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Hoy
me
senté unos minutos frente al televisor con mis hijos de cuatro y cinco años. Era la hora de la siesta. Así fue como di con el
corto publicitario de Soy la comadreja que me llevó a escribir esta nota.
En la
propaganda, el personaje central, luego de acercarse el dedo
a la nariz, aspiraba con fuerza. Inmediatamente un humo, una sustancia, o un
color —doy todas estas alternativas para evitar la crítica de un empirista
extremo— ascendía hasta su
cerebro y penetraba abruptamente en él. Acto seguido, éste se reducía
notoriamente de tamaño mientras se escucha al locutor decir: «Ahora
sabemos la razón.»
¿Cuál es la razón que ahora sabemos? ¿Qué será aquello que se aspira y te achica el
cerebro? No me vengan con que es una metáfora de la
contaminación ambiental en las grandes urbes. ¿Puede ser que una imagen que se
presta tan directamente a ser interpretada como una alusión al consumo de
drogas se transmita a la hora de la siesta por un canal para niños? ¿Quién
maneja estos canales? Para ser maestro de escuela y cobrar dos pesos hay que
tener años de estudio y reunir ciertas condiciones físicas y psíquicas, ¿y
para estar a cargo de la programación de un canal de televisión para niños se
puede ser Freddy Krugger?
En otro canal para niños, en la publicidad de uno de sus
programas, se escucha al locutor decir: «Más emocionante que un beso de la
novia de tu mejor amigo.» ¡Qué educación en los valores! ¡Qué
humanismo! ¡Qué porquería! Han clonado a Freddy, o Freddy es muy capaz y
tiene a su cargo la dirección de dos canales.
Después de todo, creo que la publicidad de Soy la Comadreja nos transmite
una verdad: Ahora sabemos la razón. Ahora sabemos la razón por la cual debemos estar
alerta. La tarea de educar a hombres fuertes y
profundamente humanos será difícil. Los chicos pasan cada vez menos tiempo con
los padres y más con estos "educadores de masas".
No sé cuál será el mejor modo de enfrentar a, o "convivir" con,
estos continuos ataques a la formación intelectual y moral de nuestros niños.
De hecho, al escuchar propuestas de personas que coincidirían con lo que he
dicho más arriba, muchas veces me siento tan extraño como frente a las publicidades que ellos rechazan tanto como yo. No creo mucho en la
intervención del Estado en estos temas, aunque evidentemente alguna
responsabilidad le cabe. Creo más en la capacidad de las personas, de las que
hacen los programas y de las que los ven. El problema es que, en este caso,
quienes los ven son niños y no les podemos pedir que velen ellos mismos por
su educación.
Ojalá todos los padres empecemos a ver estas programaciones y publicidades con ojo crítico, y que ello nos lleve a buscar desde nuestra
conciencia y creatividad el modo de hacer algo por cambiar lo que juzguemos
nocivo para nuestros niños.
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