto como
las pasiones se relajan y dejan de hacernos sentir su aguijón, lo dicho
por Sófocles se comprueba plenamente: queda uno libre de múltiples y
furiosos tiranos. Con respecto a estas quejas de los viejos y a sus
pesares domésticos, no es en la vejez, Sócrates, sino en el carácter
de los hombres donde debemos buscar la causa. Con costumbres apacibles y
tranquilas encuentra uno llevadera la vejez. Con un carácter opuesto,
la vejez y la juventud son igualmente difíciles.
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