«Ahora sabemos la razón.»

Prof. Lic. Andrés Luetich
15 de enero de 2003

Hoy me senté unos minutos frente al televisor con mis hijos de cuatro y cinco años. Era la hora de la siesta. Así fue como di con el corto publicitario de Soy la comadreja que me llevó a escribir esta nota.

En la propaganda, el personaje central, luego de acercarse el dedo a la nariz, aspiraba con fuerza. Inmediatamente un humo, una sustancia, o un color —doy todas estas alternativas para evitar la crítica de un empirista extremo— ascendía hasta su cerebro y penetraba abruptamente en él. Acto seguido, éste se reducía notoriamente de tamaño mientras se escucha al locutor decir: «Ahora sabemos la razón.»

¿Cuál es la razón que ahora sabemos? ¿Qué será aquello que se aspira y te achica el cerebro? No me vengan con que es una metáfora de la contaminación ambiental en las grandes urbes. ¿Puede ser que una imagen que se presta tan directamente a ser interpretada como una alusión al consumo de drogas se transmita a la hora de la siesta por un canal para niños? ¿Quién maneja estos canales? Para ser maestro de escuela y cobrar dos pesos hay que tener años de estudio y reunir ciertas condiciones físicas y psíquicas, ¿y para estar a cargo de la programación de un canal de televisión para niños se puede ser Freddy Krugger?

En otro canal para niños, en la publicidad de uno de sus programas, se escucha al locutor decir: «Más emocionante que un beso de la novia de tu mejor amigo.» ¡Qué educación en los valores! ¡Qué humanismo! ¡Qué porquería! Han clonado a Freddy, o Freddy es muy capaz y tiene a su cargo la dirección de dos canales.

Después de todo, creo que la publicidad de Soy la Comadreja nos transmite una verdad: Ahora sabemos la razón. Ahora sabemos la razón por la cual debemos estar alerta. La tarea de educar a hombres fuertes y profundamente humanos será difícil. Los chicos pasan cada vez menos tiempo con los padres y más con estos "educadores de masas".

No sé cuál será el mejor modo de enfrentar a, o "convivir" con, estos continuos ataques a la formación intelectual y moral de nuestros niños. De hecho, al escuchar propuestas de personas que coincidirían con lo que he dicho más arriba, muchas veces me siento tan extraño como frente a las publicidades que ellos rechazan tanto como yo. No creo mucho en la intervención del Estado en estos temas, aunque evidentemente alguna responsabilidad le cabe. Creo más en la capacidad de las personas, de las que hacen los programas y de las que los ven. El problema es que, en este caso, quienes los ven son niños y no les podemos pedir que velen ellos mismos por su educación.

Ojalá todos los padres empecemos a ver estas programaciones y publicidades con ojo crítico, y que ello nos lleve a buscar desde nuestra conciencia y creatividad el modo de hacer algo por cambiar lo que juzguemos nocivo para nuestros niños.

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