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Un año puede ser poco
Por Andrés Luetich
26
de octubre de 2002
En un programa de televisión donde se trataba el caso de la acusación al Padre Grassi por abuso de
menores, un periodista interrumpió a otro mientras estaba mostrando algunos
detalles que hacían poco creíble el vídeo de un testigo de identidad reservada,
para decir que
quien llevó a cabo el informe estaba investigando "desde hacía un año".
El otro periodista se ofuscó, le recordó que él no lo había interrumpido en
su exposición y le reclamó un comportamiento igual de su parte. Pero quedó en el
aire algo así como una confirmación de la solidez del trabajo periodístico,
respaldada por el "año" de investigación que se le había dedicado.
Ahora
bien, que una investigación haya comenzado hace un año no
equivale a que se le haya dedicado "un año". Este juego de palabras
puede confundirnos. Pensemos si no en un estudiante que le dijese a su profesor
que desde hace un año viene estudiando la materia que hoy está a punto
de rendir mal. Cabría preguntarle cuánto tiempo le ha dedicado por mes al
estudio de esa materia durante el año. Porque si estudiaba dos horas los primeros lunes de
cada mes y luego no veía más los libros, su "año" puede
representar menos que el "mes" de un alumno que estudió cinco
horas diarias la materia en cuestión.
Lo
que no deja de indignar un poco es que esta imprecisión y este lenguaje cargado
de sofismas sea utilizado por periodistas, cuya vocación primera debería ser la
de informar y no la de manipular. ¿Hablarán de este modo por su escasa
capacidad, por su falta de lucidez, por la poca profundidad de sus razonamientos,
por el alboroto mental en el que viven al estar rodeados de cámaras y de
noticias que se multiplican al infinito, desbordando su capacidad para
distinguir lo importante? ¿O será acaso que, por el contrario, dominan
perfectamente su ámbito y utilizan su capacidad para generar polémicas y
lograr, sin mucho esfuerzo, ser considerados punzantes, incisivos e inteligentes?
No
podemos "abandonarnos" frente al televisor. Debemos mantener nuestro
espíritu crítico. Y esto es difícil, porque llegamos a casa cansados; nos
dejamos caer en el sillón; encendemos el televisor y bajamos la guardia, tomamos
una actitud pasiva, y con ello dejamos que cualquiera nos convenza de cualquier
cosa. Pero vale la
pena el esfuerzo. Es más, ese esfuerzo es necesario si queremos ser ciudadanos
de una república y no meros habitantes de un país virtual.

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