Academia de Ciencias Luventicus

Padres con autoridad

Prof. Andrés Luetich
17 de junio de 2002

Vivimos una profunda crisis de autoridad. Los mismos que la reclaman, se rebelan contra ella cuando alguien la ejerce. "Democracia" y "autoridad" parecen incompatibles. No se diferencia "autoridad" de "autoritarismo". Ésta es una situación que viene siendo descripta desde hace tiempo. Recordemos, a modo de ejemplo, el libro de Jaime Barylko: El miedo a los hijos, aparecido hace ya diez años, en el que el autor describía el desconcierto de los padres frente a su rol paterno, temerosos de invadir la intimidad de sus hijos.

Etimológicamente, "autoridad" deviva del verbo latino augere, que significa aumentar, e indica que algo se agrega al poder. ¿Y qué le agrega la autoridad al poder? Le agrega razones. Si quien ejerce un rol de mayor jerarquía dice a su subordinado que algo es así, o deber ser hecho de tal manera, «porque yo lo digo», «porque sí», no está ejerciendo su autoridad sino su poder, poder sin razones. En este caso sí que podemos hablar de "autoritarismo". El autoritarismo debe ser denunciado y superado, pero, si no diferenciamos autoritarismo de autoridad, terminaremos atacando y destruyendo también a esta última, que es un componente esencial de la vida social.

A nivel familiar, se encuentra cuestionada la autoridad de los padres. Y esta crisis afecta en primer lugar a los padres mismos. Si no sé por qué hago lo que hago, por qué pido lo que pido, no sabré dar razones, no las tendré, y probablemente oscilaré como un péndulo entre el permisivo "dejar hacer" y el autoritarismo de la reacción violenta e injustificada. No hay autoridad paterna sin convicciones, sin ideales, sin vocación.

Cuando el hijo percibe la arbitrariedad de la exigencia y la falta de convicción de quien exige, la respuesta natural es la rebeldía. No deberían preocuparnos tanto las respuestas groseras cuanto la conducta sumisa de los que, viendo que lo que se les exige no tiene sentido alguno, no reaccionan contra ello.

Émile Durkheim dice que “la autoridad moral es la cualidad fundamental del educador”[1]. Aclara que esta autoridad no tiene nada de violento, “consiste toda entera en cierto ascendiente moral”[2]. Y esta autoridad supone dos condiciones: seguridad, ya que no damos nuestra confianza a quien vemos dudar o volver sobre sus decisiones; y que quien ejerce la autoridad la sienta realmente en sí. “No es de afuera que el maestro puede obtener su autoridad; es de sí mismo; sólo puede venirle de una fe interior. Es preciso que crea, no en sí mismo, sin duda, no en las cualidades superiores de su inteligencia o de su corazón, sino en su tarea y en la grandeza de su tarea”[3]. El respeto que tenemos nosotros mismos por nuestro rol de padres se manifiesta en nuestras actitudes y en nuestra convicción. ¿Cómo voy a exigir a mis hijos que me respeten como padre si yo no demuestro, con mis palabras y mis gestos, respeto por mi tarea? Mi tarea son ellos, si no la respeto no los respeto.

La seguridad que tenemos de la trascendencia de nuestra función y la devoción con la que asumimos nuestra vocación se manifiestan de mil modos y colaboran enormemente para generar un ascendiente moral que se traduce en legítima autoridad. Si nunca tuve o he perdido autoridad sobre mis hijos, ¿será que he perdido la mística, se habrá adormecido mi vocación, o habré perdido la seguridad y la confianza en la autoridad que acompaña a mi ser padre?

Jaim Etcheverry, en su muy difundida obra La tragedia educativa, afirma que nos confundimos muy a menudo al pensar la relación escuela-democracia. Pensamos que la escuela debe ser democrática y entendemos que en ella todos han de tener una participación igual en la toma de decisiones. Según él, no se trata de que la escuela sea democrática en su organización, sino de que eduque a los futuros ciudadanos para la democracia. Lo mismo ocurre, y con más razón, en la familia. La familia ha de preparar para la democracia, pero no lo hará consensuando todo, sintiéndose autoritaria cuando ejerce su autoridad y desbordada cuando no lo hace. ¿Podríamos llamar democrática a una familia que lo sometiese todo a votación, teniendo padres, hijos mayores e hijos pequeños, cada uno, un voto? ¿No sería mejor llamarla desquiciada? Y si lo que se somete a votación son sólo temas menores, ¿no estamos entonces ante una máscara, una fachada, un maquillaje, que esconde lo que genera vergüenza admitir: la autoridad? Pero, ¿qué tiene de vergonzoso la autoridad?

¿Por qué nos cuesta tanto hoy asumir y ejercer la autoridad? Un papel fundamental en esto lo juega la llamada "Posmodernidad", con su fin de los "meta-relatos". Ya no se admite un discurso sólido, fundado en profundas convicciones. ¿Quién puede hoy sostener algo más que una opinión? Pensar en la verdad es ya "autoritario". Pero, sin embargo, hoy más que nunca necesita la sociedad, y en especial los jóvenes, personas que, habiendo descubierto un valor, estén dispuestos a dar su vida por él. «Sólo vale la pena vivir por aquello que vale la pena morir.» Es esta convicción, esta fortaleza que surge de la adhesión generosa y desinteresada a un sentido que nos trasciende, lo que nos permite superar el nihilismo y ser verdaderos signos de que la vida merece ser vivida. Por supuesto que "convicción" no implica necesariamente "intolerancia". Es verdad que se han cometido muchos atropellos en nombre de las propias convicciones y de tal o cual meta-relato. Pero es igualmente cierto que personas de la talla de Gandhi, Teresa de Calcuta, Mandela y Luter King nos demuestran que es falsa la pretensión de quienes dicen que todo idealismo es violento y negador de las diferencias. Necesitamos una mística abierta a la "alteridad", capaz de respetar, pero al mismo tiempo capaz de generar adhesión, de despertar admiración, de transmitir valores y entusiasmo. No vamos a "conquistar" a nuestros hijos haciéndoles la vida "más fácil", dejándolos hacer lo que les plazca. Ellos captan de inmediato que si todo se puede es porque nada vale.

La paternidad exige, en primer lugar, tener profundas convicciones respecto de lo que es el hombre y lo que debe ser la educación. Si no cedemos al canto de sirena de los pedagogos posmodernos que nos piden "educar al hombre débil" y transmitimos nuestra convicción recuperando nuestra mística, seguramente notaremos que la crisis de autoridad cede ante la propuesta de sentido. No dejemos que la caída de los meta-relatos sea también la caída de las metas exigentes. De nuestras convicciones y ejemplos se nutrirán nuestros hijos. Ellos sabrán agradecer con el tiempo a quienes asumieron un rol indelegable y supieron conducirlos hacia el ejercicio pleno de su libertad.

[1] Durkheim, É. 1974 Educación y Sociología. Buenos Aires: Schapire. págs. 34-35.
[2] Durkheim, É. Op. cit. pág. 35.
[3] Durkheim, É. Op. cit. pág. 35.

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