Academia de Ciencias Luventicus

BUENAVENTURA


Su verdadero nombre era Giovanni Fidanza. Nació en Bagnorea, cerca de Viterbo (Toscana, Italia) en 1221. Ingresó en la orden franciscana (1238) y recibió el nombre de "Buenaventura". Marchó a París para estudiar en la universidad, siendo discípulo de Alejandro de Hales. Se licenció en 1248 y prosiguió en París, pero entonces como Profesor, ocupando la cátedra de Alejandro de Hales  que estaba reservada para los franciscanos. Ante las violentas disputas generadas por aquellos que se oponían a que religiosos regulares ocupasen cátedras universitarias, fue confirmado en su cargo, junto a Tomás de Aquino, por el mismísimo Papa. Elegido en 1257 superior de la orden franciscana, debió dejar la universidad para ocupar ese cargo hasta 1273, año en el que el papa Gregorio X lo nombró cardenal obispo de Albano. Colaboró en la preparación del segundo Concilio de Lyón y falleció allí en 1774.

Entre sus obras se destacan el Comentario a las Sentencias y el Itinerario del alma hacia Dios.

Buenaventura es conscientemente conservador en sus doctrinas: “No me he propuesto seguir nuevos caminos y opiniones sino utilizar las comunes y probadas.” De todos modos, en palabras de Gilson, “no vacila en aceptar de las doctrinas nuevas cuanto precisa para completar las antiguas”. Manteniéndose dentro de la tradición agustiniana, integra en ella a Aristóteles (especialmente su filosofía científica y no tanto su metafísica).

Por la fe tenemos un conocimiento inconmovible, seguro, más seguro que cualquier conocimiento de razón. Y el acto de fe no es primariamente un acto de razón, porque se dirige a un objeto que supera nuestra razón, sino un acto de amor. Pero, justamente, quien ama desea conocer aquello que ama. Por eso la especulación filosófica brota del amor que quiere gozar de un modo más pleno de aquel a quien ama. No nace de la búsqueda de una mayor seguridad, porque la fe es ya la mayor seguridad en esta vida; ni de un ejercicio de pura especulación; sino del corazón del hombre que ama a Dios y quiere por lo tanto conocerlo.

El pecado ha provocado la ignorancia del espíritu y la concupiscencia de la carne. Por eso, si bien hemos sido hechos para amar y contemplar a Dios, esto nos resulta hoy imposible sin el esfuerzo de nuestra voluntad y la gracia divina. El camino a la sabiduría comienza por la oración, pidiendo a Dios su gracia y su luz. Sólo si vivimos en gracia tendremos rectitud en nuestro obrar y claridad en nuestros pensamientos. Oración y vida de gracia (santidad de vida) son indispensables para ponernos en camino a la verdadera sabiduría, ellas nos abren la "vía iluminativa" al permitirnos captar el sentido profundo de las cosas, que es Dios mismo; porque cada cosa representa a su creador y nos invita a elevarnos hacia él. Por supuesto que esto no implica una confusión entre Dios y las cosas. Dios es infinito y ninguna cosa finita puede expresarlo plenamente. Más bien hay que pensar que las cosas son signos de su creador, un lenguaje a través del cual éste le recuerda al hombre que lo ama. La "vía iluminativa" será por tanto ese itinerario que transitará el alma para elevarse desde la contemplación de las cosas creadas al creador.

Las vías para demostrar la existencia de Dios se multiplican en Buenaventura casi al infinito, porque cada cosa nos habla del creador. Para quien tiene el espíritu y el corazón purificados por la gracia de Dios y la santidad de vida, todas las cosas manifiestan la presencia de su creador. Que Dios existe, “el esplendor de las cosas nos lo revela si no estamos sordos; hay que estar mudo, en fin, para no alabar a Dios en cada uno de sus efectos, y loco para no reconocer al primer principio teniendo tantos indicios”. Ahora, como Buenaventura considera (siguiendo a Agustín) que el itinerario espiritual conduce de las cosas al alma, encuentra en el alma pruebas más fuertes aún de la existencia de Dios que aquellas que parten del conocimiento del mundo sensible. Porque mientras en las cosas encontramos "vestigios" de Dios (en cuanto Él es su causa), en nuestra alma encontramos su "imagen" (en cuanto Él es su causa y su objeto).

En todos nuestros actos de conocimiento está implícita la idea de lo perfecto y de lo absoluto. Gracias a ella comprendemos a los objetos particulares como imperfectos y relativos. Dios es lo primero conocido. Si penetramos en nuestro interior lo suficiente encontraremos a Dios. Tenemos su imagen naturalmente infusa, y por esta vía podemos conocerlo sin recurrir a los sentidos externos. Pensando de esta manera, era lógico que Buenaventura adhiriese al argumento ontológico anselmiano. Vale aclarar que Buenaventura no considera que tengamos el conocimiento claro de lo que Dios es, pero sí el de que existe.

Transitando su itinerario espiritual, y luego de haber pasado de la contemplación de las cosas a la de nuestra propia alma, nos queda aún elevarnos hasta Dios, alcanzando el gozo de estar en su presencia. Pero este ámbito supera lo que podemos expresar con palabras, es poco lo que podemos decir de él. Aquí la filosofía se ve superada por la mística. En la última etapa del itinerario no somos conducidos ya por el entendimiento sino por el corazón.

El alma es al mismo tiempo una sustancia inteligible que, por ser tal, subsiste al cuerpo, y la forma del cuerpo al que da vida.

En cuanto al conocimiento, distingue entre el sensible, que versa sobre lo exterior y lo inferior, y el conocimiento de lo inteligible, referido a lo interior y superior. El conocimiento sensible comienza con una acción ejercida por un objeto sobre un órgano sensorial. Ante esa acción el alma reacciona formulando un juicio. El intelecto abstrae de las imágenes sensibles lo universal, seleccionando y agrupando los datos comunes. Con el conocimiento de lo inteligible ocurre algo bien distinto. Él es guiado por una luz interior. Por él encontramos verdades y principios innatos en el hombre que no provienen de los sentidos, sino de la iluminación inmediata de las Ideas divinas sobre nuestro intelecto (retoma la Teoría de la Iluminación de Agustín). Buenaventura comprende en clave aristotélica el conocimiento sensible y en clave platónica el conocimiento del alma y de Dios.

El mundo procede de Dios pero no por necesidad sino por una decisión libre. Aristóteles y Averroes sostienen que el Universo es eterno. Buenaventura se opone a la Teoría de la Creación Eterna (o fuera del tiempo) por considerarla contradictoria.

Todo ser creado es un compuesto de esencia y existencia que no tiene en sí la razón de su existencia, por lo que dice relación a su Creador. También es un compuesto de materia y forma. Pero como Buenaventura aclara que la materia no es necesariamente corpórea, hemos de entender más bien que todo ser es un compuesto de potencia y acto, con lo que se explicaría su afirmación de que los ángeles y el alma humana tienen una "materia espiritual".

Sostiene la tesis de la "pluralidad de las formas", según la cual todo ser posee tantas formas como propiedades tenga. Esta multiplicidad de formas se encuentra ordenada jerárquicamente en cada cosa para mantener su unidad.

Busca Buenaventura en nuestro índice.
 
 
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