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Michel Paul FOUCAULT |
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Si bien él mismo rechazaba la calificación de estructuralista, puede
considerárselo como uno de los principales representantes de esta
corriente. Jean Piaget definió al pensamiento de Foucault como "un
estructuralismo sin estructuras". Entre sus obras se destacan, Historia
de la locura en la época clásica (1961), Nacimiento de la clínica
(1963), Las palabras y las cosas; una arqueología de las ciencias
humanas (1966), Vigilar y castigar (1975), y su Historia de la
sexualidad en tres tomos: Introducción -
Volumen I (1976), El uso del placer
-
Volumen II (1984), y La inquietud de sí -Volumen III (1984). Foucault llevó el estructuralismo a la historia de la cultura y de las
ideas. Al abordar el estudio de las clínicas psiquiátricas centró
su atención en el modo poco racional en que los “normales” trataron a
los enfermos mentales durante el Siglo de la Razón (desde Descartes hasta
la Ilustración). El temor de esta cultura “racional” a lo diferente,
a lo opuesto, a lo irracional, se expresó en el tratamiento brindado por
ella a los “locos”(recuérdese que en otros tiempos llegó a
atribuirse a la locura un origen divino), peor que el dispensado a los
animales. Encerrando, clasificando y analizando al "enfermo
mental" como a un objeto, la racionalidad moderna se muestra como lo
que es, voluntad de dominio. Durante el Renacimiento y a partir del siglo XIX las cosas
ocurrieron de modo muy distinto. Ello nos permite entrever que se producen
cambios en las estructuras básicas desde las cuales los hombres
comprenden y valoran. El profesor Jorge Luis Acanda, de la Universidad de La Habana, destaca
la deuda que la “reflexión
provocadora en torno a los ocultos y complejos mecanismos de difusión
capilar del poder” de Foucault tiene respecto algunas de las tesis
fundamentales del marxismo: un enfoque relacional de la sociedad (la
sociedad como un conjunto de relaciones sociales), que permite ver también
al poder desde una perspectiva relacional; la utilización en sentido
amplio del concepto de “producción” (no sólo en el plano económico
sino también en el de las ideas, las prácticas sexuales, las técnicas
carcelarias, etc.) para entender los fenómenos sociales como creaciones y
no como algo dado o “natural”; la comprensión de que la revolución
contra el capitalismo no puede ser un simple cambio de gobierno sino que
ha de ser una “profunda y total
subversión cultural”. Foucault analizó con una profundidad única los mecanismos de poder que
operan en la sociedad capitalista y su influencia en la conformación de
la subjetividad de las personas. Ello
le permitió superar las interpretaciones clásicas del poder, que
lo reducían a un plano represivo y jurídico, y concluir que el
capitalismo se perpetúa gracias al ejercicio de poderes
(“micropoderes”) que se hallan presentes por todo el cuerpo social. Al
exponer la vinculación existente entre formas de saber, técnicas
disciplinarias y relaciones económicas, Foucault mostró con la mayor
amplitud la profundidad de lo que Marx denominaba “relaciones de producción”.
