|
|||||
| Diario de viaje por los Alpes
berneses, julio de 1796 (Georg Wilhelm Friedrich Hegel) |
|||||
| Resumen y notas por el Prof. Lic. Andrés A. Luetich | |||||
| 20 de marzo de 2003 | |||||
|
El lunes 25 de julio de 1796 partí de Berna a las cuatro de la mañana con tres preceptores sajones […] Para quien está acostumbrado al llano la Naturaleza se presenta desde aquí totalmente cambiada. Ahora se halla siempre entre altos montes, en parte verdes, mientras que a lo lejos se divisan las cumbres nevadas. Los valles son muy estrechos y están cubiertos de mullidos prados sembrados de infinitos frutales, sobre todo nogales y cerezos, cuya vista es un constante descanso por su encanto rústico. Sin embargo, la angostura de los valles, carente de toda panorámica, tiene algo oprimente, angustioso para quien viene del llano. Sin cesar anhela que el valle se abra, se extienda; pero su mirada choca siempre contra las rocas. […] cabañas dispersas y míseras, como todas las casas de estos parajes mal hechas de madera y cubiertas con tejas del mismo material, que sujetan con piedras para que no se las lleven las tormentas. […] Era el atardecer cuando fuimos a ver la cascada. En parte ya la habíamos ido viendo por el camino, sobre todo desde la fonda; pero a pesar de lo cerca que estábamos, sólo nos pareció un hilo de agua insignificante, que de ningún modo nos iba a compensar el esfuerzo y los gastos del día […] Sin embargo, pese a estos prejuicios y aunque comenzaba a oscurecer, cuando nos acercamos al lado mismo de la cascada y nos situamos debajo de ella, nos satisfizo por completo. […] Lo único grandioso es la altura de la pared de roca desde la que cae la cascada, no la misma cascada en sí. En cambio el vuelo fino, flexible, libre de esta cascada tiene algo cautivador. No es un poder, una gran fuerza lo que se ve; al contrario, el pensamiento se encuentra lejos del yugo, de la necesidad imperiosa de la Naturaleza, y lo vivo, siempre descomponiéndose y dispersándose en vez de concentrarse en una masa, lo eternamente en proceso y acción, produce la imagen de un libre juego. (1) […] [Martes, 26 de julio] […] No hay pedazo verde de estos montes que no se aproveche hasta lo último; se sube incluso con peligro de la vida a pequeñas superficies de algunos pies cuadrados a por hierba. […] (2) […] cuando subíamos, un pastor nos había ofrecido su nata, que llevaba a casa, dejando a nuestra voluntad lo que quisiéramos pagarle. Contra lo que creen muchos viajeros ingenuos que se han hecho de esta vida pastoril una idea de inocencia y bondad generales, esta costumbre —bastante común— no se debe a hospitalidad y desinterés, sino a que estos pastores esperan conseguir más de lo que vale su mercancía dejando el precio a la voluntad del viajero. Es fácil hacer la prueba. Si se les da aproximadamente sólo lo que vale su género, lo justo, ni dicen gracias ni responden al saludo de despedida, sino que enmudecen y ponen mala cara. O si se les da menos de lo que estiman se les debe, uno puede estar seguro de que deponen su ignorancia anterior sobre el valor de su mercancía y exigen con decisión su valor. (3) […] Pegados a la Jungfrau se encuentran los dos Aiger, formados por masas de roca pelada con casquetes de nieve. A pesar de hallarnos tan cerca de ellos y pese a contemplarlos en toda su extensión, desde el pie hasta la cima, no produjeron en nosotros el sentimiento de grandeza y sublimidad que habíamos esperado (4). El panorama de una altura sólo impresiona cuando, encontrándose uno totalmente al pie de una pared vertical —como ocurre al pie de la torre de una iglesia—, se vuelve la vista a la altura; no, en cambio, cuando la vista puede medirla desde una cierta distancia o uno se halla demasiado cerca, de modo que no ve más que una pequeña parte del monte. Quien no esté acostumbrado a estimar la altura de estos montes y sus distancias se engañará constantemente, y sólo la experiencia le enseñará que subir a una altura que parece requerir sólo un cuarto de hora puede necesitar