Academia de Ciencias Luventicus

«¿Por qué me lo permitiste, papá?»

Prof. Andrés Luetich
23 de junio de 2002

Estamos acostumbrados a que nuestros hijos nos pregunten: «¿Por qué no?», cuando les negamos algo que desean. Pero es importante que, extendiendo nuestra mirada a largo plazo, tomemos conciencia de que algún día nos preguntarán también: «¿Por qué me lo permitiste?»

Recuerdo haber presenciado el reclamo de un niño de unos diez años que, al querer jugar con un hermoso juguete que hacía años no veía, se encontró con que faltaban varias de sus piezas. La madre le recordó entonces que él mismo las había roto hacía ya varios años. A lo que el niño respondió, con una recriminación: «¿Por qué me dejaste?»

Es típico también el caso del niño o el joven que se resiste a aprender inglés, siendo que los padres están dispuestos a afrontar el costo que ello implicaría. Es probable que, al llegar a la vida adulta, este muchacho se recrimine no haber aprovechado aquella oportunidad y hasta que en algún caso culpe por ello también a sus padres.

El tenista más famoso de la Argentina en toda su historia, Guillermo Vilas, contaba que de pequeño su madre lo acompañaba al frontón y le exigía un determinado tiempo de entrenamiento antes de permitirle hacer otra cosa. Basta ver el tamaño relativo de los brazos de Vilas para comprender que lo suyo, más que habilidad natural, era resultado del entrenamiento y el esfuerzo.

Es lógico que el niño, el joven, e incluso a veces el adulto, se resista en el momento a hacer aquello que es mejor para él. Justamente por esta razón es importante la presencia del educador, y también por lo mismo su tarea no siempre es grata. La educación es una apuesta a largo plazo. No se ven los frutos de inmediato. Hace falta grandeza y visión de futuro.

Al terminar los estudios secundarios, el director del colegio al que yo asistía nos propuso que eligiéramos al mejor profesor, a quien se le entregaría una medalla en la ceremonia de graduación. Para sorpresa de muchos, no fue elegido ninguno de los más cercanos, ni de los más piolas, ni de los menos exigentes. Fue elegido el profesor más exigente. Se trataba de un señor muy mayor, con el que nadie se atrevía a hacer lío, que sabía muy bien su materia y calificaba con justicia.

Qué importante es que, como padres, sepamos poner la mirada en el futuro y que no tengamos oídos sólo para el "¿Por qué no?" de hoy sino también para el "¿Por qué me lo permitiste?" de mañana.

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