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Algunos padres tienen grandes dificultades para dejar a sus hijos, a medida que éstos van
creciendo, un espacio de independencia cada vez
mayor. Es el caso
de los padres y madres "sobreprotectores" que, buscando cuidar a sus
hijos, terminan entorpeciendo su crecimiento interior y, en algunos casos,
generando una potencial o actual rebeldía o rechazo.
Si bien no se puede establecer un calendario común para padres en el que se
fije de modo universal el grado de independencia que debe otorgársele al hijo según el año de vida que
atraviesa —porque no
hay dos personas ni dos historias iguales—, no caben dudas de que, mirando el
proceso entero de formación, las personas evolucionan desde una total dependencia de
los padres (en especial de la madre en un comienzo) hasta la independencia que
la Naturaleza y la sociedad le reconocen al mayor de edad. Por lo tanto, no cabe
hacer la
pregunta de si debemos o no dar más independencia a nuestros hijos, porque esa
respuesta ya ha sido dada por la propia Naturaleza. De lo que se trata es
de saber cúando y de qué manera debemos ir permitiendo que esa libertad se
vaya ensayando de modo tal que no perjudique su ejercicio futuro.
Vivimos un tiempo difícil para los padres. El permisivismo general puede
llevarnos a pensar, por oposición, en la necesidad de que los padres tengamos
una mayor injerencia en todo. Pero ello no debe hacernos olvidar que es
fundamental ir cediendo espacios a medida que el niño crece, porque se trata de
una necesidad surgida de la propia naturaleza del ser humano, que necesita ejercitar su
capacidad de deliberación y elección.
La sobreprotección, si bien puede darnos a nosotros cierta seguridad,
inevitablemente retarda en nuestro hijo la maduración de su capacidad para
elegir libremente y responder por las consecuencias de sus opciones. Para quien
mira sólo el corto plazo, garantiza buenos resultados, pero, si miramos a
mediano y largo plazo, notaremos que esta práctica paterna posterga en el hijo el desarrollo de una de sus capacidades
fundamentales: la de obrar
libre y responsablemente.
Hacer las tareas junto a nuestro hijo, controlar periódicamente sus
carpetas, puede ser muy bueno en los primeros años de la enseñanza primaria.
Desprendernos poco a poco de hábitos de este tipo será con el tiempo necesario
si queremos acompañar el crecimiento de nuestro hijo.
La libertad implica soledad interior. Quien decide, lo hace por sí mismo y
asume la responsabilidad por su decisión. Si sobreprotegemos a nuestro hijo lo
privamos del espacio de intimidad y soledad que necesita para formar su
identidad y su personalidad, y, sin quererlo, dificultamos su desarrollo
integral.
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