fácilmente varias horas. […] Hoy hemos visto estos glaciares [los dos famosos glaciares de Grindelwald] a sólo media hora de distancia, y no tienen nada de particular. Se puede decir que simplemente es un nuevo modo de ver, incapaz de dar al espíritu otro trabajo que el de llamarle la atención por encontrarse en plena canícula junto a masas de hielo apenas afectadas por él incluso a un nivel en el que maduran cerezas, nueces y trigo. Hacia abajo el hielo está muy sucio y a trechos completamente cubierto de barro; quien haya visto una carretera ancha, cuesta abajo y fangosa, cuando la nieve comienza a fundirse, puede hacerse una idea aproximada del aspecto que presenta la parte inferior del glaciar vista de lejos. Es un panorama que no tiene nada ni de gracioso ni de apacible. (Más arriba el hielo se presenta en pirámides de un azul más puro y que en comparación con el sucio hielo de abajo se puede llamar, si se quiere, bellas.) (5) Hacia la una llegamos a Grindelwald, un pueblo grande, bastante extendido monte arriba. […] A uno le asaltan los niños, que ofrecen al viajero flores, fresas, etc. o simplemente mendigan a palo seco. [Miércoles, 27 de julio] […] para ver de cerca uno de los famosos glaciares, nos hicimos guiar a uno que nos quedaba de paso y es el mayor de todos. […] Aparte de la satisfacción por hallarme tan cerca de un glaciar así, de que lo toqué y pude mirar detenidamente su hielo, no he tenido en ello ninguna otra, sobre todo porque estando tan cerca apenas se puede abarcar un poco de él y las masas de hielo que se tiene delante, aparte de que no son muy altas, no se suben de golpe, sino poco a poco. […] seguimos bajando por un camino pedregoso al lado del Reichenbach, que venía torrencial. […] sabíamos que este camino lleva al famoso salto del Reichenbach […] el majestuoso espectáculo nos recompensó por las fatigas del desagradable día. El agua, colándose arriba por un estrecho paso en la roca, cae luego a plomo en ondas cada vez más amplias, que arrastran constantemente hacia abajo la mirada del espectador; pero éste nunca consigue fijarlas, perseguirlas, pues su imagen, su figura se volatiliza a cada momento y a cada momento es sustituida por otra, viendo en esta cascada constantemente la misma imagen y que a la vez no es la misma. Después que las olas han descendido —más que caído— una altura considerable, chocan contra las rocas y se introducen espumando en tres o cuatro agujeros, para luego reunirse y caer estruendosamente en un abismo cuya profundidad ya es inasequible para la vista, pues se interponen las peñas. […] Con razón ha llamado Meiners la atención sobre esta cascada; pero una descripción es tan incapaz como una pintura de sustituir la propia presencia. […] incluso en el mejor cuadro falta lo más atractivo y esencial de un espectáculo así: la vida eterna, la poderosa actividad que encierra […] la eterna, incesante transformación de cada parte, la eterna disolución de cada onda, de cada espuma […] toda esta potencia, toda está viva se pierden por completo. (6) [Jueves, 28 de julio] […] El Aar forma algunas cascadas soberbias, que se desploman con terrible fuerza. Sobre una de ellas salta un audaz puente, en el que la espuma salpica al viajero por completo. Desde él se ve de cerca el tremendo ímpetu con que las ondas se precipitan contra los salientes de roca, sin comprender uno cómo pueden resistir esta furia. No hay ocasión mejor para ver tan puramente lo que es el concepto de necesidad de la Naturaleza como contemplando el ímpetu eternamente ineficaz y eternamente continuado de la ola lanzada contra esas rocas. Con todo, se ve que sus afiladas aristas se van redondeando poco a poco. (7) Cada vez más la vegetación acusa sensiblemente la maldición de una naturaleza sin calor ni fuerza. Los abetos desaparecen y sólo quedan matas de abeto raquíticas, musgo, una hierba achicharrada —cuando la hay—, algunos alerces y pinabetos. […] Dudo de que el teólogo más convencido se atreviera entre estos montes a atribuir a la Naturaleza