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Las relaciones interpersonales que se dan en la familia son la vasija que
protege la personalidad naciente del niño. Se es persona en el seno de un
entramado de relaciones interpersonales. La dimensión social es constitutiva de
nuestro ser. Y el ámbito en el cual el ser personal se asoma al mundo y va
definiendo su singularidad es, en primer término, la familia. Por ello es tan
importante que las relaciones entre los miembros de la familia sean sanas,
maduras, respetuosas, verdaderamente interpersonales.
El niño que se va formando dentro del seno familiar está llamado a
desarrollar poco a poco su ser único e irrepetible, ejerciendo su libertad y
asumiendo la responsabilidad y la cuota de soledad que ella implica. Por ello el
contexto familiar debe dar espacio al ejercicio de la libertad, superando las
respuestas masificadas y estereotipadas que tienen su origen dentro o
fuera de la familia.
No ha de ser la familia una "masa" indiferenciada en la que todos
hacen lo que la familia hace (masa sin líder) o lo que el padre o la madre
quieren (masa con líder). Por el contrario, como verdadero "grupo",
debe contener las diferencias y respetar a quien, respecto de algo, gusta o
piensa de manera distinta.
Lógicamente, la relación paradigmática en este ámbito es la que vincula a
los padres entre sí. Es de suma importancia que el padre y la madre mantengan
una relación de unidad y no de unicidad. Como suele suceder en otros ámbitos,
tanto el exceso (unicidad o coincidencia total) como el defecto (relación
distante o nula) son poco aconsejables. La unidad de los esposos supone e
implica que cada uno de ellos siga siendo él mismo, con sus gustos, sus
opiniones, sus creencias, sus convicciones. Convivir —compartiendo un proyecto
de vida común y, al mismo tiempo, reconociendo, valorando, asumiendo y respetando
la singularidad del cónyuge— es condición indispensable para que los padres se
constituyan en el origen de un entramado de relaciones interpersonales sanas y
capaces de cobijar de un modo fecundo el surgimiento de nuevas personas libres,
creativas, responsables y felices, con una autoestima alta y una identidad
sólida y abierta al otro.
El grupo familiar ha de ser, en primer lugar, un verdadero "grupo".
Ni una "masa" (o un pegote en el que todos actúan masificadamente,
sin deliberación ni decisión personal) porque de este modo impedirá la
formación de la identidad de sus miembros; ni un agregado de individuos
relacionados débil y lejanamente, porque la dimensión social es esencial
y, si bien el adulto puede encontrar otros ámbitos de relación, el niño se
verá sometido a una carencia en un aspecto de fundamental importancia para su
formación y maduración integral.
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