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Menelao
era el rey de Esparta. Su hermano, Agamenón, era el soberano de la
ciudad más importante de la Grecia continental de entonces: Micenas
(la otra zona griega de gran desarrollo se encontraba en la isla de
Creta).
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La esposa de Menelao era la hermosa Helena, cuyo rapto motivó
la guerra entre griegos y troyanos.
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Durante
la batalla, luego de la retirada de Aquiles, los griegos se lanzaron
contra los troyanos envalentonados por la arenga de Ulises. Al frente
de los troyanos marchaba Paris, con paso marcial. Menelao lo vio y se
lanzó contra él. Paris perdió toda su pompa y retrocedió entre sus
propios soldados, al tiempo que escuchaba los gritos de Menelao
acusándolo de cobarde. Ante estas palabras, Paris propuso a Menelao
resolver el conflicto con un duelo entre ambos. Todos se disponían a
contemplar la pelea con la que culminaría la guerra, pero ésta
quedó inconclusa. Cuando la suerte de Paris parecía echada,
Afrodita, su protectora, lo envolvió en una nube y lo transportó al
interior del palacio. Los griegos dieron por ganador a Menelao, pero
los troyanos no lo reconocieron. Por ello se pactó un nuevo duelo,
esta vez entre Ayax (el mejor soldado griego después de Aquiles) y
Héctor, el valiente hermano de Paris. Este combate debió suspenderse
al llegar la noche sin consagrar un vencedor.
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Menelao
fue uno de los griegos que se escondieron dentro del caballo de
madera.
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Después
de la guerra, Menelao se reconcilió con Helena. Al regresar, el viaje
les presentó inusitadas dificultades y tardaron ocho años en llegar
a Esparta. Una vez allí, vivieron largos y felices años.
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Helena
se sonrojaba de vergüenza ante su gente por lo ocurrido. Pero como
conservaba toda su belleza, nadie cuestionaba la actitud de Menelao,
todos pensaban que —en su lugar— también la hubiesen perdonado.
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