el fin de ser útil al hombre, que tiene que robarle duramente lo poco y mezquino que puede utilizar. Nunca se halla seguro de que sus pobres hurtos, como el robo de un puñado de hierba, no le van a costar morir aplastado bajo las piedras o los aludes, o de que su cabaña miserable y su establo no se vayan a ver convertidos de la noche a la mañana en un montón de escombros. En estos yermos inhóspitos hombres cultos habrían inventado quizá todas las teorías y ciencias antes que la parte de la Teología Natural que demuestra al orgullo del hombre cómo ha desplegado la Naturaleza todo para su satisfacción y bienestar. Ese orgullo caracteriza a la vez nuestro tiempo, que encuentra mayor satisfacción en creer que todo ha sido hecho para él por un Ser extraño que en la conciencia de que propiamente es él mismo quien ha impuesto estos fines a la Naturaleza (8). Sin embargo, los habitantes de estos parajes viven en un sentimiento de dependencia frente al poder de la Naturaleza, y eso les proporciona una tranquila resignación ante sus arrebatos devastadores. Si ven su cabaña demolida, o enterrada, o arrastrada por el agua, la vuelven a construir en el mismo sitio o cerca de él (9). Si en un sendero mueren frecuentemente hombres por desprendimientos de rocas, lo siguen frecuentando tranquilamente, a diferencia de los habitantes de las ciudades, que por lo general sólo se ven contrariados en sus propósitos por su propia incapacidad o por la mala voluntad de otros, y por lo tanto se irritan e impacientan si llegan a sentir una vez el poder de la Naturaleza; en este caso, necesitados de consuelo, lo encuentran por ejemplo en una charlatanería encargada de demostrarles que tal vez hasta ese infortunio haya sido para su provecho. Son incapaces de elevarse hasta un punto de vista que les permita renunciar a su propio provecho (10). Exigirles que renuncien a una indemnización equivaldría a privarles de su Dios. […] en medio de un desierto de piedra yermo, triste y tan salvaje como los sitios que habíamos pasado en las últimas horas. Ni la vista ni la imaginación encuentran en estas masas informes punto alguno en que poder descansar aquélla con agrado y encontrar ésta ocupación o entretenimiento. Sólo el mineralogista encuentra materia para aventurar insuficientes hipótesis sobre las revoluciones de estas montañas. La razón no encuentra en el pensamiento de la duración de estos montes o en la forma de su sublimidad nada que le impresione o le arranque su asombro y admiración. El panorama de estas masas eternamente muertas no me dio más que la imagen uniforme y a la larga monótona de que simplemente esto es así (11). En el refugio nos dieron vino italiano, salchicha bolonesa, carne de cordero y de ternera, traídos como el pan de Mairingen. […] La casa misma y los pastos que le corresponden pertenecen al Haslital. El arrendatario, que vive en la casa, sólo puede estar en ella nueve meses al año. En diciembre tiene que bajarse a parajes más bajos y hasta marzo no vuelve a subir. Por los pastos paga una tasa. A los pobres tiene que servirles gratis. Los demás viajeros le pagan a voluntad […] [Viernes, 29 de julio] […] a las tres menos cuarto llegamos a Realp, donde nos acogió hospitalariamente un hospicio de capuchinos, agasajándonos con un tinto italiano que fue el mejor que encontramos en todo el viaje —pues procedía de la bodega de los señores clérigos— y con buen queso. También ellos dejaron a nuestra voluntad cuánto les teníamos que dar, aunque me parece que les salió mal con nuestro cajero. Aun así fueron tan corteses, que me enviaron un guante que me había olvidado con un hombre que llevaba nuestro camino. […] llegamos al pueblo de Ursteren o An der Matt […] En este pueblo, pese a nuestra fe, tuvimos que someternos a los mandamientos de la Iglesia y conformarnos por este día con los alimentos que permite la abstinencia. [Sábado, 30 de julio] […] Pronto llegamos al famoso puente del diablo, del que lo único que nos asombró por de pronto fue su fama. […] [Domingo, 31 de