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Enseñando en Mallorca Prof. Eduardo Darío Mutazzi 10 de octubre de 2003
Es verdad que las crisis son fuentes de oportunidades. Así lo sentí yo el día que me nombraron Profesor Visitante en la Universidad de las Islas Baleares (UIB), en España. Pocos meses antes, pero después del fatídico diciembre de 2001, me encontré con que por segunda vez en esta década infame de la Argentina había perdido medios de sustento. Sólo me quedaba la cátedra ganada por concurso. Algo así como la cuarta parte de mis ingresos en pesos y, luego de la devaluación, tal vez menos de un décimo en divisas. Así que un poco por desesperación, un poco por desafiar a la adversidad, comencé a buscar en la Red oportunidades de enseñar en universidades europeas. Me dirigí expresamente a Baleares ya que tengo nietos que han nacido en su capital, Palma de Mallorca, y ésta era la única posibilidad de verlos y estar con ellos, dadas las condiciones económicas imperantes. En un viaje anterior había visitado la UIB y había tenido oportunidad de conocer a los catedráticos del Área de Ingeniería Química. Luego de ubicar su página web, realicé un intercambio de mensajes por correo electrónico, y recordándoles la visita efectuada con anterioridad, les envié mi pedido y mis antecedentes profesionales y académicos. Los mismos fueron puestos a consideración del Consejo de la UIB junto a las otras propuestas que —como todos los años— presentan las diversas Áreas y Facultades para la visita de catedráticos de todas partes del mundo. La oferta siempre es escasa frente a la disputa por los cargos. Primero me notificaron de la aprobación del Departamento de Química, luego de la de la Facultad de Ciencias y, finalmente, de la resolución con el nombramiento. Así me encontré un día en la isla de Mallorca. Esta hermosa isla está rodeada por el azul Mediterráneo, con acantilados y cadenas montañosas en el oeste y el norte, con la sierra de Tramuntana y un valle que desde allí se desliza y se hace llanura al sur (denominada Es Pla, "El Llano"), donde se levanta la ciudad de Palma, antes de llegar al mar. Al este, lejanas y suaves, están las sierras de Llevant, desde donde cada mañana se levanta el sol y comienza a disipar la humedad del llano y a alumbrar la ladera este de la Tramuntana. Llegué en la primera semana de septiembre de 2002, todavía con toda la algarabía del verano y los turistas tardíos que quieren prolongar la estación. En esta isla —que se asemeja a un trapezoide irregular de 50 por 60 km— llegan alrededor de 10 millones de turistas por año, casi dos tercios alemanes, un tercio británicos y el resto mayormente habitantes de los países nórdicos de Europa. Vienen escapando de los días fríos, oscuros y lluviosos, en busca del sol del Mediterráneo, de playas de arena donde estar rodeados de gente llena de deseos de vivir, o de "calas". (Las calas son pequeñas playas entre acantilados donde se puede disfrutar de cierta intimidad y gozar simultáneamente de la presencia del mar y la montaña.) La UIB tiene su campus al norte de Palma, camino de Valdemossa, en dirección a las sierras altas. En Valdemossa, ubicada en la sierra, vivió un rey de Mallorca (el Rey Sancho), y se encuentra el célebre Monasterio de La Cartuja, donde el músico polaco Federico Chopin y la escritora George Sand pasaron un invierno que quedó reflejado tanto en el museo del monasterio como en un libro de esta singular mujer que usaba un seudónimo masculino. El camino hacia la UIB tiene una ligera pendiente en ascenso; al oeste la bordea siempre la sierra de Tramuntana, y al este, en la lejanía, las sierras del Llevant. Me contaron que el campus está fuera de Palma porque Franco trató de alejar a los universitarios de las ciudades para evitar que las manifestaciones y desbordes de los jóvenes de aquellos tiempos intranquilizaran a la población. Frente a la puerta de las grandes tiendas del corte inglés, en las avenidas, tomaba yo el autobús para ir diariamente a la Universidad, donde permanecía por doce horas, de lunes a viernes. Se