«Hacéle caso a mamá.»
La difícil tarea de enseñar a nuestros hijos a "hacer caso" y la autoridad positiva

Psp. María Laura Kainer
17 de marzo de 2003

Tener autoridad —que no es lo mismo que ser autoritario— es básico para la educación de nuestros hijos. No sólo para hacer que se comporten bien, para que "no hagan lío", sino porque la autoridad facilita la socialización, ayuda a la formación de relaciones interpersonales sanas, y es el vehículo de la educación, puerta de acceso al mundo de la cultura.

Como papás, nuestra tarea es señalar objetivos claros que permitan diferenciar lo que está bien de lo que está mal, lo que se puede hacer de lo que no se debe hacer. Si en casa les permitimos subirse a la mesa o las sillas, es de esperar que quieran hacer lo mismo en el jardín, en la casa de la abuela, en un comercio o en la sala de espera del médico.

Una de las causas de que los niños "no hagan caso" es que, tanto los padres como las madres, se exceden en el ejercicio de la tolerancia: «Si están entretenidos, puedo hacer mis cosas.» Esta actitud de los padres, originada en la "buena voluntad", contamina la autoridad y hace que los niños primero, y los adolescentes después, no tengan un comportamiento apropiado en los ambientes que frecuentan. Entonces los padres suelen reaccionar y comienzan los problemas.

¿Cómo hacer para tener autoridad? Algunas de las siguientes claves pueden ayudarnos a ofrecer a nuestros hijos un desarrollo equilibrado en el ámbito familiar:

  • Establecer objetivos claros sobre lo que pretendemos cuando educamos. Lo principal es que estos objetivos sean pocos y compartidos por ambos padres y la persona encargada del cuidado de nuestros hijos cuando no estamos con ellos.

  • Transmitir con claridad y coherencia estos objetivos, de manera que lo que hoy no está permitido mañana tampoco lo esté, y lo que hoy sí está permitido mañana también lo esté.

  • Dar tiempo para el aprendizaje de estos objetivos. Una vez que hemos dados instrucciones concretas y claras, es conveniente dar apoyo a nuestros hijos mediante ayudas verbales hasta que los niños las aprendan.

  • Valorar siempre sus intentos y esfuerzos por mejorar, resaltando aquello que hacen bien y hablando sobre lo que aún no han podido cambiar o recordar.

  • Dar el ejemplo para construir nuestra autoridad moral y ganar el respeto de nuestros hijos. Si hay algo que ellos no pueden hacer y nosotros como papás sí, explicarles por qué, para que no vivan la prohibición como un simple capricho de papá o mamá. Recordemos que hablamos de autoridad positiva y no de autoritarismo.

  • Confiar en nuestros hijos. La autoridad positiva supone que ellos puedan confiar en sus padres y esto se logra si primero confiamos en ellos.

  • Reconocer los errores propios. Esto da seguridad y tranquilidad a los hijos, y ellos se animan a cambiar porque saben que, al igual que sus papás, pueden equivocarse, reconocerlo e intentar mejorar.

Estas claves, y otras que seguramente se les ocurrirán a los lectores, pueden ser válidas para lograr una autoridad positiva, siempre y cuando se las ponga en práctica con amor y sentido común… porque a "hacer caso" también se aprende.

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