julio] El domingo temprano partimos para Flüelen, situado a media hora de Altdorf, y allí nos embarcamos. Para evitar la competencia entre los barqueros, los viajeros deben tomarlos por orden. También el precio se halla determinado por la autoridad. […] Entre Brunnen y Gersau pasamos por la solitaria celda de un ermitaño, pegada a la orilla, así como por una capilla llamada "del infanticidio", nombre que sugiere el motivo por el que se erigió. Los barqueros nos contaron la siguiente historia, conmovedora por su sencillez y por el contraste entre la perversidad y la inocencia. Un músico había dejado a su niña pequeña en esta soledad, para irse a la otra orilla a tocar en un baile y pasarlo bien. Cuando el padre volvió de noche con la niña abandonada, ésta, hambrienta, le pidió pan. El padre la trató con aspereza. La niña le suplicó vehementemente. El le prometió darle al fin lo que pedía, si era capaz de responder a tres preguntas, de las que aún recuerdo las dos últimas: ¿Qué es más dulce que la miel? La niña respondió: La leche de la madre. ¿Qué es más duro que la piedra? El corazón del padre, respondió la niña, y el padre la golpeó furioso. Muerta la encontraron y la piadosa sencillez erigió en este lugar una capilla en reparación por la inocencia ultrajada. […] en dirección a Lucerna volvimos a divisar por primera vez sobre el bello espejo del lago colinas más bajas; éstas sentaron muy bien a nuestra vista, que hasta entonces se había hallado enfrentada a montes grandiosos, en parte monótonos y tristes, y casi nunca había disfrutado de un amplio panorama. […] Para protegernos de la lluvia tuvimos que tomar tierra un rato. Enfrente de nosotros vimos los escombros del pueblo de Weggis, que se había hundido en el lago. Hace un año, en julio, varios hombres habían sentido que la tierra y todo el paisaje se movía suavemente. Avisados los demás habitantes del pueblo, huyeron todos con sus bienes. Catorce días duró el desprendimiento, durante los cuales pudieron salvarlo todo e incluso demoler y transportar algunas casas, hasta que al fin las demás fueron cayendo todas, una tras otra, al lago. […]
OBRAS CONSULTADAS
|
|||||
|
|
|||||
|
NOTAS
(1) El joven Hegel se maravilla aquí ante "lo eternamente en proceso". En el "sistema" del Hegel adulto encontraremos claros vestigios del asombro que en su espíritu juvenil producía el devenir. Pero no ocurrirá lo mismo con el "libre juego" de éste, que con el tiempo cederá su lugar al "yugo de la necesidad imperiosa de la Naturaleza". Seguramente es ésta una de las razones principales por las que muchos estudiosos de Hegel marcan una ruptura entre el "apasionado, sensible, rebelde y genuinamente teutón" Hegel del siglo XVIII y el "domesticado y cerebral" Hegel del siglo XIX (cfr. Dilthey, Hegel y el idealismo). (2) Desde nuestra infancia hemos oído contar a los abuelos inmigrantes que en Europa se aprovechaba hasta la más mínima parcela para la siembra. Ellos recordaban cómo los había sorprendido, al llegar a la pampa húmeda argentina, la existencia de grandes extensiones de tierra sumamente fértil sin explotar. Esta contraposición se agudiza al extremo si nos ubicamos, con Hegel, a fines del siglo XIX y comparamos los Alpes suizos con nuestra llanura pampeana en los años previos a la declaración de la independencia. (3) No alberga Hegel ninguna idealización romántica de la vida rural. En ello se diferencia del joven Wittgenstein que, movido por el deseo de saciar la sed de conocimientos de "las nobles almas campesinas" de las que hablaba Tólstoi, pasó seis años de su vida (1920-1926) como maestro de escuela en pequeños poblados rurales. Cabe agregar que el contacto directo con los campesinos lo llevó a abandonar poco a poco aquella primera idealización (cfr. Baum, Ludwig Wittgenstein, pág. 123). (4) A Hegel lo conmueven mucho más los fenómenos espirituales que los naturales. Por esa causa tiene mayor estima por la contemplación que el hombre hace de los astros que por todo el firmamento en su conjunto. (5) Ídem nota 