Academia de Ciencias Luventicus

 

 

«Argentina es un país condenado al éxito.»

Por Andrés Luetich

24 de abril de 2002

 

Desde que asumió el cargo de Presidente de la Nación, hemos escuchado al Senador Duhalde decir reiteradamente que nuestro país "está condenado al éxito".

En la expresión artística más lograda de la Grecia clásica, la tragedia, los personajes se veían sometidos a un destino funesto, a pesar de todos los esfuerzos que hacían por evitarlo. Incluso siendo su conducta irreprochable, y habiendo buscado en todo momento el bien, se veían sometidos a un destino doloroso y desgarrador. Recordemos, a modo de ejemplo, a Edipo. Sus padres, avisados de que el niño recién nacido mataría un día a su padre y se casaría con su madre, lo entregaron a un súbdito para que lo sacrificara. Obrando de modo humano, en vez de ello, el súbdito lo entregó a otra familia para que lo criara lejos de Tebas, su ciudad natal. Siendo ya grande —había crecido como hijo del rey de Corinto— Edipo visitó el oráculo de Delfos y conoció allí su destino: mataría a su padre y se casaría con su madre. Buscando evitar tan terrible destino, Edipo no regresó a Corinto sino que tomó el camino que lo alejaba de allí. Por ese camino, que unía Delfos con Tebas, venía su verdadero padre. Tuvieron un entredicho y el joven mató al anciano rey. Llegó a Tebas y, luego de salvar a la ciudad del encanto de la esfinge, contrajo matrimonio con la reina, quien había enviudado recientemente. Edipo trató de cambiar su destino trágico; hizo todo lo que estaba a su alcance, y sin embargo no pudo.

El presidente observa a nuestro país desde un punto de vista diametralmente opuesto. Él sostiene que nuestro destino está marcado no por la tragedia sino por el éxito. Y en consonancia con nuestro orgullo desmesurado, que a todo extranjero resulta repelente, da a entender que triunfaremos incluso a pesar nuestro; no importa lo que hagamos, no podremos sino ser exitosos.

Los estudiosos sostienen que, al contemplar la representación teatral de una tragedia, el pueblo griego se veía reflejado en ella, y aceptaba el dolor que acompaña a toda vida al verlo integrado a la belleza de la obra. Así, los griegos hacían catarsis, experiencia que terminaba siendo purificadora. Con la frase del presidente entiendo que ocurre lo contrario. Es verdad que nosotros vemos reflejada en ella nuestro excesivo orgullo, pero su efecto es muy negativo porque nos confirma en nuestro voluntarismo, improvisación y desorden crónicos. De este modo, nos fija en la actual situación de crisis, nos impide salir de ella.

En resumen, la frase (la idea que la sustenta) es errónea e insostenible. Ojalá también lo sea su primera parte y no estemos ya "condenados" a seguir sufriendo las consecuencias de la falta de planificación, profesionalidad y altruismo; de la mezquindad y la decadencia general de la moral y el intelecto.

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