| Platón 1988 La República. Buenos
Aires: Eudeba. Libro I
Sócrates
fue al Pireo con Glaucón para presenciar una fiesta religiosa. Cuando
estaba por volver a Atenas lo interceptó Polemarco, hijo de Céfalo,
pidiéndole que se quedara.
Fueron
a casa de Polemarco. Allí estaba el anciano Céfalo y con él Sócrates
entabló un diálogo sobre la vejez
“—A
mí, Céfalo —dijo— me agrada conversar con los ancianos. Como ya se
encuentran al final de un camino que a nosotros, probablemente, nos
corresponda seguir un día, me parece natural obtener informes de ellos
acerca de si la ruta es escarpada y penosa, o llana y cómoda.”
Céfalo
respondió comentando que, cuando se reúne con otros ancianos, se la
pasan entre quejas y lamentos. “Recuerdan
con tristeza los placeres del amor, de la bebida, de la mesa, y todos los
demás de ese carácter de que disfrutaban en otra época […]
como
si la vida que antes llevaban fuera feliz, y en la actualidad ya no
vivieran.” Y agregó que a su juicio se equivocan al señalar la
causa de sus males. Él entiende que
"la
vejez es un estado de reposo y de libertad de los sentidos", y que
librarse del aguijón de las pasiones es librarse de "múltiples y
furiosos tiranos". Por eso considera que la verdadera causa de las
quejas no es la vejez sino el carácter de los hombres. “Con
costumbres apacibles y tranquilas encuentra uno llevadera la vejez. Con un
carácter opuesto, la vejez y la juventud son igualmente difíciles […].” |