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«Con los reinounidenses, yo hablo en
británico.» Por Juan Pérez 12 de octubre de 2002
Me comentaron que en estos días una oyente criticó al conductor de un programa de radio por hacer uso de la palabra "americano" para referirse a los ciudadanos de Estados Unidos de América. El tema no es nuevo: cuando alguien usa aquí un término de otra lengua —y, como en el caso de la palabra software, a veces, no queda otro remedio—, se lo critica por su falta de espíritu patriótico; cuando pueblos que hablan otras lenguas incorporan una palabra nuestra, se piensa que nos están robando algo. La oyente recomendaba el uso de la palabra "estadounidense"; el conductor salió airoso de la discusión argumentando que hacer eso sería lo mismo que llamar "republicanos" a los habitantes de la República Argentina. A esto podemos agregar algunas otras observaciones: ¡Qué difícil es aplicar el sentido común y la razón en situaciones en que la tradición tiene un peso tan grande! ¡Qué fácil es caer en el ridículo, que nos hace reír por lo poco común y nada tiene de razonable! Para designar a los ciudadanos del Reino Unido de Gran Bretaña, creo que sólo quien participe de manera fundamentalista del criterio de la oyente podría proponer el cambio de la palabra "británico" por "reinounidense". Inversamente, sólo un defensor al ultranza del tradicionalismo podría proponer la eliminación del diccionario de la palabra "alemán" y el uso exclusivo de la palabra "germano". (La primera ha sido derivada de la primera estrofa de un himno que comienza diciendo: «Todos los hombres…» («Alle mannen…») La segunda es anterior: proviene de la latina Germania, título de la obra de Julio César, y deriva de Herr Mann, hombre de guerra, de donde proviene el nombre "Germán". Alemania ha sido desde la Antigüedad un país de guerreros.) Si es difícil crear nombres gentilicios, más difícil todavía es dar nombre a los idiomas. Porque las razas y las lenguas no siempre van juntas. Cuando un pueblo se desplaza de un lugar a otro, lleva su lengua y su raza; cuando se retira, puede dejar su lengua y no su raza. Ningún caso real se ajusta a una clasificación en categorías extremas, pero es evidente que en muchas regiones de América, ha habido pueblos que sin sufrir un cambio racial significativo, cambiaron su lengua por la de los conquistadores. He aquí el caso que se presenta con nuestra lengua: nació en un pequeño reino de la península Ibérica (Castilla, que abarcaba la mitad oriental de la actual comunidad de Castilla y León, las comunidades vecinas de Cantabria, La Rioja, Madrid, y la mayor parte de Castilla-La Mancha) —más precisamente en un monasterio de La Rioja—, fue traída a América por gente proveniente de toda España (muchos de ellos del sur), y hoy es hablada por habitantes de nuestro continente que no comparten los mismos rasgos raciales (inmigrantes europeos y de Oriente Medio de Argentina; aborígenes del sur de Chile; innumerables pueblos aborígenes de Bolivia y Perú; descendientes de aztecas y mayas en Méjico y Guatemala; descendientes de esclavos africanos que habitan la América Central; criollos de todos los países; inmigrantes orientales en Perú, Argentina y Méjico). A esto se agrega el hecho de que la región donde se habla abarca España, las Filipinas y, en nuestro continente, desde la Tierra del Fuego hasta el oeste y sur de los Estados Unidos (de América). ¿Cómo llamar a nuestra lengua? ¿Castellana, porque nació en Castilla? ¿Española o hispánica, porque fue traída aquí por los españoles? ¿O hispanoamericana, porque es hoy hablada por los españoles y la mayor parte de los países del Continente Americano? ¡Ah, olvidaba que americanos eran los habitantes de Estados Unidos! Entonces, mejor sería llamarlos a ellos norteamericanos: es preferible sacrificar la decisión de los habitantes de un país antes que la de todo un continente. Recuerdo que una vez, jugando con estos términos, alguien tradujo así la famosa frase que expresaba la doctrina del presidente James Monroe: «América para los norteamericanos.» (En aquel momento pensé: Tradutore, tradittore. Pero a lo mejor no estaba tan equivocado si por norteamericanos entendiéramos a los habitantes de Estados Unidos, Méjico y Canadá. Después de todo, eso es el ALCA. ¿O no?) Por otra parte, tampoco nuestra lengua es el idioma que hablan o preferirían hablar todos los españoles. El catalán, el gallego y el vasco, por ejemplo, se hablan en regiones muy importantes de España. Claro: se podría argumentar que allí también se habla nuestra lengua y que ésta es la lengua oficial de España. Pero también es la lengua oficial aquí, donde hay pueblos que hablan mapuche, quichua y guaraní. Si bien este problema no tiene una solución del todo satisfactoria, la mejor elección es llamar a nuestra lengua castellana, porque su origen es seguro y no va a cambiar. En cuanto a los pueblos, su lengua y su raza es algo que puede cambiar con las conquistas y las corrientes migratorias. Lo mejor parece ser entonces llamarlos como ellos mismos han elegido llamarse.
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