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Tener
autoridad —que no es lo mismo que ser autoritario— es básico para la
educación de nuestros hijos. No sólo para hacer que se comporten bien, para
que "no hagan lío", sino porque la autoridad facilita la socialización,
ayuda a la formación de relaciones interpersonales sanas, y es el vehículo de
la educación, puerta de acceso al mundo de la cultura.
Como
papás,
nuestra tarea es señalar objetivos claros que permitan diferenciar lo
que está bien de lo que está mal, lo que se puede hacer de lo que no se debe
hacer. Si en casa les permitimos subirse a la mesa o las sillas, es de esperar
que quieran hacer lo mismo en el jardín, en la casa de la abuela, en un
comercio o en la sala de espera del médico.
Una
de las causas de que los niños "no hagan caso" es que, tanto los padres
como las madres,
se exceden en el ejercicio de la tolerancia: «Si están entretenidos,
puedo hacer mis cosas.» Esta actitud de los padres, originada en la "buena
voluntad", contamina la autoridad y hace que los niños primero, y los
adolescentes después, no tengan un comportamiento apropiado en los ambientes
que frecuentan.
Entonces los padres suelen reaccionar y comienzan los problemas.
¿Cómo
hacer para tener autoridad?
Algunas de las siguientes claves pueden ayudarnos a ofrecer a nuestros hijos
un desarrollo equilibrado en el ámbito familiar:
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Establecer
objetivos claros sobre lo que pretendemos cuando educamos. Lo principal es
que estos objetivos sean pocos y compartidos por ambos padres y la persona
encargada del cuidado de nuestros hijos cuando no estamos con ellos.
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Transmitir
con claridad y coherencia estos objetivos, de manera que lo que hoy no está
permitido mañana tampoco lo esté, y lo que hoy sí está permitido mañana
también lo esté.
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Dar tiempo para el aprendizaje de estos objetivos. Una vez que hemos dados
instrucciones concretas y claras, es conveniente dar apoyo
a nuestros hijos mediante ayudas verbales
hasta que los niños las aprendan.
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Valorar
siempre sus intentos y esfuerzos por mejorar, resaltando aquello que hacen
bien y hablando sobre lo que aún no han podido cambiar o recordar.
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Dar
el ejemplo para construir nuestra autoridad moral y ganar el respeto de
nuestros hijos. Si hay algo que ellos no pueden hacer y nosotros como papás
sí, explicarles por qué, para que no vivan la prohibición como un
simple capricho de papá o mamá. Recordemos que hablamos de autoridad
positiva y no de autoritarismo.
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Confiar
en nuestros hijos. La autoridad positiva
supone que ellos puedan confiar en
sus padres y esto se logra si primero confiamos en ellos.
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Reconocer
los errores propios. Esto da seguridad y tranquilidad a los hijos, y ellos
se animan a cambiar porque saben que, al igual que sus papás, pueden
equivocarse, reconocerlo e intentar mejorar.
Estas
claves, y otras que seguramente se les ocurrirán a los lectores, pueden ser válidas
para lograr una autoridad positiva, siempre y cuando se las ponga en práctica
con amor y sentido común… porque a "hacer caso" también se
aprende.
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