Academia de Ciencias Luventicus

Renatus DESCARTES

Descartes nació en Francia en 1596. Muchos lo consideran el filósofo francés más importante de todos los tiempos. Desde los ocho hasta los dieciocho años estudió con los jesuitas de la Frèche y luego cursó dos años de Derecho. Participó en la Guerra de los Treinta Años y, por ese entonces, comenzó a desarrollar un profundo interés por las Ciencias, siempre en relación con las Matemáticas. Con el tiempo llegó a destacarse tanto como matemático cuanto como filósofo. En sus obras se deja sentir la influencia de su formación escolástica con los jesuitas y su interés por la nueva ciencia. En 1629 estableció su residencia en Holanda, donde gracias al aislamiento que él mismo buscaba y provocaba con su periódico cambio de residencia, pudo dedicar mucho tiempo a la investigación y a la publicación de sus primeras obras filosóficas, entre ellas el Discurso del método (1637) y las Meditaciones metafísicas (1641). Recibió la visita personal de Hobbes, con quien no pudo ponerse de acuerdo, ya que mientras el inglés rechazaba la Filosofía en favor de la Ciencia, Descartes buscaba reemplazar a la Filosofía Escolástica por la suya propia. En 1649 aceptó la invitación de la joven reina Cristina de Suecia para ser su profesor de Filosofía y se trasladó a Estocolmo. Las bajísimas temperaturas del país nórdico y el horario en el que debía dictar sus clases a la reina (las cinco de la mañana) le provocaron una neumonía que le causó la muerte en febrero de 1650.

Descartes trató de superar las dificultades por las que atravesaba la Filosofía con la caída en el descrédito del método escolástico y el predominio de la visión escéptica de los empiristas. Para ello buscó dotarla de un método y unas bases sólidas, aplicando los procedimientos propios de las Matemáticas. Al hacerlo, colocó a la Teoría del Conocimiento como tema central de la Filosofía, transformándose así en el padre de la Modernidad. Y por las respuestas que dio a las preguntas gnoseológicas fundamentales se lo considera a su vez uno de los principales representantes de la corriente racionalista.

Con el fin de superar el escepticismo —y no considerando sostenibles ante los avances de la Ciencia ni a la Filosofía Escolástica ni a la filosofía aristotélica — Descartes se preguntó qué es aquello que podemos conocer con certeza, aquello de lo que no podemos dudar. Entendiendo que el único modo de salir de la duda es llevándola al extremo, la utilizó como método para alcanzar una certeza a partir de la cual se pudiese reconstruir el edificio de la verdad (duda metódica). De ahí que, para transitar este camino de búsqueda, decidió rechazar como falsa toda afirmación que no fuese indudable: “Por cuanto la razón me convence de que a las cosas que no sean enteramente ciertas e indudables debo negarles crédito con tanto cuidado como a las que me parecen manifiestamente falsas.”

En su búsqueda de certezas, Descartes comenzó por someter a duda los datos de los sentidos. “He experimentado varias veces que los sentidos son engañosos, y es prudente no fiarse nunca por completo de quienes nos han engañado una vez.” Incluso agrega como argumento que, cuando dormimos, lo que percibimos nos parece tan real como en la vigilia. Y prosigue: “Al detenerme en este pensamiento, veo tan claramente que no hay indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia, que me quedo atónito, y es tal mi extrañeza, que casi es bastante a persuadirme de que estoy durmiendo.” En consecuencia, todos los datos de los sentidos e incluso el propio cuerpo quedan a un lado en esta búsqueda de la certeza, ya que cabe dudar de ellos: ¿No serán, en definitiva, sólo un sueño?

En segundo lugar, somete a duda las verdades de la Matemática, que no se basan en datos de los sentidos (son a priori) y no se alteran durante el sueño. Para hacerlo recurre a una hipótesis extrema: supone “no que Dios, que es la bondad suma y la fuente suprema de la verdad, me engaña, sino que cierto genio o espíritu maligno, no menos astuto y burlador que poderoso, ha puesto su industria toda en engañarme”. Tal vez nuestra naturaleza nos hace confundir cuando creemos entender. Por lo tanto, podemos dudar de las verdades matemáticas, y entonces también ellas deben ser dejadas a un lado en nuestra búsqueda de certezas.

Sin embargo, hay algo de lo que no podemos dudar, incluso si admitimos la existencia de un dios engañador, y ese algo es nuestra propia existencia. “Ya estoy persuadido de que no hay nada en el mundo: ni cielos, ni tierra, ni espíritu, ni cuerpos; ¿estaré, pues, persuadido también de que yo no soy? Ni mucho menos; si he llegado a persuadirme de algo o solamente si he pensado alguna cosa, es sin duda porque yo era. Pero hay cierto burlador muy poderoso y astuto que dedica su industria toda a engañarme siempre. No cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto que me engaña y, por mucho que me engañe, nunca conseguirá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De suerte que, habiéndolo pensado bien y habiendo examinado cuidadosamente todo, hay que concluir por último y tener por constante que la proposición siguiente: «Yo soy, yo existo» [cogito, ergo sum], es necesariamente verdadera, mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu.” No se trata de una demostración sino de una intuición, un razonamiento inmediato, tan claro y distinto que no cabe dudar de él. Si pensamos, existimos. Así hemos hallado la primera verdad de la filosofía cartesiana. (Ya san Agustín había hecho referencia a ella cuando a modo de crítica preguntaba a los escépticos si podían dudar de su propia existencia. Pero en Descartes esta afirmación adquiere el carácter de piedra fundamental, de piedra clave de toda su construcción filosófica. Con ella Descates inauguró una línea de reflexión filosófica que sería muy importante, la que se funda en la inmediatez de la conciencia o de la subjetividad.

