Academia de Ciencias Luventicus

A veces, «Sí»; a veces, «No»

Prof. Andrés Luetich
14 de agosto de 2002

Estimulados por las necesidades propias de su edad y por la sociedad de consumo en la que están inmersos, nuestros hijos suelen llenarnos de pedidos, reclamos y exigencias. «Quiero esto», «Compráme aquello», «Todos mis amigos tienen tal cosa y yo también la quiero tener», «Dame plata para salir», etc.

Si bien con sus campañas sistemáticas en pos de la creación de necesidades nuestro contexto histórico potencia hasta el extremo esta tendencia, ésta es natural, constitutiva de nuestra naturaleza humana y nos acompaña desde la concepción hasta la muerte. Por ello, ignorarla o negarla no resulta constructivo. Es más, es prácticamente imposible.

Arthur Schopenhauer, "El Pesimista de Frankfurt", sostenía que para llevar una vida lo más feliz posible era necesario que entre el deseo y su satisfacción no mediara ni un período demasiado breve ni uno excesivamente grande. Si se da lo primero, la persona termina cayendo en el hastío, en la ausencia de deseo, que es incluso peor que el deseo mismo. Si ocurre lo segundo la persona termina desistiendo de toda búsqueda: llevada por el fracaso sistemático, intuye que será imposible alcanzar el objeto deseado y renuncia a él.

Si al niño que desea algo, que se ha propuesto una meta, que tiene un sueño, lo logra inmediatamente, sin que medie un tiempo de espera, sin esfuerzo de su parte, sin la emoción que se experimenta en la búsqueda y la satisfacción de ganarlo o merecerlo, es probable que en pocos años hayamos formado a un hastiado, un joven al que ya nada lo motiva, para quien nada tiene valor.

Si, por el contrario, al niño se le niega todo sueño, toda meta, si lo que desea le resulta sistemáticamente inaccesible, es probable que nos encontremos a los pocos años con un joven sin iniciativa, sin ilusión, sin esperanza, descreído y desencantado, que ve la vida desde afuera, como un juego del que no puede participar.

Pensando en el día del niño y los juguetes, miremos por un momento a aquellos hijos de familias pudientes que obtienen de sus padres todo lo que quieren casi de inmediato. Son los mismo que, una vez adolescentes, parecen desgastados, envejecidos, porque han perdido la emoción y la ilusión que caracteriza a los muchachos de su edad. ¿Y los niños que nunca han recibido el regalo que tanto deseaban; que ven pasar el día del niño, Navidad y Reyes sin que nadie responda a su pedido? Son los mismos que, llegados a la juventud, no tienen ya expectativa de ascenso social, que no "aprovechan" la gratuidad de la enseñanza terciaria y universitaria, que se pasan el día sentados en la puerta de su casa de barrio viendo pasar la gente y la vida.

Decir a todo pedido que sí, inmediatamente, no es una demostración de amor hacia tu hijo sino más bien una hipoteca sobre su futuro. Decirle siempre que no, no darle ninguna esperanza y ninguna satisfacción, es minar su motivación y crearle poco a poco la conciencia de que la vida es una fiesta a la que él no ha sido invitado. Ellos necesitan una dieta equilibrada de respuestas, que incluye «Sí», «No», «Si complís con estos objetivos», «Nunca», «Tal vez». Cuidemos su motivación y sus ganas de vivir. Un joven hastiado no es un joven. Es importante que sepamos decir, a veces, «Sí» y, a veces, «No».

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