Academia de Ciencias Luventicus

 

 

Comunidad, el cibernauta, la vida y la muerte

Por Eduardo Darío Mutazzi

25 de julio de 2002

 

Para las personas formadas en la disciplina de las ciencias denominadas "duras", el fenómeno vital aparece como algo extraño en la Naturaleza. La vida y la comunidad de seres vivos son contrarias a la evolución natural de la energía según lo establece la ley de aumento de la entropía. Sin embargo, la vida social no sólo es algo que abunda sino que es lo más importante para cada uno de nosotros.

Cuando se analiza el mundo desde el punto de vista de la Física, nos encontramos con que todos los cuerpos están sujetos a la acción de fuerzas externas. Esta forma de considerar el Universo, llevó al hombre a comprender el movimiento de los astros y descubrir las leyes de la Naturaleza, las cuales a su vez le permitieron construir máquinas. En este marco, llegamos a deducir la existencia de la gravedad, el electromagnetismo y otras fuerzas, y la existencia de átomos, moléculas y partículas elementales que constituyen el caldo del Universo, sin necesidad de postular una causa primera ni un fin último.

Los conceptos de causa y fin fueron introducidos probablemente por Aristóteles. Según él, todo lo existente es originado con un propósito; por ejemplo, si llueve es para que las plantas puedan crecer. La idea actual es que la Naturaleza no tiene propósitos, pero si observamos a los seres vivientes y, entre ellos, al hombre, vemos que éstos sí los tienen.

El hombre en busca de la energía que le es necesaria para vivir, descubre en el terreno de la termodinámica que las cosas suceden naturalmente de un modo que es contrario al que él necesita. Por ejemplo, si quiere trasladarse, el eje de las ruedas de su vehículo no gira si no hay un motor que lo haga girar y éste a su vez no gira si no tiene un combustible de donde obtener energía. Entonces, busca encadenar procesos que se producen naturalmente —como la combustión— para que su vehículo se mueva.

Cuando el hombre dirige la mirada al mundo que lo rodea, observa cosas inertes y seres animados. Las cosas inertes (el viento, las corrientes de agua) se mueven por efecto de causas externas (algo que las golpee o alguien que las empuje), mientras que los seres vivos se mueven por sí mismos y por eso los denomina "seres animados". Están compuestos de los mismos elementos que las cosas inertes, pero parecen poseer dentro de sí un motor que les permite actuar. Resulta evidente que la vida sólo puede sustentarse si se dispone de alimentos, y si el ser está organizado para conseguirla.

En términos mecánicos, se puede decir que los seres vivos son unos autómatas que están construidos de manera tal que saben dirigirse a sí mismos para procurarse la energía que les mantendrá con vida. Al decir de Robert Wiener, son "cibernautas", palabra que proviene de la voz griega kybernauta = "guía o timón", de donde deriva "cibernética"; es decir, el organismo viviente actúa como una máquina que se procura la energía para mantenerse en funcionamiento. Si el ser vivo carece de energía suficiente, perece y se desintegra en sus elementos. Pero el ser vivo es algo más complejo que un mecanismo, porque tiene la facultad de construirse a sí mismo, aunque no tenga conciencia de cómo lo hace, y puede repararse por sí mismo (se cura automáticamente). Sin embargo, a medida que envejece, su organismo pierde esta capacidad y, en consecuencia, no tiene otro destino que la muerte, es decir, desaparece como organismo y perece

Para mantener el proceso vital, los seres vivos deben reproducirse y generar la descendencia que, como un juego de postas, llevará la consigna de mantener la vida.

Podemos deducir entonces que los seres vivos son seres que se mueven dirigidos por un propósito. La evidencia nos muestra que hay un propósito que mueve a los seres vivos.

Llegamos así a comprender que todo ser vivo, deberá procurarse alimento (energía) y asegurar la descendencia (continuidad de la especie y de la vida). De no hacerlo, no sólo perecerá sino que también se detendrá la propagación de la vida. Resumiendo, la presencia de la muerte es el motor de la lucha por la vida.

Por otro lado, el ser humano no se desarrolla en forma independiente. Siempre está formando parte de alguna comunidad, vive con otros seres humanos en una sociedad donde se procura alimento y pareja para procrear y mantener así el fenómeno vital. Cuando los seres humanos se reúnen, surgen conflictos porque cada uno quiere para sí lo que su interior le demanda por sobre el deseo y la necesidad de los otros. Para que la comunidad pueda ser útil a todos y a cada uno, debe lograr un orden, instituir un acuerdo que evite la lucha entre sus miembros. Originalmente, esta institución estaba encarnada en el más poderoso, quien imponía su voluntad y dirigía la comunidad según su propia visión. Aparece ahora una nueva situación que no se refiere ya a las necesidades de alimento y procreación sino al lugar que se ocupa en la comunidad.

