Academia de Ciencias Luventicus

 

 

Barrio nuevo, país viejo.

Por Andrés Luetich

5 de marzo de 2003

 

El domingo pasado vivimos un nuevo hito en el proceso de "renovación" de la política argentina. En la provincia de Catamarca, la prepotencia de exaltados y violentos seguidores del "proscripto" candidato Luis Barrionuevo impidió a los ciudadanos expresarse en las urnas. Tal vez quien nos enseñó con claridad que «nadie hace plata trabajando» nos quiera enseñar ahora, ya no con palabras sino con hechos, que una elección se gana prepoteando y "apretando".

Y es que "renovar" no significa necesariamente mejorar. Lo perimido, lo primitivo, lo atávico, también puede recobrar fuerzas y presentarse otra vez con pretenciones de imperar.

Hegel, rememorando la vez en que vió pasar a Napoleón a escasos metros suyos al frente de su ejército vencedor, dijo: «He visto al espíritu de la historia montado a caballo.» Tal vez un freudiano, al ver el palco del acto en el que se festejaba el haber impedido la elección, podría haber dicho: «He visto al inconciente, oscuro e irracional, subido a un palco.»

¿Y qué decir de la "proscripción"? Escuché a un afamado periodista de un medio porteño, opositor a Barrionuevo y a Menem, decir que no estaba de acuerdo con que se proscribiera a nadie. Que no lo estuvo antes, cuando se proscribió a Menem, y que no lo está ahora. ¿Qué entenderá este buen hombre por "proscribir"? Porque si proscribir es la consecuencia de determinar las condiciones que debe reunir una persona para poder presentarse como candidato, entonces es lógico y necesario proscribir. Entiendo que ocurre con este término algo semejante a lo que ocurre con "discriminar". Si por discriminar se enteiende distinguir a unas personas de otras, es indispensable discriminar para hacer justicia, para dar a cada quien lo suyo. Al dotar de una carga negativa a estos términos, sin diferenciar sus acepciones francamente positivas, se profundiza la confusión, se "revuelve el río" y se propicia la "ganacia del pescador".

Si Menem hubiese respetado la ley en 1995 y se hubiese ido después de sus seis primeros años de gobierno, tal vez hoy el país sería otro. Necesitamos respetar la Constitución y las leyes. No aceptemos más las presiones y la prepotencia de los que creen que por gritar, apurar y amenazar pueden hacer que la legislación no rija en los momentos difíciles. Justamente, cuando la ley se opone a nuestros intereses y apetencias, es cuando se pone a prueba nuestro respeto por ella. ¡Qué fácil es cumplir la ley cuando ella manda lo que nosotros queremos!

Pero pedirle a estos políticos, que nos han enseñado que es imposible progresar mediante el trabajo, que nos enseñen ahora que hay que respetar la ley incluso cuando no nos agrada o conviene, tal vez sea pedir demasiado.

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