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Pedro ABELARDO |
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Abelardo fue precursor del proceso histórico por el que creció la influencia de Aristóteles respecto de la de Platón en la teología cristiana. Entre sus obras teológicas se destaca Sí o no. En ella presenta afirmaciones de las Sagradas Escrituras y de Los Padres de la Iglesia aparentemente contradictorias. Con ello busca mostrar que no debe utilizarse el criterio de autoridad en Teología de un modo arbitrario. Este método será retomado por Tomás de Aquino en su Summa Theologicæ, donde cada afirmación se presenta con las autoridades que se manifiestan a favor y en contra, para luego arribar a una solución. Si bien es cierto que Abelardo tuvo un exagerado optimismo sobre la capacidad de la razón para comprender los dogmas, intentando incluso interpretar racionalmente el de la Santísima Trinidad, no es menos cierto que consideraba que la autoridad de la fe está por sobre la razón, y que la finalidad principal de ésta es esclarecer las verdades de fe y refutar a los infieles. En una carta a Eloísa dice: «No quiero ser filósofo contradiciendo a san Pablo ni ser un Aristóteles para separarme de Cristo, porque no hay otro nombre bajo el cielo que me pueda salvar. La piedra sobre la que he fundado mi conciencia es aquella sobre la que Cristo ha fundado su Iglesia.» En el ámbito filosófico, aborda el problema de los universales intentando responder la pregunta de Porfirio: los universales, ¿existen en la realidad o solamente en el pensamiento? Abelardo sostiene que el universal es aquello que puede predicarse de varias cosas, y no hay cosas que puedan predicarse de otras, ya que cada una es ella misma. Por lo tanto, la universalidad no puede atribuirse a las cosas sino sólo a las palabras, es una función lógica de determinadas palabras (ya que también hay palabras particulares, que sólo pueden predicarse de un individuo, como por ejemplo un nombre propio). Pero, ¿por qué determinadas predicaciones son válidas y otras no? Abelardo sostiene que, como una idea no puede sacarse de la nada, es necesario afirmar que las cosas tienen algo que da validez o no a lo que de ellas se predica. Abelardo llama estado a ese fundamento en las cosas del universal. No es necesario recurrir al concepto metafísico de "esencia"; basta con comprobar que varios individuos existen en el mismo "estado" y, para extraer de ellos los universales, sólo hay que buscar su semejanza y asignarle un nombre. De los objetos que percibimos por los sentidos nos formamos una imagen determinada y clara; pero los términos generales, basados en una serie de imágenes de individuos que se hallan en el mismo estado, remiten siempre a una imagen confusa. En su ética Abelardo sostiene que lo que más cuenta es la intención y que, en consecuencia, un acto debe ser juzgado por la intención que persigue quien lo realiza. |
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