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CRITICA DESTRUCTIVA
Las formas y los formatos
Por Giovanni Critici
19 de octubre de 2002
Se dice que un personaje de la Antigüedad hizo esculpir en un bloque del
mármol más exquisito una figura femenina de gran belleza y luego pidió al
artista que la ahuecara por la parte inferior. A continuación, la llenó de
basura y porquerías y la selló de modo que el relleno no fuera visible para el
observador. Entonces se dedicó a hacer la siguiente pregunta a los que se
acercaban a admirar la escultura: «¿Sabías que por dentro está llena de
basura?» Y encontró que las personas podían ser clasificadas en dos
categorías: aquellas para las cuales esa información no disminuía en nada el
goce estético que producía la observación de la imagen y las que, al
enterarse de lo que había en su interior, constataban la veracidad de los
dichos del hombre y cambiaban de opinión sobre la obra.
Esta historia tiene el aspecto de un cuento de enseñanza más que el de un
relato de un
hecho verídico. La enseñanza estaba relacionada con la cuestión de la forma y
el fondo. ¿Puede una bella forma hacer olvidar el fondo? Según el relato, la
respuesta a esta pregunta es: Para algunos, sí. He ahí la enseñanza.
Podríamos discutir si el fondo de una escultura es su núcleo físico o su
sentido. Pero la diferencia entre los puntos de vista de los amantes del lenguaje poético
y de los defensores de la prosa no es lo que me interesa tratar aquí. Lo que no
podemos discutir es el uso de la palabra forma, que originalmente hacía
referencia a los moldes en los que se vaciaban las esculturas de yeso.
Cabría imaginar la situación inversa: se nos informa que una escultura con muy poca gracia y
aspecto desagradable está hecha de un material precioso. El problema ahora es
que el fondo —por
definición— nunca puede ocultar la forma. La forma está antes. (De
ahí la importancia de la instrucción de las personas que se hace en las
escuelas, cuyo objetivo es revelar el fondo de las
cosas.) Sin embargo, esta segunda escultura, aunque de poco valor como pieza
artística, tiene un gran valor como material para construir otra. Ésa es
la importancia del fondo, puede servir para crear nuevas formas.
Es obvio que el artista debe encontrar un equilibrio entre forma y fondo, de modo
que la primera no sea hueca y el segundo no se desluzca. En nuestros tiempos,
parece ser que la forma es lo más importante. Basta pensar en las monedas
respaldadas por el dólar; la importancia que día a día va ganando lo virtual; los bustos de las
vedettes; y, por
supuesto, la televisión.
La televisión es el reino de las imágenes, las
apariencias, las formas y, últimamente, los formatos. La proliferación
de señales y programas ha tornado difícil la creación de nuevas propuestas y
su identificación por parte de los televidentes. La forma en que se comunican
las cosas imprevistamente adquirió un gran valor. Los formatos hoy se patentan y se
venden. A falta de fondo, las
formas se convierten en fondo. Y los formatos son la forma de las formas. Ésta es
la manera de eludir el problema de la carencia de fondo.
Veamos en qué consiste esta nueva categoría de los tiempos posmodernos. El
formato es la disposición que adoptan los comunicadores en cámara más la rutina de los programas. Como se ve, no se trata de los propios
comunicadores —que pueden cambiar de país en país— ni de los temas —que
pueden ser adaptados a las características regionales—.
Los críticos
chapados a la antigua siguen refiriéndose a los temas de la televisión; los
críticos más modernos se preocupan por las formas; los críticos del futuro
tendrán que hablar de los formatos. Yo quiero iniciar la nueva era
refiriéndome a los formatos de algunos programas de la televisión
argentina.
(1) Por CVN se emite el programa Swing
económico. Allí el conductor está siempre parado mientras sus invitados
están sentados, unos en sillones, otros en mesas muy distantes. Resulta gracioso
ver cómo el conductor tiene que ir y venir por el estudio para hablar con
todos. Resultado: el que más habla es él mismo.
(2) En el programa 14 días, que también se emite por CVN, un periodista va y viene de mesa en
mesa para conversar con sus invitados. Las mesas son de vidrio, de modo que todo
el trámite que implica cada uno de esos cambios esté bien a la vista.
(3) En el programa Día "D"
se había inaugurado la moda de poner
al invitado de espaldas a la cámara y sentado en un banquito alto muy incómodo
—como de barra de bar—. (Es
obvio que ésta ha sido la idea de algún progresista
estudioso del psicoanálisis.) La lente "ojo de pez" que se usaba para
abarcar todo el estudio lo dejaba al pobre con una imagen muchas veces
patética: la silueta deformada, la tonsura en primer plano, los zapatos y las
medias bien
visibles. (Es verdaderamente notable que el señor Ministro de Economía haya
podido salir tan bien parado de una entrevista en esas condiciones.) Ahora, en La Información, la idea se llevó más lejos: son tres los conductores que están de frente y un
invitado de espaldas.
(4) También por América se emite un programa sobre la actualidad política llamado
La cornisa. El conductor comienza hablando en una mesa con un
invitado. Otros invitados se encuentran en cuatro sillas giratorias mirando de
espaldas al invitado principal y a veces intervienen en la conversación, lo cual
lo obliga a éste a darse vuelta (su silla también es giratoria). Cuando el invitado
principal contesta, no sabe hacia dónde mirar, si al conductor o a los otros
invitados. En el siguiente "bloque", el conductor conversa con los otros
invitados, ahora enfrentados, pero puede ser que requiera la opinión del
invitado principal. Entonces, los que están de espaldas a él deben darse
vuelta. ¿Se entendió? Si no, no importa: por televisión, tampoco se
entiende. Menos mal que no se suben todos a la cornisa para hacer el programa,
porque con tantos movimientos de cuello podrían perder el equilibrio.
Es cierto que no podemos exigir que los productores de programas de TV sean
especialistas en ceremonial, pero: ¿es demasiado pedirles que cuiden las
formas, es decir, los formatos?
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desde Rosario, capital cultural de la República Argentina
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