Academia de Ciencias Luventicus

ALBERTO Magno


Alberto nació cerca del año 1200 (1193/1206?) en Suabia (sudoeste de Alemania). Luego de estudiar en Padua (Italia), ingresó en la orden de los dominicos; él tenía por entonces treinta años de edad y la orden diez de existencia (1223). Enseñó en Hildesheim, Friburgo, Ratisbona, Estrasburgo y Colonia. Estuvo en la Universidad de París entre los años 1243 y 1248 y nuevamente en Colonia entre 1248 y 1252. Hasta allí lo siguió desde París su discípulo Tomás de Aquino. Fue nombrado autoridad provincial de la orden dominica en Alemania en el año 1254 y, en 1261, obispo de Ratisbona, cargo que ocupó sólo el tiempo necesario para poner orden en los asuntos más urgentes pidiendo luego ser relevado de sus funciones. Murió en 1280 en la ciudad alemana de Colonia. Dice Hirschberger que, “cuando se piensa que Alberto hizo todos su viajes, según las prescripciones de su orden, a pie, queda uno verdaderamente asombrado de que en medio de sus muchos negocios sacara aún tiempo y concentración de espíritu para una producción literaria que en la edición de Borgnet llena 30 gruesos volúmenes”.

Alberto es la figura central de la irrupción del aristotelismo en la Edad Media. Al respecto dice Gilson: “La adopción del peripatetismo por los teólogos fue una verdadera revolución en la historia del pensamiento occidental […] La realización de esta obra capital se debe principalmente a la colaboración de dos extraordinarios genios, ambos de la Orden de Santo Domingo: Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino […] la obra de Alberto Magno preparó la de Santo Tomás. Muchos materiales que Alberto había descubierto y reunido se encuentran ajustados entre sí y encajados en la síntesis admirable que Tomás supo elaborar con ellos. Sin la formidable y fecunda labor de su maestro, el brillante ordenador de ideas que fue el discípulo habría tenido que consagrar a su vez la mayor parte de sus esfuerzos a buscarlas. Pero no es menos cierto que la obra de Alberto Magno contiene muchos materiales que no utilizó su más ilustre discípulo: es más confusa, pero también más amplia y, científicamente hablando, más rica que la de Santo Tomás.” Alberto tenía gran interés por el estudio de la Naturaleza. En base a las observaciones que realizaba en sus viajes llegó incluso a contradecir afirmaciones del propio Aristóteles, cuyo escritos científicos analizó y comentó. Justamente como reconocimiento a la amplitud de sus conocimientos, que no se limitaban al ámbito de la Teología y la Filosofía —se extendían también a las Ciencias Naturales: meteorología, botánica, mineralogía, zoología, fisiología, etc.— la Iglesia le dio el título de "Doctor Universal". Y H. J. Stadler, editor de sus escritos sobre zoología, escribió: “Si hubiera continuado el desarrollo de las Ciencias de la Naturaleza por el camino emprendido por san Alberto, se les hubiera ahorrado un rodeo de tres siglos.”

Alberto comprendió que la filosofía y la ciencia árabes, que recogían gran cantidad de material de la Grecia clásica perdidos para occidente, tenían un valor inestimable para los teólogos cristianos. Por eso se propuso, entre otras cosas, “hacer inteligibles a los latinos todas las partes de la filosofía aristotélica”. Pero su esfuerzo no se limitó a Aristóteles sino que se extendió a toda la ciencia árabe y judía y al neoplatonismo.

A él le debemos, según Gilson, la "distinción definitiva" entre Filosofía y Teología. Para ello tuvo que luchar contra aquellos que querían negar todo espacio a la razón para quedarse exclusivamente con las Sagradas Escrituras. A ellos se refiere Alberto cuando dice: “Hay ignorantes que quieren combatir por todos los medios el empleo de la Filosofía, y sobre todo entre los predicadores, donde nadie les resiste, bestias brutas que blasfeman lo que ignoran.”

Escoto Erígena, Anselmo y Abelardo "creen para entender". En ellos da la impresión de que se puede comprender todo cuanto se cree. Así se llega a presentar incluso el dogma de la Trinidad como una exigencia de la razón humana. A partir de Alberto Magno, estos dos ámbitos, el filosófico y el teológico, irán adquiriendo cada vez más autonomía. Dice Gilson que, “si la característica del pensamiento moderno es la distinción entre lo que es demostrable y lo que no lo es, fue en el siglo XIII cuando se fundó la filosofía moderna, y fue con Alberto Magno con quien tomó conciencia de su valor y de sus derechos al limitarse a sí misma”. A los misterios (Trinidad, Encarnación, Resurrección, etc.) los conocemos gracias a la Revelación, sin ella la razón no podría haberlos alcanzado. Tampoco puede la razón demostrar la eternidad o la no eternidad del mundo.

El hombre es un compuesto de cuerpo y alma. Respecto del alma humana, considera que no se la debe definir como la forma del cuerpo, ya que ser forma del cuerpo no es su esencia sino su función, y definirla como forma puede llevarnos a perder de vista su substancialidad: “En sí misma es ella, como dice Platón, espíritu incorpóreo y siempre vida.” El alma es una substancia intelectual y ser forma del cuerpo es una de sus funciones. Además, Alberto afirma que cada alma tiene su propio entendimiento agente y su propio entendimiento pasivo, oponiéndose en este punto a Averroes; y que cada una constituye en sí misma un sujeto y no es, por tanto, un universal individualizado por su cuerpo, como lo son las formas.

Sobre el tema de los universales distingue, anticipando con ello a Tomás, los universales ante rem, in re y post rem. El universal se encuentra en primer lugar en el entendimiento divino, antes de que existan las cosas; las ideas divinas son anteriores a las cosas e independientes de ellas (ante rem). Al crear, Dios plasma en la materia distintas formas, imágenes de sus ideas universales. Aquí nos encontramos ya con el universal en las cosas (in re). El individuo es una concreción de una idea universal divina. Y así el universal, además de ser causa del ser de la substancia individual, es causa de su inteligibilidad. Al conocimiento humano le corresponde transformar ese universal in re en un universal post rem, liberándolo de la materia en que se encuentra concretado y retornándolo a su condición universal primera, sólo que ahora como idea de la mente humana.

Alberto no considera válida la demostración de la existencia de Dios de Anselmo (argumento ontológico). Sus pruebas parten del mundo exterior y se elevan hasta Dios por el Principio de Causalidad. Pero la prueba que le es más propia, más que aristotélica es agustiniana-dionisiana, y se eleva hasta la primera causa por la serie ascendente de los intelectos (iluminación).

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