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La educación como motor del desarrollo Por Ignacio Tabares 18 de septiembre de 2002
La
educación es una práctica que tiene
dos efectos: la capacitación y la formación. Es una práctica porque se la entiende como una labor que
realizan agentes especializados sobre una materia prima (alumnos) con
instrumentos adecuados. Los agentes especializados son los educadores.
Estas personas realizan la práctica educativa con el fin de que los sujetos de
la educación, generalmente niños y adolescentes, sean transformados en sujetos
adaptados a una determinada sociedad. De la práctica educativa surge esa
transformación que se advierte como una capacitación y una formación cuya
finalidad es posibilitar dicha adaptación. Se
entiende por capacitación la
adquisición por parte del alumno de conceptos, procedimientos, informaciones,
etc., que van a permitir su desempeño en una actividad determinada. Según
Domingo F. Sarmiento, en su libro Educación Popular, este efecto de la
educación se denomina instrucción.
La instrucción sirve a las personas pues ella desarrolla su inteligencia individual,
transmite conocimientos y forma la razón. En cambio, la formación
implica la adquisición de actitudes, normas, valores, y un código ético y moral;
es decir, la adquisición de una actitud: la de ver la realidad de una manera
socialmente aceptada, lo cual posibilita al alumno adaptarse a aquello que es
normativo en una sociedad. Retomando
la definición de educación, se podría decir también que es un proceso
donde se realiza una síntesis de dos actividades: la enseñanza y el aprendizaje.
Podemos definir a la enseñanza como la acción del agente educador sobre los educandos
—que puede ser programada o no—; ésta tiende a
transformar al alumno a partir de la capacitación. El aprendizaje es el
resultado del trabajo que realiza el sujeto para adquirir lo que se le
transmite. El alumno tiene la capacidad de aprender y por eso puede ser
educado. Entonces,
¿qué efectos produce la práctica educativa? El efecto principal de toda práctica
educativa es que el alumno sea educado, vale decir transformado, se integre a la
estructura social y ocupe en ella un lugar en la producción económica. Esto
último merece una explicación más detallada. La
problemática educativa recuperó centralidad en los debates de diversos
sectores sociales, durante los últimos tiempos. El desarrollo científico y de
las nuevas tecnologías; los cambios producidos en los procesos
económicos y financieros; y la aparición de nuevos problemas sociales y
culturales obligaron a pensar en el proceso educativo. Según el enfoque que
intenta acercar la educación a la economía, pueden señalarse opiniones que
apuntan a rejerarquizar los perfiles de formación de los sujetos en un intento
de crear mejores disposiciones para participar de la actividad productiva. Según la Comisión SCANS [1], en su informe titulado “Lo que el trabajo requiere de las escuelas”, el mejoramiento de la calidad de la educación, atendiendo a la formación de competencias prácticas, incidirá en la disminución del abandono escolar; los estudiantes podrán competir exitosamente en el campo laboral y, como resultado indirecto, los productos y servicios, competirán con éxito en los mercados internacionales. En este mismo informe se señala que: “Para lograr el alto rendimiento de las empresas hay que desarrollar nuevos métodos que combinen las exigencias de las tecnologías con las destrezas del trabajador. Las decisiones operacionales se tienen que tomar a nivel de la línea de producción, recurriendo a las habilidades del trabajador de pensar creativamente y resolver problemas. Las metas productivas dependen del factor humano, de que los trabajadores se desempeñen cómodamente con la tecnología y con los sistemas complejos de producción, siendo capaces de trabajar en equipo y con una sed insaciable de seguir aprendiendo.” En cambio, la UIA [2] señala que los cambios significativos que se están produciendo en el contexto mercado de productos-tecnología-mercado de trabajo exigen una nueva formación que atienda a la capacidad de gestión, la capacidad de aprender y la capacidad de trabajo grupal. Tales
posiciones sostienen una relación necesaria entre: cambios tecnológicos y de
organización del trabajo; complejización y transformación de los procesos
productivos; y condiciones de empleo y calificación de los recursos humanos.
