|
|||||
|
Herbert MARCUSE |
|||||
|
Estudió Filosofía en las universidades de Berlín y Friburgo. En esta
última conoció a Husserl y a Heidegger. Éste último dirigió su tesis, con
la que se doctoró en 1922. Permaneció en Friburgo hasta 1933, año en el que
ingresó en el Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt
(más conocido como Escuela de Frankfurt). Ese mismo año los nazis llegaron al
poder y clausuraron el Instituto. Marcuse, junto a otros miembros de la Escuela,
se trasladó a Estados Unidos. Allí se estableció llegando incluso a adoptar
la nacionalidad americana, en 1940, y a trabajar para el gobierno federal.
Ejerció la docencia en distintas universidades: Columbia, Harvard, Boston y San
Diego. Su pensamiento fue una de las fuentes de inspiración de la revuelta
estudiantil de 1968, conocida como “mayo francés”. Murió en Alemania en
1979. Además de la filosofía de Hegel, Marx, Dilthey, Husserl y Heidegger,
tuvo una importante presencia en la formación de su pensamiento el psicoanálisis
de Sigmund Freud. En Eros y civilización
(1955) retoma la teoría freudiana según la cual la civilización se apoya
sobre la represión permanente de los instintos humanos, reemplazando la
satisfacción inmediata de los mismos por una satisfacción diferida. “El
metódico sacrificio de la libido, su desviación inexorablemente impuesta,
hacia actividades y expresiones útiles desde el punto de vista social, son la
cultura” dice Marcuse,
sintetizando la visión freudiana. Al dejar el “principio de placer”
y asumir el “principio de realidad”,
“el ser humano, que era poco más que una maraña de tendencias animales, se
convirtió en un yo organizado”. Una civilización no represiva es una quimera para Freud. El principio
del placer y el de realidad son antagonistas irreconciliables. Marcuse no
coincide con el fundador del psicoanálisis en este punto. Desde una visión de
la historia inspirada en el materialismo-histórico de Marx, considera que esta
oposición no es metafísica, que no se origina en la naturaleza humana, sino
que es producto de una organización social histórica determinada. El progreso tecnológico ha creado las condiciones para una liberación
respecto de la obligación del trabajo, para
una ampliación del tiempo libre. Marcuse considera que ello permitirá la
liberación de las potencialidades reprimidas que, “así liberadas, crearán
nuevas formas de realización y de descubrimiento del mundo, que a su vez
otorgarán una nueva forma al reino de la necesidad, a la lucha por la
existencia. Así se dan las condiciones para el surgimiento de una sociedad no
represiva en la que se viva la felicidad del Eros liberado, la lógica de la
satisfacción y no ya la de la represión”.
¿Qué impide el arribo a esta nueva sociedad? El poder que, con el fin
de perpetuarse, alimenta un estado de necesidad que ya no es tal. Así, por
ejemplo, transforma lo que podría haber sido una liberación sexual (una
evolución hacia una sexualidad polimorfa que Marcuse propugna y entiende como
propia de una sociedad no represiva) en un consumismo sexual, en una sexualidad
tomada como objeto de consumo, integrada al sistema. La pretendida “liberación
de las costumbres” que permite y propugna el capitalismo no es una verdadera
“liberación” sino una estrategia para impedirla. En El marxismo soviético
(1958) critica duramente la evolución de la revolución Rusa y su tendencia a
la burocratización. Critica también que se haya hecho del marxismo un dogma y
que el Estado haya quedado en manos de una casta de burócratas investidos de un
poder totalitario. De este modo, el marxismo se ha convertido allí en
instrumento al servicio de una sociedad represiva, burocrática y totalitaria. En El hombre unidimensional
(1964), su obra más famosa, presenta a la sociedad capitalista “avanzada”
como una sociedad en la que el hombre ha perdido su sentido crítico. El
consumismo y la “liberación de las costumbres” lo han transforman en un ser
cada vez más adaptado e integrado al sistema. Ya no hay espacio para la oposición
y la crítica, la sociedad unidimensional “integra
en sí toda auténtica oposición y absorbe en su seno cualquier alternativa”.
En ella se da “una confortable, tersa,
razonable, democrática no libertad”. El capitalismo avanzado ejerce su
dominio, su control total, de un modo sutil, manipulando los deseos y las
necesidades de las personas. “No sólo
determina las ocupaciones, las habilidades y las actitudes socialmente
requeridas, sino también las necesidades y las aspiraciones individuales”.
La filosofía de esta sociedad unidimensinal es el positivismo, que
sirve de base a la racionalidad tecnológica y a la lógica del dominio. Y esta
filosofía no tiene rival porque se ha anulado el espacio de la crítica. Contra las previsiones de Marx, hasta el propio proletariado ha perdido
su impronta revolucionaria, seducido por el confort y el consumismo. Por ello
Marcuse busca otros sujetos revolucionarios, y los encuentra en los extranjeros,
los explotados, los desocupados, las minorías, los marginados y los excluidos
del sistema. Su sola presencia muestra la necesidad de poner fin a condiciones e
instituciones intolerables. De todos modos Marcuse no aclara cómo sería un
proceso revolucionario protagonizado por estos actores. Prefiere que su
pensamiento permanezcan en la negatividad, en la crítica, unido a
“aquellos que, sin esperanza, dieron y dan la vida por el Gran Rechazo”. |
|||||
|
|||||
|
|||||
|
|
|||||
|
|