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| ¿Qué hace la
televisión con nosotros? Elementos para educar en una actitud crítica frente a la televisión |
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| Por Juan Marcelo Pardo |
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| 7 de mayo de 2003 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Quien
informa tiene el poder
Los
tiempos que corren podrían ser definidos como la era de la información.
El estar informado se
considera algo muy importante, casi una
necesidad básica. Las personas que no tienen acceso a
los medios de comunicación (TV, radio, diarios y revistas, Internet) quedan excluidas de la
sociedad o ven notablemente disminuidas sus posibilidades de realización. Los medios de comunicación social (MCS), especialmente la televisión, son poderosos formadores de opinión, transmisores de ideas, valores y contravalores. Esta capacidad, sumada a su extraordinario alcance y a la gran velocidad con que realizan su labor, los transforma en herramientas capaces de conducir a pueblos enteros. Quien es dueño de un medio de comunicación, tiene el poder de forjar la conciencia de muchas personas.
La televisión como herramienta para la manipulación Los MCS, cuya función debería ser la de informar y transmitir la verdad, pueden convertirse en manipuladores de la opinión pública cuando quienes los conducen comunican deliberadamente verdades a medias o falsedades. De hecho, los medios son usados para dirigir los sentimientos y las opciones de los telespectadores, oyentes, lectores y cibernautas. La mejor manera de evitar la
manipulación de los MCS es enseñar cómo ellos influyen sobre nosotros y ejercitar
nuestro juicio crítico ante lo que nos transmiten. Efectos sobre la mente de los telespectadores Ver
televisión no requiere un esfuerzo mental especial, a diferencia de la
lectura, por ejemplo. No implica esfuerzo por aprender, ni habilidad para
adquirir: no exige inteligencia. Las personas se sientan frente al
televisor, no como lectores se ponen frente a un libro —lo que requeriría un esfuerzo—, sino como
espectadores, con una actitud totalmente pasiva. Las imágenes se ofrecen sin que
el telespectador haga ningún esfuerzo, no requieren capacidad
reflexiva o analítica alguna. Frente
al televisor estamos por debajo del estado de alerta normal en una
persona. La
acción de los estímulos recibidos desde la pantalla, y las sensaciones
por ellos generadas en las áreas más profundas del cerebro, pueden
producir estados de euforia o de temor, de alegría o de tristeza,
placenteros o depresivos, sin que las personas que los viven sepan por qué
se producen. Efectos sociales y psicológicos La
televisión influye poderosamente sobre los espectadores, configurando su
personalidad. Predispone, condiciona, y genera actitudes, conductas, formas
de pensar, gustos, costumbres y modas. Por eso es que ejerce su influencia
especialmente sobre la cultura infantil y la juvenil. La personalidad de un
niño o de un adolescente no se conforma de la misma manera viendo o no
televisión. Nuestro
lenguaje sufre hoy un empobrecimiento considerable. El mismo está
fuertemente asociado a la acción de la televisión. Los personajes que
siguen nuestros niños y adolescentes no son personas formadas. Mediante
una palabra intentan expresar lo que normalmente necesitaría de una o más
frases para ser expresado. Por ejemplo, en Argentina, es muy común escuchar
a los adolescentes decir que algo «Está joya», queriendo decir que
«es algo de muy buena calidad».
La
televisión crea una personalidad dispuesta sólo a recibir cosas, sin
cuestionarlas. Esto, a su vez, repercute en otras esferas de la vida,
reforzando la tendencia a la pasividad, pues quita tiempo al
ejercicio físico, las relaciones humanas, la lectura y otras actividades que
exigen iniciativa. Sin quererlo,
los niños y los jóvenes van adquiriendo la preferencia por una vida hecha. Si se acostumbran a
presionar un botón y que
todo les llegue terminado,
se habitúan a recibir las cosas de segunda mano, sin verse obligados a
realizar el esfuerzo de producirlas por ellos mismos. Como consecuencia
de
esto, se paran ante la vida
como lo haría un espectador. También
está comprobado que, cuando los niños pasan mucho tiempo
frente al televisor,
se vuelven menos espontáneos y más inestables anímicamente, como si
hubieran sufrido la amputación de su capacidad de vivir emociones auténticas
y profundas. La televisión atrofia la sensibilidad. Los niños y jóvenes
son cada vez menos capaces de entablar relaciones interpersonales
cargadas de verdadero afecto. Hoy
somos
menos comunicativos que en tiempos pasados. Nunca el hombre ha estado tan informado y de un modo
tan rápido, casi inmediato. Pero tampoco ha estado nunca tan
incomunicado. La televisión, los video-juegos y las computadoras producen
niños y jóvenes aislados del mundo que los rodea, incapaces de
comunicarse. La
televisión alienta la propensión al consumo. Estamos amaestrados
para el consumo. Los niños llegan a ser leales y entusiastas consumidores
de un producto determinado. Los niños no sólo asedian a sus padres con
el fin de consumir determinado producto sino que llegan
hasta el extremo enfermizo de decir: «Papá, compráme algo.» No importa
qué, pero algo. Las personas ya no se interesan por el producto sino por el acto de
consumir. Hoy, en la Posmodernidad,
padecemos una nueva
enfermedad: la teleadicción o síndrome de adicción televisiva.
Pasar frente al televisor, la computadora o los video-juegos tres horas
por día produce una adicción tan fuerte como el consumo del tabaco o las
drogas. Hay personas que llegan al punto de depender tanto
de la televisión cuanto de los alimentos. Y pierden el contacto directo con la
realidad. Lo real pasa a ser lo
televisado, no la experiencia personal.
Para los adictos a la televisión, las cosas no son verdaderamente reales
mientras no las hayan pasado por ese medio. Viven una verdadera
esclavitud. Y si se los priva de la televisión, aparecen los síntomas de
la abstinencia: la depresión, el aburrimiento, la irascibilidad, la
angustia, etc. Estas personas llegan a pensar, a amar, a odiar, a
rechazar, a aplaudir, a vestirse y a comportarse según lo que han
aprendido por televisión. ¿No vemos en los patios de las escuelas a nuestros niños un poco más violentos, con conductas violentas reiteradas? Los siguientes datos nos dan una idea clara de la violencia que transmite la televisión: los niños ven cada semana un promedio de 670 homicidios, 15 secuestros, 848 peleas, 420 tiroteos, 8 suicidios, 20 escenas eróticas, 30 casos de tortura y 18 casos de drogadicción. En 18 horas de programación se ven 1846 actos de violencia. Está comprobado que la violencia televisiva contribuye a formar conductas agresivas. Un medio que muestra acciones violentas, las desencadena. La televisión nos anestesia y terminamos tomando como normales actos de pura violencia.
Elementos para analizar una publicidad Los efectos nocivos de la televisión no son producidos
exclusivamente por los programas que se emiten: un rol importante lo
juegan los espacios de publicidad. A
continuación se presenta una guía básica para analizar un aviso o propaganda.
Siguiéndola se podrá descubrir el mensaje que la misma transmite y los
medios de que se vale para hacerlo. 1
¿Qué
se ve en el anuncio? (Prestar atención a todo: paisajes, personas,
leyendas, objetos, etc.)
Nota dirigida a los docentes Si
usted es docente, le propongo una actividad
que podrá realizar con sus alumnos con el fin de ayudarlos a formar su
juicio crítico frente a la publicidad: 1.
Analizar un aviso aparecido en una revista siguiendo la guía arriba
presentada.
OBRAS CONSULTADAS
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NN. del
E.
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