4. (6) Hegel se conmueve ante la Naturaleza cuando encuentra en ella la expresión de una idea fundamental, como, en este caso, la del devenir (cfr. nota 1). (7) Evidentemente, la contemplación de las cascadas era una fuente de inspiración para Hegel. Las dos anteriores despertaron en él la reflexión sobre el devenir (cfr. notas 1 y 6). Esta tercera, por su parte, lo lleva a pensar la "necesidad de la Naturaleza" como un "ímpetu eternamente ineficaz". Para el Hegel adulto, para su sistema, una misma ley, la dialéctica, rige la Naturaleza, las ideas y el espíritu. Allí no cabría calificar a la necesidad natural de "ineficaz". Justamente del devenir necesario de idea y Naturaleza proviene el espíritu. La potencia y el ímpetu del río del devenir no sólo terminan rompiendo la piedra sino —parafraseando a las Sagradas Escrituras— «sacando de ella un hijo de Abraham». (8) Por un lado, se adelanta Hegel a Feuerbach, quien sostendrá que es el hombre quien genera el concepto de Dios proyectando fuera de sí lo que encuentra de más digno en su propio ser. Por otro, al afirmar que el hombre no reconoce que es él quien da sentido a las cosas y considera por tanto que al sentido lo da Dios, se acerca a Nietzsche y su concepto del hombre como dador de sentido (cfr. su análisis etimológico de la palabra mensch). La "muerte de Dios", anunciada por el filósofo de Röcken, implicaría la pérdida de este orgullo del que habla Hegel de creer que un Ser extraño lo hizo todo para nosotros. (9) Algo similar ocurre con los habitantes de nuestro litoral. Cuando en su crecida anual el río Paraná inunda sus islas y parte de sus riberas, miles de personas abandonan sus casas para regresar una vez que las aguas han bajado. Recuerdo haber conocido en un viaje a un alemán que había contraído matrimonio con una mujer chilena y vivía desde entonces en Chile. Él se mostraba sorprendido por la falta de previsión de los sudamericanos. Decía que si en una esquina se producía un accidente, en vez de pensar qué hacer para que no volviera a ocurrir, todos se condolían con las víctimas. Al mismo tiempo se mostraban sorprendidos y dolidos nuevamente si otro "accidente" ocurría allí. El pasaje del diario de viaje de Hegel nos permite ver que en la mismísima Suiza, entre los habitantes de las zonas más remotas de los Alpes, se daban actitudes similares a las de nuestros litoraleños y a las de los sudamericanos en general. (10) Hegel entiende que la decadencia del mundo antiguo, en especial la del Imperio Romano, se debió a la exacerbación del interés individual. El hombre perdió la capacidad de sacrificarse por una idea, por su estado, y centró su interés en sí mismo. Esto le permitió al cristianismo extenderse por todo el imperio, ya que con su predicación de la vida eterna y la salvación del alma satisfacía esta inquietud egoísta (cfr. Bourgeois, El pensamiento político de Hegel, capítulo 1 punto 2). (11) La contemplación de "masas informes" no genera asombro a la razón. Esta afirmación lo muestra a Hegel más cerca de Platón que las anteriores sobre el devenir, de tinte heraclíteo. Las ideas, las formas, ellas sí que despiertan admiración. Nótese, paralelamente, que Hegel se refiere a estas masas informes como "eternamente muertas". La vida, el devenir y la forma tienen más que ver con la razón que con la materia. En su sistema, la Naturaleza, la materia, recibirá su orden, su forma y su movimiento de la idea. En cuanto segundo momento de la totalidad, el mundo material será considerado como alienación de la idea que busca su autoconciencia en el espíritu y, por lo tanto, como el momento negativo del proceso dialéctico, momento que, si bien es necesario, es al mismo tiempo el de menor valor. Hegel reúne en su filosofía las ideas de Platón y el devenir de Heráclito en una concepción según la cual lo inferior, la Naturaleza, procede de lo superior, la Idea (entendida ésta no ya como un mundo estático, al estilo de Platón, sino como un ámbito regido por la dialéctica). |
|||||
|
|||||
|
|||||
|
|
|||||
|
|