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Lo nuevo de la antropología cartesiana |
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| Prof. Andrés Luetich |
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| 7 de octubre de 2002 | |||||
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Buscando una verdad de la
cual no pudiera dudar, Descartes
alcanzó su primera certeza:
“Pienso, existo.” ¿Quién existe? Yo. ¿Y qué soy yo? Algo que
piensa. A partir de esta primera verdad —y valiéndose de la idea de perfección
presente en su pensamiento—, el matemático francés se elevó hasta la
demostración de la existencia de Dios. Con Dios como garantía de verdad,
arribó al
conocimiento de todo lo demás. Sin embargo, en la medida en que se alejaba de la certeza primera, la
seguridad del yo respecto de sus pensamientos disminuía y quedaba expuesto a
los errores propios de su condición limitada e imperfecta (alguien que duda, evidentemente,
no es perfecto). Tanto el conocimiento que uno tiene de su propio cuerpo como el conocimiento
de la existencia de otros yo pensantes están en uno por la mediación de los
sentidos. Justamente de los sentidos, que —para Descartes— son la fuente menos
fiable. Como matemático y padre del racionalismo, Descartes confiaba especialmente en las verdades a las que
se puede arribar por la sola razón (las
ideas innatas). Pero las nociones de nuestra dimensión corporal y de la presencia de otros hombres no
surgen por esa vía. No es que Descartes niegue la existencia de los demás y
la dimensión corporal del hombre. Pero —queriéndolo o no— su pensamiento generó
en la Antropología Filosófica un marcado movimiento hacia el dualismo
y el solipsismo. La clásica concepción del hombre como una sustancia compuesta
de cuerpo y alma, al ser interpretada en clave cartesiana, se traducía en lo
siguiente: el
hombre es un compuesto de dos sustancias, la pensante (el alma) y la
extensa (el cuerpo). En cierto momento, se le hizo tan difícil al propio Descartes explicar cómo
interactuaban estas dos sustancias que se refugió en la afirmación de que
ellas se
unían en la glándula pineal, que había sido descubierta por entonces. Por su parte, la dimensión social del hombre había quedado oscurecida. Cuando reflexiona sobre los otros, Descartes recurre a la imagen de
alguien a quien ve caminar por la plaza desde su ventana. En realidad no lo ve,
sólo ve unas botas, un sobretodo, un paraguas, que bien podrían ser movidos
por una máquina. En el mejor de los casos, podrá
ver su cuerpo y a partir de la observación de sus gestos y del sonido de sus
palabras, tan similares a los propios, tendrá que concluir que se trata de otra sustancia pensante.
Pero esta conclusión no pasa de ser una presunción. «El reino de la verdad está en nuestro interior.» «Los sentidos son engañosos.» «Los otros son lejanos y su existencia es presuntiva.» «La razón es la única fuente segura de conocimiento.» Todas éstas son afirmaciones que, desprendiéndose de su pensamiento, sentaron las bases del desarrollo político-social de Occidente. El concepto de individuo, la idea contractualista de su preexistencia respecto de la sociedad, la libertad individual pregonada por el liberalismo, los propios conceptos de ciudadano y de república tal como son entendidos en la Modernidad, la Revolución Francesa, todo tiene su origen —directa o indirectamente— en el concepto de sujeto cartesiano. |
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BIBLIOGRAFÍA
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