Historias de Letras

Prof. Graciela Barroso
25 de enero de 2003
oAo oDo oMo oNo oRo oSo oUo oZo
 

La A

Los hombres a quienes hace 3.500 años se les ocurrió la idea de crear un alfabeto se entendían entre sí en una lengua semítica, probablemente de origen fenicio.

Fue entonces cuando nació la A, esa letra “que se pronuncia con los labios muy abiertos y los dientes separados aproximadamente un centímetro […], y con la lengua rozando la punta de los dientes inferiores”. (Cfr. Diccionario de uso del español, Moliner.)

Lo curioso es que la A se creó como consonante: los inventores de la escritura alfabética pensaron en los sonidos de su propia lengua, pero crearon signos para las consonantes, no para las vocales.

Cada letra de ese primer alfabeto era la inicial de un objeto ligado a la vida cotidiana. Y para que fuera fácil retener y distinguir la letra, se le daba incluso la forma del objeto. De ese modo, la A fue llamada álef, palabra que en fenicio significa "buey". Y, de hecho, la A tenía en su forma más primitiva un aspecto muy parecido a una cabeza de bovino.

Las letras fenicias se popularizaron rápidamente y mercaderes de muchos países que comerciaban con los fenicios adecuaron el alfabeto a sus propias lenguas. Así los griegos la llamaron alfa, y al hacerlo, le dieron también un nuevo valor sonoro, vocálico esta vez.

 

La D

La D se encuentra en el alfabeto latino por casualidad. Los romanos adoptaron su sistema de escritura de los etruscos, quienes desconocían esa letra. Se cree que un anónimo escriba etrusco la tomó de la escritura griega que se utilizaba en el sur de Italia.

En lo referente a la forma, antiguamente la D era más o menos triangular, y probablemente representaba una tienda (carpa). Esta letra, que era la delta de la lengua griega, se ha conservado prácticamente sin ningún cambio desde hace tres mil años. Fueron los romanos, quienes escribían sobre material blando como papiros y pergaminos, quienes le dieron una panza redonda.

 

La M

La letra M procede de un antiguo jeroglífico egipcio que consistía en una línea ondulada semejante a la que suelen dibujar los niños cuando representan una ola del mar.

Cuando los fenicios crearon su sistema de escritura, tomaron ese signo y lo llamaron men, palabra que significa "agua".

En el alfabeto griego había dos M: una, característica de las islas orientales, era exactamente igual a la fenicia. A ésta se la encuentra después en el alfabeto etrusco y, más tarde, en el latino hasta el siglo III de nuestra era. La otra, que se utilizó en Grecia occidental, era muy semejante a nuestra M actual. En Roma, en tiempos del emperador Augusto, a esta segunda M se le dio la forma definitiva, que es la que usamos hoy.

 

La N

La letra N aparece por primera vez en la escritura egipcia, donde se llamaba nahasch, que significaba "serpiente". Los egipcios quizá le asignaron ese nombre porque la forma de la letra sugiere el desplazamiento en zigzag de las serpientes. No obstante, cuando los fenicios crearon su alfabeto, la denominaron de otro modo: la llamaron nun, que significa "pez". Más tarde, los griegos le pusieron el nombre de nu y le dieron un aspecto semejante al que tiene hoy. Tras los retoques que le hicieron los romanos, su forma ha permanecido prácticamente invariable hasta el presente.

No se debe olvidar que la Ñ es el resultado de colocar dos N, una sobre otra.

 

La R

La R tiene su origen en la escritura jeroglífica egipcia, donde era una cabeza humana vista de perfil. Los fenicios la llamaron res, palabra que quiere decir "cabeza". Al representarla, simplificaron el signo egipcio y le dieron una forma que recuerda a la actual letra P, aunque escrita al revés, es decir, orientada hacia la izquierda. Los griegos, del mismo modo que hicieron con las demás letras, la giraron hacia la derecha y fue así como la adoptaron inicialmente los latinos. Pero como su forma les creaba un problema, pues disponían de dos signos semejantes para representar dos sonidos distintos —R y P— , entre los siglos VI y II a.C. los romanos le agregaron una "patita". Desde entonces, su forma ha permanecido más o menos invariable.

