Academia de Ciencias Luventicus

Juan ESCOTO ERÍGENA


De origen irlandés, se llamó a sí mismo "Hijo de Eire" (Irlanda), de allí su nombre "Erígena" o "Eriúgena". Nació en el año 810. Se educó en un monasterio de Irlanda y a los 30 años pasó a Francia como director de la escuela palatina de Carlos el Calvo. Murió en el año 877.

Tradujo, a pedido del emperador, las obras de Dionisio Areopagita (Pseudo-Dionisio); estas traducciones fueron muy leídas durante la Edad Media. También tradujo obras de los Padres griegos, transformándose en puente de comunicación entre el pensamiento de los Padres y el de los teólogos y filósofos occidentales del medioevo. Pero su obra más importante fue, sin duda, Sobre la división de la Naturaleza. En ella afirma que el estudio de la Naturaleza debe realizarse mediante un doble movimiento: la "división" (de lo universal a lo particular) y el "análisis" (de lo particular a lo universal). Y esto no sólo por una razón lógica sino porque los mismos seres individuales descienden jerárquicamente de los géneros universales. De las ideas nacen los géneros, de ellos los subgéneros, las especies y las sustancias individuales. Hay cuatro clases de seres: el que crea y no es creado (Dios, en cuanto Principio de Todas las Cosas), el creado y creador (las ideas arquetípicas creadas por el Padre en la mente del Verbo), el creado que no crea (las cosas creadas según el modelo de las ideas) y el no creado que no crea (Dios, que habiendo cesado de crear, es ahora fin de todas las cosas).

Su concepción neoplatónica del Universo fue interpretada en el siglo XIII como una forma de panteísmo y condenada por el Concilio de París. De todos modos ello no impidió que su obra siguiese siendo muy leída y tenida en cuenta por los filósofos y teólogos posteriores. Ha decir verdad, el propio Erígena se anticipó a una posible interpretación panteística de sus ideas afirmando que: “Si es así, quién no tomaría inmediatamente la palabra para exclamar: «¡Luego Dios es todo y todo es Dios!», lo cual resulta monstruoso, incluso para aquellos a quienes tenemos por sabios, porque la diversidad de las cosas visibles e invisibles es múltiple, pero Dios es uno.” Por eso, cuando habla de "división", no se refiere a la división de un todo (Dios) en partes (cosas). Más bien hay que entender su concepto de "división" como creación o producción de lo múltiple por lo Uno.

Las ideas han sido creadas por el Padre en el Verbo y subsisten en él desde siempre. Son, por tanto, coeternas con Dios, aunque no tienen su origen en sí mismas sino en él.

Entiende la Creación desde un modelo gnoseológico. Dios, incognoscible, se manifiesta desplegando la totalidad de sus consecuencias. Esto lo lleva a afirmar, siguiendo a Gregorio Nacianceno y a Máximo Confesor, que la Creación es una "teofanía", una manifestación de Dios. En este sentido hay que entender su afirmación de que Dios se crea a sí mismo al crear las cosas. Erígena entiende que la manifestación no es necesaria sólo para las criaturas inteligentes sino para el mismo Dios, que sin ella no se conocería (¡qué cerca nos sentimos aquí de Hegel y de Plotino!). Esto nos permite ver cuán profundos son para su sistema los movimientos de "división" y "análisis". Las ideas aparecen por la "división" del Primer Principio (Dios necesita hacerse otro para conocerse). Y si bien ellas no son Dios, que es uno e inexpresable, el "análisis" nos permite comprender que en algún sentido son Él mismo, en cuanto no son sino su expresión.

Juan Escoto Erígena tiene una concepción muy particular de la relación entre la razón y la fe. Sostiene que el hombre, antes de la Revelación, no podía sino elaborar una física que le permitiese conocer la naturaleza creada y la existencia de su Creador. Pero luego de recibir el mensaje revelado, que se completa de modo pleno con Cristo, el hombre cuenta con una nueva fuente de conocimiento, absolutamente cierta. De ahí que ahora el hombre deba aceptar la verdad revelada y explorarla racionalmente. La fe, por tanto, “no es otra cosa que una especie de principio a partir del cual comienza a desarrollarse, en una criatura racional, el conocimiento de su Creador”. La fe es un comienzo que nos posibilita acceder por la razón a un conocimiento aún más perfecto que el que ella misma nos brinda. La misma lectura de las Escrituras puede llevarnos al error si la razón no interviene para mostrarnos su sentido más profundo. Entre la luz de la fe, que no es plena, y la luz de la visión beatífica, que es plena y a la que tendremos acceso luego de esta vida, se encuentra la luz de la especulación filosófica, que va creciendo en intensidad, iluminando las oscuridades de la fe. El camino que se propone transitar es el de la elevación hasta Dios, mediante la contemplación y la reflexión de su Palabra. No es exacta la interpretación que hacen algunos de que sostendría que la fe ha de someterse a la razón. La razón debe inclinarse ante el mensaje revelado, porque se fundamenta en la autoridad de Dios. La autoridad ante la que no debe inclinarse la razón es la de las opiniones e interpretaciones de los hombres. Ante la palabra de Dios, sumisión; ante la de los hombres, libertad. Como no distingue en el mensaje revelado aquello que sí se puede llegar a comprender con la razón y aquello que no, da la impresión de que tiende a racionalizar los dogmas, pero no es justo llamarlo por eso "racionalista", más bien se ve en ese punto oscurecido por la falta de aquella distinción.

Niega la existencia de la condenación eterna y sostiene que todos los seres humanos serán al final purificados. Considera que sostener lo contrario sería admitir la victoria definitiva del pecado en un mundo al que Cristo rescató con su sacrificio.

Busca Escoto Erígena en nuestro índice.
 
 
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