tarda una media hora para completar el trayecto. Al abandonar la ciudad de Palma seguíamos una ruta que estaban convirtiendo en autopista, construyendo cruces en diferentes niveles. La vi terminada antes de mi regreso. El colectivo entraba luego en la campiña. Al este hay una enorme cárcel que, deslumbrado por el sol de la mañana, casi no podía ver. En cambio, dirigía la mirada hacia el oeste donde un hermoso monasterio se alzaba en un horizonte de montañas. Más tarde supe que se llamaba La Real y que su origen se remontaba al año 1300, cuando Mallorca fue conquistada por Jaume I, el primer rey de la isla, quien derrotó a los moros que por entonces la dominaban. Mientras el ómnibus seguía el recorrido, se podían observar los campos, que son de una tierra pedregosa, en los que se cultivan almendros. Éstos forman un bosque abierto y regular de árboles pequeños que florecen en febrero y se asemejan mucho a los cerezos, pero dan florecillas blancas. Finalmente se llegaba al campus, verdaderamente grande para lo que estamos acostumbrados en la Argentina, unas cuatro o cinco veces la "Siberia" rosarina, pero con edificios modernos y bien terminados. Tal vez el equivalente a lo que hubieran resultado universidades argentinas progresando desde los años sesenta si no las hubieran quebrado el pacto sindical militar y el abandono posterior. La Facultad de Ciencias es la primer parada y hay diez minutos más hasta llegar a la de Turismo que es la más alejada. Carmen, Susana y Toni eran los catedráticos con quienes trabajaba, formalmente, Dra. Carmen Roselló, Dra. Susana Simal y Dr. Antonio Femenía, graduados y doctorados en Ciencias. El doctorado en España sigue el esquema inglés-americano y se está generalizando en toda Europa, como ocurre ahora en nuestro país. Cuando llegué, me proveyeron de un despacho en una habitación adyacente a uno de sus laboratorios de investigación, con buena luz, aire acondicionado, un lindo escritorio y una computadora (para ellos, "ordenador") que estaba conectada en red con las otras del área y, por supuesto, conectada a Internet las 24 horas del día. Para el dictado de las clases, se contaba con ordenadores portátiles. En PowerPoint se prepara la clase. Lleva casi dos días preparar una clase de una hora, a veces más. Luego, en el aula (espaciosa, cómoda, donde los alumnos pueden estar cómodamente sentados y tomar notas), se desarrolla la lección usando una pantalla colocada delante de los pizarrones y un cañón de proyección conectado a la PC portátil. Ante alguna duda se puede volver atrás y mostrar la "diapositiva" anterior. En casos difíciles, donde hay que explicar el movimiento y forma de operación de un equipo, se lleva un esquema animado y se muestra una y otra vez hasta que no queden dudas. Existen ciertos trucos para facilitar la tarea docente: por ejemplo, reservar el cañón de proyección de número más alto, que corresponde al más nuevo, liviano y potente. Éstos nunca faltan, pero si se olvida uno de reservar, le toca el número uno, un pesado que nadie quiere. No hace falta el puntero láser porque se puede usar la flecha del mouse. Uno tiene que hablar despacio, y hay que tratar de usar el tú y el vosotros si uno quiere ser atento con la audiencia. La comunicación no es fácil porque los jóvenes están muy acostumbrados a hablar en mallorquín, la forma local del idioma catalán, lenguaje al que uno llega a comprender aunque es bastante difícil hablarlo. Con el castellano todos estábamos hablando en una lengua neutra. No es este el caso con la gente de más de cuarenta años, que se educaron en la época de Franco, cuando el único idioma oficial era el castellano. De todos modos, hice un curso de catalán. Las clases prácticas o de experimentación se realizan en los laboratorios y la tarea se complementa en las aulas de ordenadores. El laboratorio del Área de Ingeniería Química para los alumnos es espacioso, cómodo y moderno. Hay un dispensador de guantes de caucho para la protección de las manos cuando se usan ácidos o bases fuertes y antiparras para preservar los ojos de salpicaduras. Se