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«¡Que lo arregle el estado!» Por Andrés Luetich 23 de mayo de 2002
Es
frecuente entre nosotros que se reclame al estado la solución de todos los
problemas. Si hay un pozo en la vereda, enseguida nos preguntamos qué hace la
municipalidad que no lo arregla; si un niño necesita atención médica,
reclamamos que el estado recurra en su auxilio; si el nivel de enseñanza de la
escuela de nuestro hijo no es bueno, despotricamos contra el Ministerio de Educación. Durante
el siglo XIX, el francés Alexis de Tocqueville, luego de visitar los Esdados
Unidos, escribió su obra más famosa: La democracia en América. En ella
señala como una característica del pueblo norteamericano la resolución
horizontal de los problemas. Ante una dificultad común, que afecta a un grupo
numeroso de ciudadanos, el norteamericano se asocia para dar una solución. Su
primera reacción no es la de reclamar la intervención de las autoridades.
Tocqueville encuentra novedoso este hecho comparándolo con lo que sucedía en
su Francia natal. Allí todo se esperaba del estado. La tradición monárquica
había generado el hábito de esperarlo todo del rey, o de quien ocupase su
lugar. En
una sociedad que asume una actitud pasiva y cede toda iniciativa al estado, el
papel del ciudadano se ve disminuido.
Y esto se torna dramático en nuestro caso, luego de que generaciones completas
de políticos demostraron incapacidad e ineptitud para gestionar el estado. Si a
esa falta de capacidad le agregamos la multiplicación de los reclamos el
resultado no puede sino ser negativo. La
participación ciudadana que Tocqueville describe no puede lograrse sólo
con la conformación de grupos que peticionan y reclaman ante las autoridades.
Esto constituye un primer paso pero no alcanza. Se trata de ser parte también
de la solución. De
todos modos, y a pesar de las trabas que ponen quienes temen perder su poder, resulta alentador
ver el rol que las organizaciones no
gubernamentales (ONG) están teniendo en el mundo. Ellas canalizan la
participación de los ciudadanos en la solución de problemas
concretos, tarea que no podrían cumplir los partidos políticos, que se dedican
más a la discusión ideológica que a la acción social. ¡Qué
bueno sería que nos desprendiéramos del hábito de esperarlo todo del estado y
que descubriéramos cuánto podemos nosotros mismos si nos organizamos!
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