Descartes se preguntaba qué era él, quien sabía que pensaba. No podía definirse como un ser corporal, porque había puesto en duda todo dato de los sentidos. Sí estaba seguro de que pensaba. Por eso se definía a sí mismo como una "cosa que piensa" o una "substancia pensante".

Una vez que hubo hallado su primera verdad, Descartes la analizó para descubrir sus notas distintivas. Así descubrió que esta afirmación se le presentaba a la conciencia con claridad y distinción, por lo que estableció a éstas como criterio de verdad. Aceptaba como verdaderas las ideas claras y distintas.

Sin embargo, este criterio no es suficiente mientras siga valiendo la objeción de que quizá un genio maligno nos hace confundir incluso en lo que nos parece evidente. Para superar esta objeción debía demostrar que el hombre es obra de un Dios omnipotente y bueno; debía poner a Dios como garantía de verdad. 

Descartes demostró la existencia de Dios como causa externa de la existencia de la idea de perfección en nuestra conciencia. Siendo nosotros imperfectos, porque dudamos, no puede nuestra idea de perfección provenir de nosotros. Entonces debe provenir de un ser que sea efectivamente perfecto, de Dios. Y si Dios es perfecto no puede ser engañador y no puede habernos hecho de modo tal que nos confundamos sistemáticamente cuando creemos estar en la verdad. Podemos equivocarnos, porque no somos perfectos, pero no estamos hechos para el error. También recurre al argumento ontológico de san Anselmo, sin nombrarlo explícitamente: “si suponemos un triángulo, es necesario que los tres ángulos sean iguales a dos rectos; pero nada veía que me asegurase que en el mundo hay triángulo alguno; en cambio, si volvía a examinar la idea que yo tenía de un ser perfecto, encontraba que la existencia está comprendida en ella del mismo modo que en la idea de un triángulo está comprendido el que sus ángulos sean iguales a dos rectos, o en la de una esfera el que todas sus partes sean igualmente distantes del centro, y hasta con más evidencia aún; y que, por consiguiente, tan cierto es por lo menos que Dios, que es ese ser perfecto, es o existe, como lo pueda ser una demostración de Geometría.”

Con Dios como garantía, el conocimiento lógico y el matemático recobraban su seguridad. Respecto del conocimiento sensible, él pensaba que éste versa sobre las ideas adventicias (distintas de las ideas innatas con las que cuenta la conciencia independientemente de la experiencia, como era, por ejemplo, la idea de perfección) que se supone nos llegan como representaciones de las cosas. Pero ¿existen las cosas? ¿No habíamos dicho que podían ser sólo un sueño? La causa de estas ideas podría ser, sostenía Descartes, uno mismo, Dios o las cosas. Nosotros no somos, porque nos sentimos pasivos ante ellas. No es Dios, porque él no es engañador. En consecuencia, debemos reconocer que existen cosas externas cuya representación genera nuestras ideas adventicias. De todos modos, lo que de ellas podemos conocer con claridad y distinción es sólo que son substancia extensa.

Para Descartes hay dos tipos de substancias, la pensante y la extensa. Y como el hombre es ambas a la vez, su planteo antropológico cae en el dualismo. Descartes tuvo grandes dificultades para explicar cómo interactuaban estas dos substancias en el hombre. Buscando una solución, apeló a un descubrimiento reciente para su época: la glándula pineal. En ella se daría esta unión y relación entre la substancia extensa del hombre (cuerpo) y su substancia pensante (alma).

NN. del E.
• A la teoría del conocimiento de Descartes se le ha dedicado un capítulo en un trabajo publicado en la sección Universidad.
• En el artículo titulado “Diversas acepciones del concepto ‘verdad’” se hace referencia a Descartes.
• En el artículo titulado “Corrientes filosóficas” se hace referencia a Descartes en las secciones “Corrientes gnoseológicas”, “Corrientes cosmológicas” y “Corrientes antropológicas”.

Lectura recomendada
Actas - Supl. JJL - Vol. I - No. 3
Primera Plana: Cogito ergo sisto, pertino ergo sum.
Las acciones de percibir y agrupar son las que realiza el ser humano cuando piensa en entes distintos de él mismo. En este artículo se estudia primero el “problema del espejo” y luego el “problema del par”, que corresponden respectivamente a la autopercepción y a la percepción del otro. De la resolución de estos dos problemas, el ser pensante obtiene dos conclusiones: «Existo» y «Soy».
Busca Descartes en nuestro índice.
 
 
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