Son el miedo a la muerte y la angustia por el mal las causas que conducen a los hombres a someterse pero al mismo tiempo a odiar quien los somete, porque sometidos no pueden reconocerse como seres de valía y esto los conduce a conspirar permanentemente. El tirano de Siracusa, cansado un día de la envidia de su cortesano Damocles, lo sentó en su trono y colgó de un hilo una espada sobre su cabeza. —Gobernarás por un día —le dijo— y así conocerás el peligro que corre continuamente quien tiene por trabajo frenar las ambiciones de los otros hombres y mediar en sus conflictos.

De la interacción de las personas surge un nuevo aspecto del fenómeno de la vida, el de la búsqueda del reconocimiento de los otros. Resulta entonces que el hombre no es simplemente un animal, en el sentido que busca alimento o pareja, sino que trasciende su necesidad económica, en busca del reconocimiento de su valía.

Gran parte de la conducta humana puede explicarse en términos económicos por una combinación de deseo y razón: el deseo induce al ser humano a actuar para obtener el objeto deseado y la razón le permite deducir la mejor forma de hacerlo. Sin embargo es preciso reconocer que el hombre también lucha y arriesga su vida por el derecho a tener los mismos deseos y necesidades que los otros. Es más, siente que tiene derecho al deseo de aquello que otros desean y a que éstos se lo reconozcan. De esta manera se siente con cierto valor y dignidad.

Fue Hegel quien nos enseñó en su conocida dialéctica del amo y el esclavo, que el deseo de reconocimiento arrastra inicialmente a dos individuos a combatir entre sí, exponiendo la vida en combate mortal. Cuando el miedo natural a la muerte lleva a uno de los combatientes a someterse, nace la relación de amo y esclavo. Lo que se juega en ese sangriento combate, no es la comida o el objeto sexual, sino pura y simplemente el prestigio. Hegel vio que el objetivo del combate no está determinado por la Biología y capta en él el primer destello del deseo de la libertad humana. Este valor se relaciona con su voluntad de arriesgar la vida en una lucha por el mero prestigio. El ser humano, es el único ser capaz de superar el instinto animal fundamental (el de mantener la propia vida) por principios más altos y abstractos.

El esclavo resigna su dignidad con la condición de que se respeten sus necesidades biológicas y, de la observación de los hechos históricos; surge que este estado de sometimiento es transitorio, puesto que el amo deviene esclavo del fruto de la labor de éste y en toda oportunidad que exista, se revitalizará la lucha por la propia dignidad.

Esta dialéctica encuentra su síntesis en la ley. Cuando los esclavos desafían a los amos y, en lugar de un nuevo sometimiento a otro amo, acuerdan todos ceñirse a reglas para salvar sus diferencias, la relación amo-esclavo cesa y aparece el contrato. Si las reglas no son respetadas, la ley produce el mismo efecto que tenía el amo, el castigo o la exclusión del transgresor de la comunidad.

La revolución francesa fue el signo histórico por el cual Hegel, consideró que los ciudadanos, al enfrentar a sus amos (los aristócratas), arriesgando su vida ganaron el reconocimiento y consiguieron la oportunidad de instaurar un nuevo orden. El orden no sustentado por un déspota, sino por una ley que lo reempla y rige a todos por igual.

En los hechos, la Historia nos muestra que siempre hay alguien que quiere más en detrimento de los otros, lo que conspira contra las normas de convivencia y hace que el proceso no sea lineal. El miedo a la muerte es más poderoso que el anhelo de reconocimiento y en consecuencia la Historia muestra avances y retrocesos en la lucha por la dignidad humana.

Fukuyama, en oportunidad de la caída del Muro de Berlín, consideró que, habiendo triunfado la democracia, se había alcanzado el "fin de la Historia", es decir que, con el imperio de la ley, resultado de la voluntad del pueblo, debía reinar la paz y la concordia ya que así se aseguraban las necesidades biológicas y de reconocimiento, es decir, las que satisfacen a todo ser humano.

Vemos que la ley y los delegados por el pueblo y el pueblo mismo no siempre están a la altura para lograr que el acuerdo funcione, aunque dentro de un cierto margen y con formas de actuar inteligentes sea posible una prolongada convivencia de cooperación mutua, como se observa en los países desarrollados.

A luz de lo dicho hasta aquí, resulta claro que es necesario reflexionar sobre las causas movilizadoras (la vida y la necesidad de reconocimiento) para crear un compromiso duradero en nuestra comunidad. Debemos alcanzar un acuerdo y velar para que las personas que hemos elegido como dirigentes tengan la idoneidad de conocer las leyes y la voluntad de respetarlas. Así lograremos vivir en paz y armonía.

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