“Caía la tarde —una tempestuosa tarde
color de aceituna de plata— cuando el padre Brown, envuelto en una manta
escocesa, llegó al término de cierto valle escocés y pudo contemplar el
singular castillo de Glengyle. El castillo cerraba el paso de un barranco o
cañada, y parecía el límite del mundo. Aquella cascada de techos inclinados
y cúspides de pizarra verde mar, al estilo de los viejos ‘chateaux’
francoescoceses, hacía pensar a un inglés en los sombreros en forma de
campanarios que usan las brujas de los cuentos de hadas. Y el bosque de pinos
que se balanceaba en torno a sus verdes torreones parecía, por comparación,
tan oscuro como una bandada de innumerables cuervos. Esta nota de diabolismo
soñador y casi soñoliento no era una simple casualidad del paisaje. Porque
en aquel paraje flotaba, en efecto, una de esas nubes de orgullo y locura y
misteriosa aflicción que caen con mayor pesadumbre sobre las casas escocesas
que sobre ninguna otra morada de los hijos del hombre. Porque Escocia padece
una dosis doble del veneno llamado ‘herencia’: la tradición
aristocrática de la sangre, y la tradición calvinista del destino.”
“El sacerdote había robado un día a sus
trabajos en Glasgow, para ir a ver a su amigo Flambeau, el detective
aficionado, que estaba a la sazón en el castillo de Glengyle, acompañado de
un empleado oficial, haciendo averiguaciones sobre la vida y la muerte del
difunto conde de Glengyle. Este misterioso personaje era el último
representante de una raza cuyo valor, locura y cruel astucia la habían hecho
terrible aun entre la más siniestra nobleza de la nación allá por el siglo XVI. Ninguna familia estuvo más en aquel laberinto de ambiciones, en los
secretos de los secretos de aquel palacio de mentiras que se edificó en torno
a María, reina de los escoceses.”
“Una tonadilla local daba testimonio de
las causas y resultados de sus maquinaciones, en estas cándidas palabras: ‘Como
savia nueva para los árboles pujantes, tal es el oro rubio para los Ogilvie.’”
“Durante muchos siglos, el castillo de
Glengyle no había tenido un amo digno, y era de creer que ya para la época
de la reina Victoria, agotadas las excentricidades, sería de otro modo. Sin
embargo, el último Glengyle cumplió la tradición de su tribu, haciendo la
única cosa original que le qudaba por hacer: desapareció. No quiero decir
que se fue a otro país; al contrario: si aún estaba en alguna parte, todos
los indicios hacían creer que permanecía en el castillo. Pero, aunque su
nombre constaba en el registro de la iglesia, así como en el voluminoso libro
de los Pares, nadie lo había visto bajo el sol.”
(Chesterton,
G. K. 1985 La cruz azul y otros cuentos. Madrid: Hyspamérica. Págs.
108-109.)