| Platón 1988 La República. Buenos
Aires: Eudeba. Libro I
Ayer
bajé al Pireo en compañía de Glaucón […] para ver […] la fiesta,
que celebraban por primera vez. […] Después de orar y contemplar la
procesión, emprendimos el regreso a la ciudad. Y habiéndonos visto desde
lejos Polemarco, hijo de Céfalo, en camino a nuestra casa, […]
dijo:
—
[…] Quedaos,
pues, no os hagáis rogar […]
Fuimos
pues a casa de Polemarco, donde […]
estaba Céfalo, el padre de Polemarco, que me pareció bastante envejecido
[…]
Nos sentamos junto a él […]
Céfalo me saludó y dijo:
—No
vienes con frecuencia al Pireo, Sócrates. Sin embargo, tus visitas nos
serían gratas. […]
—También
a mí, Céfalo —dije yo— me agrada conversar con los ancianos. Como ya
se encuentran al final de un camino que a nosotros, probablemente, nos
corresponda seguir un día, me parece natural obtener informes de ellos
acerca de si la ruta es escarpada y penosa, o llana y cómoda. […]
—¡Por
Zeus!, Sócrates —contestó—, te diré qué me parece. A menudo […]
nos reunimos, algunos de la misma edad. Casi todo el tiempo que paso con
ellos se va en quejas y lamentos. Recuerdan con tristeza los placeres del
amor, de la bebida, de la mesa, y todos los demás de ese carácter de que
disfrutaban en otra época […]
como
si la vida que antes llevaban fuera feliz, y en la actualidad ya no
vivieran. […]
A mi juicio, Sócrates, no señalan la verdadera causa de su mal; porque
si ella fuere la vejez, yo y todos los que llegan a mi edad deberíamos
sentir los mismos efectos. […]
la
vejez es un estado de reposo y de libertad de los sentidos. Tan pronto
como las pasiones se relajan y dejan de hacernos sentir su aguijón
[…]
queda uno libre de múltiples y furiosos tiranos. Con respecto a estas
quejas de los viejos […]
no es en la vejez, Sócrates, sino en el carácter de los hombres donde
debemos buscar la causa. Con costumbres apacibles y tranquilas encuentra
uno llevadera la vejez. Con un carácter opuesto, la vejez y la juventud
son igualmente difíciles…
|