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Andrés Luetich 19 de agosto de 2002
En el siglo VI a.C., Grecia vio crecer en su seno un movimiento de espiritualidad que, con el tiempo y de un modo más bien impreciso, recibió el nombre de orfismo. Entre las ideas básicas que lo caracterizaron se hallaba la creencia en la preexistencia del alma y la consideración del cuerpo como una prisión, a la que el alma se veía sometida cíclicamente si no hacía lo necesario para escapar del círculo de reencarnaciones. Los pitagóricos participaban de este movimiento de espiritualidad. Vivían apartados de la sociedad, ejercitándose en artes que les permitirían a sus almas emanciparse del mundo terrenal. De este modo, luego de la separación del cuerpo, el alma no desearía ya volver a encarnarse. Entre las artes practicadas por los pitagóricos se destacaban la Música y la Matemática. Ellos entendían que ambas disciplinas relacionaban al hombre con lo eterno, con lo más perfecto. Hace pocos meses se conocieron los resultados de una investigación de varios años realizada en los Estados Unidos. Se siguió el desarrollo neuronal de dos grupos de niños: el primer grupo (grupo de referencia) había recibido una formación normal, común, como la que reciben todos los chicos de esa edad en ese país; el otro grupo recibió una formación extra en Música y Matemática. La conclusión fue la siguiente: los niños del segundo grupo tuvieron un desarrollo neuronal mayor que los del grupo de referencia. Es posible que no participemos de las creencias del culto órfico y que dudemos de los resultados de algunas investigaciones, pero creo que la Música y la Matemática nos ayudan a desarrollar una forma de inteligencia y un criterio estético. Presentadas de este modo, las dos disciplinas serían probablemente más valoradas por docentes, alumnos y padres.
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