Foucault sostiene que es un error hablar del poder como de una
“cosa”. “El poder no es una institución ni una estructura, o cierta fuerza con
la que están investidas determinadas personas; es el nombre dado a una
compleja relación estratégica en una sociedad dada”. “El
poder en el sentido substantivo no existe […] La idea de que hay algo
situado en
—o emanado de— un punto dado, y que ese algo es un «poder»,
me parece que se basa en un análisis equivocado […] En realidad el
poder significa relaciones, una red más o menos organizada, jerarquizada,
coordinada.” El poder es relación de fuerzas y se halla presente en la sociedad
desde el primer momento, no es algo añadido con posterioridad. El poder
se encuentra en todo fenómeno social, toda relación social es vehículo
y expresión del poder; no es patrimonio exclusivo de los aparatos del
Estado. Hay una inmensa cantidad de vectores de fuerza, entre los cuales
las instituciones estatales son sólo puntos de mayor densidad. También el conocimiento es un producto social, y se encuentra por tanto
condicionado por la posición y los intereses de los sujetos que lo
producen. “La «verdad» ha de
ser entendida como un sistema ordenado de procedimientos para la producción,
regulación, distribución, circulación y operación de juicios. La «verdad» está vinculada en una relación circular con sistemas de
poder que la producen y la mantienen.” El poder se ejerce y se impone no tanto por el ejercicio de la fuerza y del engaño sino por la producción del saber, de la verdad, por la organización de los discursos. “Lo que hace que el poder se sostenga, que sea aceptado, es sencillamente que no pesa sólo como potencia que dice «no», sino que cala de hecho, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; hay que considerarlo como una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social en lugar de como una instancia negativa que tiene por función reprimir”. Más que prohibir, el poder gobierna, presenta al individuo las alternativas válidas para la acción, induce, encauza sus conductas en una dirección. Ha esto lo denominó Foucault “poder pastoral”, en cuanto fuerza que fija las estructuras de producción de la subjetividad humana. Es evidente que, además de estar en deuda con Marx,
la reflexión foucaultiana sobre el poder es deudora de Nietzsche. De él
toma su concepción del hombre como "voluntad de
poder" y su actitud radicalmente crítica de la sociedad europea. Una de las principales críticas que ha recibido su reflexión sobre el poder es que, al reconocerle una capacidad prácticamente
absoluto como fuerza homogeneizadora, deja sin explicación la presencia y
el surgimiento de la resistencia y la oposición. Al respecto es justo reconocer que
Foucault, al remarcar el carácter relacional del poder, señaló la
presencia de una tensión constante entre el poder y la oposición,
indicando que donde hay poder hay resistencia. Su antropología se opone expresa y abiertamente a la idea de un ser humano fundante e incondicionado entronada por la modernidad y a los intentos contemporáneos por salvar al individuo, su protagonismo y su autodeterminación. Ello lo enfrentó entre otros con los existencialistas, y en especial con Sartre y su humanismo existencial. Sus reflexiones sobre el poder le permitieron reforzar su postura presentando a éste como fundante y al individuo como su producto histórico. Su enfrentamiento con la modernidad se muestra también en el rechazo del mito del progreso. La historia no persigue un fin, no tiene sentido. La historia de la cultura es discontínua y se organiza en torno a lo que Foucault llama "epistemes". Cada episteme estructura los más diversos campos del saber de una época. "Cuando hablo de episteme [dice Foucault] entiendo todas las relaciones que han existido en determinada época entre los diversos campos de la ciencia […] Todos estos fenómenos de relaciones entre las ciencias o entre los diversos «discursos» en los distintos sectores científicos son los que constituyen la que llamo episteme de una época." La "arqueología del saber" se ocupa del estudio de las epistemes. Ella capta la sucesión de epistemes en un devenir que no implica ni progreso ni sentido alguno. En Las palabras y las cosas describe tres epistemes que se han sucedido en la historia occidental. En la primera, que se mantuvo hasta el Renacimiento, "las palabras tenían la misma realidad que aquello que significaban". Así, por ejemplo, en el campo económico, el medio de cambio debía tener él mismo un valor equivalente al de las mercancías (oro, plata, etc.). En la segunda, que rigió durante los siglos XVIII y XIX, el discurso rompió sus vínculos con las cosas. El valor intrínseco de la moneda, siguiendo el ejemplo tomado del campo económico, dejó de ser importante; su valor pasó a ser sólo representativo. A partir del siglo XIX el saber comenzó a buscar la estructura oculta de lo real. En el plano económico, ya no fue el dinero el que medía el valor de un bien sino el trabajo necesario para producirlo. Los individuos piensan, conocen y valoran dentro de los esquemas de la episteme vigente en el tiempo en que les toca vivir. Sus prácticas discursivas pueden parecer libres, pero se hallan fuertemente condicionadas por las estructuras epistémicas. |
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