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El dilema de los límites |
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| Psp. María Laura Kainer | |||||
| 17 de marzo de 2003 | |||||
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Pablo,
de nueve años, le dijo a su mamá: «Mamá, si vas a seguir haciéndome
tan fáciles las cosas, yo voy a ser igual que Joaquín, que se porta mal en
todos lados y es insoportable.»
Si
a los chicos se les permitiera comer sin estar sentados a
la mesa, el comedor se convertiría en un chiquero. Los chicos exploran
hasta dónde pueden llegar, y en esa búsqueda pueden hacer cosas
desagradables o volverse insoportables. Por eso es importante recordar que:
Pero,
¿cómo y cuándo poner límites? ¿De qué manera? No es fácil determinar cuál es el mejor momento para poner límites, ni cuál es la mejor manera de afrontar esa tarea. Cuando percibimos la necesidad de hacerlo, dudamos entre recurrir a la cachetada o al grito, a la penitencia o a la prohibición de aquello que más les gusta, o recurrimos a la amenaza: «Cuando llegue papá…» En
primer lugar, los padres deben tener la sensibilidad necesaria para
reconocer la diferencia entre necesidad y capricho respecto de aquello
que sus hijos demandan. Por eso, cuando es posible, es muy
importante dialogar con ellos, a pesar de su condición de niños. Los
«No» deben animarnos, a ellos y a nosotros, a conversar sobre el asunto,
provocando un diálogo constructivo; no deben generar un deterioro en
las relaciones. Después de nuestro «No» seguramente
vendrá su «¿Por qué?», y ellos tienen derecho a una
respuesta. Se
trata de un aprendizaje. Los padres son quienes mejor conocen a sus
hijos, y este conocimiento les permite reconocer el mejor momento para
señalarles los límites y la mejor manera de hacerlo. No hay una
fórmula universal. Es
importante tener en cuenta la personalidad y el temperamento de cada
uno. No hay recetas ni fórmulas mágicas. Aquello que resulta
acertado para ciertos papás, puede no serlo para otros. Lo que resulta
adecuado con uno de sus hijos, quizá no lo sea para los demás.
Y sabemos que la paternidad es un oficio que se aprende ejerciéndolo. La
tolerancia y la comprensión son las bases del arte de
educar, y educar implica necesariamente poner límites, lo cual debe ser
hecho con amor pero
teniendo en cuenta a la vez qué es lo mejor para nuestros hijos. |
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NN. del E. |
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