 

La S

En un ideograma de la escritura egipcia que mostraba unos lotos (plantas acuáticas con flores) emergiendo de un lago, se encuentra el origen de la letra S. Los fenicios, más tarde, lo simplificaron, dándole una forma semejante a la W, y lo llamaron samek.

A su vez, cuando adoptaron el alfabeto fenicio, los griegos pusieron el nombre de sigma a esa letra y la giraron 90 grados; fue así como adquirió la forma parecida al número 3 aunque con el paso del tiempo perdió la primitiva angulosidad y se hizo más redondeada. Los etruscos, que la escribían invirtiéndola hacia la derecha, la hicieron bastante parecida a la S que usamos hoy, aunque fueron los romanos quienes le dieron su aspecto definitivo.

Hasta 1763 todavía existían palabras en español escritas con la doble S, pero a partir de ese año hubo una reforma ortográfica y la Real Academia decidió simplificarlas haciendo que se utilizara una sola S, como se hace hoy.

 

La U

La última vocal del alfabeto es uno de los signos que más tardíamente han adquirido autonomía. El hecho, en cierta forma, está relacionado con su origen, que comparte con la V y la Y.

Tanto la U, como la Y y la V proceden de un mismo signo de la escritura hierática egipcia que representaba una maza. Cuando crearon su alfabeto, los fenicios llamaron a esta letra vau, y le dieron una aspecto parecido al que tiene la Y actual.

Los etruscos la representaban ya como una V y así fue como la escribieron también los romanos, que no distinguían entre V vocal (U) y V consonante (V). Por eso el nombre correcto de la V es uve, y no "ve corta", y el de la W (V+V) es doble uve.

Recién a fines del siglo XVI, el tipógrafo Louis Elzevir, perteneciente a una célebre familia de impresores y libreros holandeses, estableció la diferencia tipográfica entre U y V mayúsculas. (Él fue quien también estableció la diferencia entre la I y la J.) Unos años más tarde, en 1619, el alemán Zetner distinguió las formas minúsculas u y v.

En español, la U a veces no representa ningún fonema (sonido) y actúa como "relleno" obligado por las normas ortográficas. Así ocurre cuando forma los grupos GU y QU: es muda después de G y Q y antes de E y de I (guerra, guitarra, queso, quinta). Además, tiene la particularidad de poder llevar diéresis, que se coloca sobre la U en los grupos GUE y GUI para indicar que ese sonido se pronuncia, como sucede en las palabras "Antigüedad" y "Lingüística", por ejemplo.

 

La Z

El origen de la letra Z se encuentra en la escritura jeroglífica egipcia, donde se representaba mediante el dibujo de un carro, según algunos, o el de una hoz, según otros. Los fenicios la llamaron zain, "arma" y le dieron una forma semejante a nuestra I mayúscula actual. Para los griegos era una letra doble, ya que expresaba el sonido de la unión de delta y sigma. Los romanos sólo la usaban para transcribir algunas palabras griegas, pero dejaron de emplearla a fines del siglo IV a.C. Tres siglos más tarde fue nuevamente introducida en el alfabeto romano, junto con la Y, para transcribir palabras griegas como Zeus o Zodíaco y se la ubicó en el último lugar del abecedario. Así llegó a nosotros.

En español ha ido ganando terreno a la C, sobre todo a la Ç (cedilla = zetilla, pequeña zeta), a la que hizo desaparecer. El castellano antiguo diferenciaba entre Z y Ç —la primera era sonora y la segunda no—, pero hacia el siglo XIII se empezaron a confundir ambos sonidos y en 1726 la Real Academia resolvió suprimir la Ç y sustituirla en todos los casos por la Z.

 

 

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