Academia de Ciencias Luventicus

Criterios prácticos para poner límites

Prof. Juan Marcelo Pardo
7 de mayo de 2003
Hoy se habla mucho de la importancia de poner límites a nuestros hijos y del valor educativo de los límites. Se desarrollan teorías pedagógicas y psicológicas para explicar las diferencias de comportamiento observadas entre jóvenes que han crecido en ambientes distintos. Estas teorías —en principio, descriptivas— llevan implícita una crítica a alguno de los agentes educativos de los niños y los jóvenes. Pero quienes las exponen en general no hablan de cómo poner límites, sin tomar en cuenta que esta pregunta puede derribar cualquier teoría. Por eso, cabe que nos preguntemos seriamente: ¿Qué criterios prácticos pueden guiarnos para que los límites que pongamos no crucen la línea que separa lo educativo de lo autoritario?

Para responder a esta pregunta, recurriremos a un maestro de la práctica educativa: Don Bosco (1815-1888). Él sostenía que a los límites o normas tenemos que explicarlos cuidadosamente. No podemos decirles a nuestros hijos que hagan tal o cual cosa «porque sí» o «porque se nos da la gana»: es indispensable el diálogo sereno entre padre e hijo, en el cual se explique el sentido o la razón por la cual se debe respetar ese límite. Si podemos llegar a explicar el valor que el límite está protegiendo y el anti-valor que se esconde detrás de la transgresión del mismo, mejor.

Cuando les explicamos a nuestros hijos el sentido o la razón de un límite, los estamos valorando como personas capaces de comprender. En cambio, si les decimos: «Algún día entenderás, todavía sos muy chico», les estamos diciendo implícitamente que son poco inteligentes y lo único que lograremos con ello será generar su rebeldía a corto o largo plazo. Nuestros niños pueden ser pequeños, pero no son irracionales.

Muchas veces nos quejamos de que nuestros hijos son rebeldes, y no vemos que nosotros hemos sido primero arbitrarios y autoritarios con ellos. Esto los irrita y con razón, porque menosprecia su capacidad de comprender, ofende su racionalidad humana e implica una subvaloración que seguramente los conducirá a una actitud de rebeldía.

Además de dar las razones de los límites que fijamos, tenemos que demostrar el afecto que les tenemos como personas. Don Bosco lo decía así: “Que los jóvenes no sólo sean amados, sino que ellos mismos se den cuenta de que son amados.” No hay que dar nunca por supuesto el amor a un hijo. Quizás para el padre el amor sea algo obvio, pero para el niño el amor abstracto suele ser algo invisible. Hay que decirle que la razón principal por la cual le ponemos límites es porque lo queremos. Si amamos de verdad a una persona, querremos que no le ocurra nada malo, incluso aunque ella misma así lo quiera.

Por otra parte, al poner límites tenemos que fijarnos de qué manera decimos «no». Nunca los gritos van a poder más que la explicación. Claro que este criterio requiere de una paciencia mayor, hasta llegar a la solución del conflicto. Muchas veces nuestros hijos ceden ante la violencia de un grito o de una mala cara, pero con ello no solucionamos nada sino que agravamos la futura rebeldía. El respeto de los límites no se basa en los gritos o en las expresiones hirientes sino en la seguridad del adulto y en la consistencia de la pauta. Si lo que decimos es verdadero, el límite se impondrá sin necesidad de la violencia de ningún tipo.

Para responder completamente a la pregunta nos falta aún un ingrediente: la coherencia de vida del educador. Si no vivimos lo que enseñamos, en algún momento seremos descubiertos y desacreditados y todo lo que transmitimos se verá arrastrado por ese descrédito. Si nosotros, los adultos, no vivimos de acuerdo a los límites que ponemos será imposible que eduquemos a nuestros hijos en ellos. Podremos imponerlos, pero no transmitirlos.

Resumiendo, ¿cómo poner límites? Respetando estas tres máximas:

Dando el sentido o la razón del límite que se va a imponer. Aunque nos lleve más tiempo, los frutos no tardarán en aparecer.

Demostrando el afecto por la persona. Ello relajará la tensión y hará sentir al niño o al joven que se lo valora.

Siendo coherentes. Si transgredimos el límite que impusimos, tarde o temprano ello será percibido y tanto nosotros como el propio límite seremos desacreditados.

 

OBRA CONSULTADA

  • Pietro Braido, 1989 La experiencia pedagógica de Don Bosco
    Roma: LAS

NN. del E.
• Una de las consecuencias de no poner límites a los niños pequeños ha sido descripta en otro trabajo publicado en esta sección.
• La problemática de la imposición de límites ha sido tratada también en un artículo anterior aparecido en la sección Padres.

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