Pero al respecto cabría preguntarse, por una parte, cómo se manifiestan los
procesos de transformación productiva en contextos de estructuras productivas
diversas y, por otra parte, si la modificación en el perfil de formación de
los recursos humanos desde la perspectiva señalada, generaría mejores
condiciones de trabajo para el conjunto de la población. La
cuestión de la necesidad de redefinir los lineamientos educativos, es impulsada
por muchos organismos no gubernamentales tales como la CEPAL [3]
y la UNESCO [4] que, en un intento por
construir una visión más integradora, proponen articular el desafío de la
ciudadanía en el plano interno y el desafío de la competitividad, en el
frente externo. Entonces, se señala la necesidad de impulsar la transformación de la educación, aumentar el potencial científico-tecnológico de cada región con miras a la formación de una ciudadanía moderna, vinculada tanto a la democracia y la equidad como a la competitividad internacional. Los conceptos precedentes ponen de relieve algunas ideas que deben estar presentes en todo debate educativo. La definición de políticas educativas debe hacerse tomando en cuenta las tensiones existentes: entre actor económico y actor social, entre la adaptación a los desafíos del contexto internacional (revolución científico-tecnológica, globalización de los mercados) y la realidad de contextos socio-económicos muy diversos. Los efectos de estas tensiones se manifiestan en aumento de la pobreza y la marginalidad. Como se muestra en el siguiente esquema, la práctica educativa sirve para que los egresados del sistema educativo tengan el perfil que la vida en sociedad y el progreso requieren.
Hoy,
en cualquier lugar de trabajo existen requerimientos que son necesarios para un
desempeño adecuado. La escuela debe hacerse cargo de lo que le corresponde en orden
a brindar a los alumnos las competencias básicas para el trabajo y debe
garantizarlas en todos sus ciclos, niveles y modalidades. Por supuesto, además
de estas competencias básicas, hay otras no tan básicas que el sistema educativo también debe ofrecer. Un
texto publicado por la CEPAL-UNESCO, titulado Educación y Conocimiento: Eje para la transformación productiva con
equidad, afirma que para garantizar un desempeño eficaz en un contexto de
creciente equidad, el sistema de formación de recursos humanos debe estar
compuesto por establecimientos que sean efectivos en el logro de sus objetivos
primarios. Esta estrategia sólo puede ser aplicada mediante la participación
activa de un estado que compense los puntos de partida heterogéneos, equipare
oportunidades, otorgue subvenciones a los que las necesitan, refuerce
capacidades educativas en las localidades y regiones más atrasadas y apartadas,
etc. La
desigualdad no puede resolverse con la mera intervención indicativa de un estado
que no asume una función docente sino meramente regulatoria. En nuestro país no nos
enfrentamos sólo a las distinciones sociales, sino también a
profundas fracturas en la trama educacional. Nuestra sociedad civil es débil y carece de instituciones capaces de hacerse cargo de una tarea de la magnitud de
la instrucción pública. Podemos
afirmar que la utopía de Sarmiento de desarrollar una sociedad civil semejante
a la americana de mediados del siglo XIX, ha fracasado. Si comparamos a la
sociedad argentina actual con la sociedad fragmentada por la inmigración de
principios del siglo XX, encontraremos una diferencia sustancial. Aquella sociedad,
como la soñada por Sarmiento, tenía al progreso como concepto organizador y
tendía a la integración. La nuestra, en cambio, encarna el fin de aquel
proyecto. El tejido social y cultural que a mediados de siglo había alcanzado
un entramado aceptable, hoy se desintegra. En
otro orden, se debe agregar que la educación para el trabajo no se agota en la
transmisión de los
conocimientos necesarios para trabajar. Es imprescindible, y así lo manifiestan
todos los actores del mundo del trabajo, la formación de una nueva serie de
valores y actitudes relacionados con el trabajo. Se requiere gente que sepa
trabajar en equipo, que pueda ponerse en el lugar del otro y comprender su
demanda, que se haga responsable del compromiso que toma, que pueda resolver por
sí misma situaciones problemáticas, que sea eficaz, puntual, ordenada,
solidaria, veraz y, sobre todo, honesta. Formar
estas actitudes y hacer vivir estos valores es la misión de las escuelas en su
compromiso de educar para el trabajo y el desarrollo del país. Es cierto que
para esto es necesario cambiar muchas cosas, pero de eso se trata. Y lo primero es cambiar nuestras rutinas escolares
cotidianas creando espacios en los cuales el ejercicio de esos valores y
actitudes sea posible. Nota: Este trabajo fue realizado en el Instituto Particular Incorporado "Don Bosco" Nº 9232 (Rosario), y fue seleccionado para representar a esa institución (tradicionalmente conocida como "Colegio San José") en el Concurso Beca Instituto Balseiro 2002 (Enseñanza media). El trabajo fue avalado por el Dr. J. J. Luetich.
MATERIAL CONSULTADO
[1]
SCANS: The
Secretaries Commission on Achieving Necessary Skills o Departamento de Trabajo de los Estados Unidos [2]
UIA: Universidad Íbero Americana [3]
CEPAL: Comisión Económica
para América Latina y el Caribe, integra
una
de las cinco comisiones regionales de la Organización de las Naciones
Unidas (ONU). [4] UNESCO: United Nations Educational, Scientific, and Cultural Organization (Organización para la Educación, la Ciencia y la Cultura de las Naciones Unidas), organismo integrado en la Organización de las Naciones Unidas |
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