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Crisis, vivezas y gauchadas
Por Andrés Luetich
18 de mayo de 2002
Hoy jugó Arsenal de Sarandí su partido final por el ascenso a la primera
división del fútbol argentino. Pude ver por televisión los últimos tramos del
partido. Como suele ocurrir en estos casos, la propia gente de Arsenal impidió
que el juego terminara normalmente y los jugadores pudiesen dar la vuelta olímpica.
Creo que este hecho, aparentemente intrascendente, nos pinta de cuerpo entero y
nos da una pista para entender en parte lo que nos est& |
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cute; pasando como sociedad.
Quien se trepa a un alambrado para saltar primero a la cancha y "robar" una camiseta de su equipo, actúa movido tan sólo por un interés personal.
Dado que no hay tantos jugadores como hinchas, es obvio que no todos podrían hacer lo mismo. Por lo tanto, el "premio" ser&
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cute; para el m&
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cute;s "vivo"; los menos r&
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cute;pidos y los espectadores m&
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cute;s correctos no sólo se perder&
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cute;n la remera sino también la
vuelta olímpica.
Entre nosotros, esta "viveza" es un "valor". Incluso nos reímos de las personas o
sociedades que no actúan del mismo modo. El respeto por las normas, por lo general y universal, no nos apasiona. En cambio, nos gusta la excepción, la resolución particular del caso particular.
Quien llega al banco y ve en la cola a cincuenta personas que llegaron antes, se arrima al mostrador y le solicita a un empleado conocido que le haga la "gauchada" de hacerlo pasar primero. Su "viveza criolla", combinada con la "gauchada" del empleado, perjudican a las cincuenta personas que respetan el orden de llegada.
Para entender dónde est&
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cute; el problema podemos recurrir a Kant. El famoso filósofo de Könisberg sostenía que todo hombre encuentra en sí mismo el imperativo categórico que le indica:
«Obra de
tal modo que la norma que guía tu acción pueda transformarse en norma universal.» Y, destacando la autonomía de la razón, Kant afirma que este imperativo no se halla sujeto a modificación alguna por fuerza de las circunstancias.
¡Qué lejos estamos de reconocer esto y cu&
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cute;nta falta nos hace! Algunos dir&
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cute;n que la ética kantiana es criticable o ha sido superada. Puede que sea así. Pero, evidentemente, no la hemos superado nosotros. No sólo no la hemos superado sino que aún
no la hemos alcanzado.
Necesitamos cambiar la cultura del privilegio (ley privada), de la excepción, de la "viveza criolla" y la "gauchada" que perjudica a terceros, por la convicción interior y socialmente compartida de que vale la pena
respetar la ley, cumplirla también cuando nos molesta o perjudica nuestro interés particular. Mientras no lo logremos seguiremos siendo
como esos "niños caprichosos" que, cuando se hacen grandes, en vez de despertar simpatía, dan pena.

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