Academia de Ciencias Luventicus

 

 

«La única salida es Ezeiza.»

Por Andrés Luetich

25 de mayo de 2002

 

La crisis argentina se ve agudizada por la falta de perspectivas de superación. Son pocos los signos que presagian un futuro mejor; por el contrario, día a día observamos señales que nos alertan de que  transitamos el camino al precipicio.

Ante este horizonte, no debe sorprendernos que muchos de nuestros compatriotas comiencen a barajar la posibilidad de seguir su vida en otro país. Piensan y sienten que en Argentina no hay salida, o que «la única salida es Ezeiza». Se sienten extraños en la tierra que los vio nacer. Temen ser asaltados, no encuentran un trabajo digno, no se sienten representados.

Mientras estudiaba en el seminario de Tubinga, el joven Hegel —entonces de 19 años— se sintió conmovido por las noticias que llegaban de Francia. El pueblo había destituido al rey y se había hecho cargo del gobierno. Este hecho lo marcó de tal modo que durante toda su vida festejó el aniversario de la toma de la Bastilla. Según Hegel, lo que ocurría en Francia era que la razón tomaba la Historia a su cargo para crear un mundo más acorde con las verdaderas necesidades humanas. Lo que la Naturaleza le había regalado a los griegos ahora era construído por los franceses con su propio esfuerzo. (La polis griega era la sociedad ideal para Hegel.)

Hegel soñaba con que el hombre pudiera sentirse en esta vida en su "ámbito propio". Que no necesitara ni tan siquiera pensar en otra vida, en un más allá, que se sintiera pleno participando de la vida de su estado. Por ello se fue alejando de la Revolución a medida que las noticias sucesivas, en vez de hablar de una Francia feliz, hacían referencia a la instauración del terror y la persecución.

También en la Argentina de hoy la gente se siente extrañada, enajenada. También los argentinos de hoy proyectamos nuestros sueños más allá. No al "otro mundo", al más allá, si no al otro mundo del más acá, al "primer mundo".

Por lo que cuentan muchos que han vivido la experiencia de irse, el destino de los argentinos es desolador. Si nuestra propia patria nos resulta extraña y ya no nos sentimos en casa, en España, Estados Unidos o Italia siempre seremos extranjeros. El sueño hegeliano del ámbito propio parece restringirse entonces para los argentinos al de la propiedad individual, al ámbito de lo personal y no de lo compartido, de lo social. Pero ni esto es hoy ya sostenible en la Argentina porque la propiedad ha sido violada con el consentimiento del estado. Tal vez éste es el sueño de los que parten hacia otras tierras, poder lograr un patrimonio y sentir que algo les pertenece. Pero Hegel nos hace ver la pobreza de una vida social restringida al interés propio o al grupo primario de pertenencia. La eticidad se realiza plenamente en el ámbito de lo público.

La Argentina ya no es nuestra. Afrontamos la disyuntiva de soñar con un futuro personal y familiar en el exterior, logrando ganar para nosotros el espacio social y económico que nos permita vivir con dignidad, o quedarnos a construir un sueño compartido, el de una Argentina en la que podamos sentirnos en casa, respetados, dueños de lo propio y copartícipes de lo público.

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