enseña a trabajar como se debe, sin picardías ni atajos. Los alumnos forman grupos de dos o tres y se complementan en la atención del equipo con el cual les toca experimentar. Cada grupo utiliza un equipo diferente por vez, por lo cual la tarea docente se multiplica, pareciéndose a la del ajedrecista que realiza varias partidas simultáneas. Todo tiene que estar bien planeado de antemano y los alumnos deben contar con el "guión" de cada trabajo de experimentación. Antes de retirarse, los alumnos dejan una fotocopia con los datos experimentales obtenidos, que serán verificados cuando entreguen el informe. En el aula de ordenadores, los alumnos procesan los datos obtenidos de la experimentación y elaboran sus conclusiones. Es el momento de reflexión sobre lo experimentado, de toma de conciencia y significación, es el momento más bravo para el docente, que tiene que estar preparado para responder las preguntas de los estudiantes y donde se ponen a prueba sus propios conocimientos. La sala de ordenadores que utilizábamos tenía 36 computadoras. Algunas (cinco o seis), aunque nuevas, un poco deterioradas por el uso: teclados sin algunas letras, monitores que no encendían, lectoras de discos que no funcionaban. Bueno —me dije—, algo falla, no todo es perfección, se trata de un lugar real como el mío. Sin embargo, cuando me invitaron nuevamente este año y regresé en enero, todos los ordenadores, sin excepción, habían sido reemplazados por nuevos. Los alumnos son educados y respetuosos con sus profesores. Comparándolos con los nuestros, diría que son un poco tímidos y reservados. No existen los estudiantes eternos de nuestras universidades estatales: el que no aprueba una materia debe repetirla y pagar el doble por la matrícula, y si vuelve a fallar, el doble del doble —aunque, al decir de algunos profesores, esto no es impedimento para la gente de fortuna—. El valor de la matrícula por asignatura semestral no llega a los 50 . El almuerzo de mediodía sirve para departir con otros profesores y alumnos. Se llega así a conocerlos en su dimensión humana. El comedor está abierto a todos y muchos prefieren hacer jornada corrida quedándose a almorzar al mediodía en el predio de la universidad. Sin embargo, el momento más apreciado para mí era el del café, a eso de las diez de la mañana, cuando departíamos juntos, Carmen, Susana, Toni y yo, sobre los temas de la enseñanza, la universidad, el mundo y a veces, en apartes con Toni, del Real Mallorca y sobre los futbolistas argentinos que están en España. Pienso que mi experiencia profesional en ingeniería química, hecha en varios lugares del mundo, pero principalmente en Argentina y Europa, junto con los temas académicos que domino, puede haberles resultado útil en el apoyo que brindé en el dictado y elaboración de trabajos experimentales orientados a control de procesos. Por mi parte, yo recibí una actualización en tecnologías educativas a las que me hubiese sido muy difícil tener acceso y pude ver el excelente nivel científico puesto en juego en la enseñanza y la investigación. Por eso, quiero expresar mi agradecimiento a las personas mencionadas. Me han brindado la oportunidad de enseñar junto a ellas en una universidad como tal vez hoy serían las nuestras, si la estupidez y el egoísmo no se hubiera adueñado de muchas voluntades locales. De regreso en la Argentina, a principios de diciembre, me vi atrapado llenando papeles para la famosa acreditación de las carreras universitarias, que no es otra cosa que volver a poner en orden viejas ideas, por muchos olvidadas, de cómo hay que hacer bien las cosas para enseñar sin equipos ni retribución digna para los docentes. Pensando en esto, de pronto me sentí mal. Tuve deseos de volver a ver el mar, tal como lo veía en Mallorca. Entonces escribí este corto poema: Necesito ver el mar Después me fui a ver el Paraná, que es como un mar, nuestro mar. Me dije que no hay que rendirse: nuestro país no es lo que han hecho de él, puede ser mejor. Y volví para continuar con mi trabajo…
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