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Blumfeld, el solterón, llegó a
su cuarto del sexto piso. Ante la puerta, al sacar la llave del bolsillo,
le llamó la atención un rumor que procedía de su habitación. Un rumor
especial, un tableteo vivaz y regular. Abrió la puerta y encontró algo para lo que no se hallaba preparado: dos pequeñas pelotitas de
celuloide, blancas con rayas azules, saltaban en el suelo una junto a la
otra incansablemente. Blumfeld hizo el gesto de tomar algo del aire, para
ver si colgaban de un hilo, pero no. Buscó apoderarse de una de ellas,
pero retrocedieron.
A la mañana siguiente llegó la
sirvienta para limpiar el cuarto. Blumfeld no podía despegarse de su cama
porque las pelotitas, que se encontraban debajo de ella, lo seguirían,
y la sirvienta notaría su presencia. Al irse la sirvienta, Blumfeld, para
poder salir hacia su trabajo, se las ingenió para dejarlas encerradas en
el armario. Y luego planeó una estrategia para deshacerse de las molestas
pelotitas.
En la fábrica de ropa donde
trabajaba, Blumfeld compartía el despacho con dos escribientes que
estaban a su cargo. El lugar era tan estrecho que los escribientes debían
permanecer parados, apretados contra sus pupitres. Ambos acostumbraban
cuchichear y dormitar. Además, solían llegar tarde. Es que el
fabricante, el señor Ottomar, subestimaba el trabajo de Blumfeld y por
ello nadie creía necesario pasar un tiempo en su sección para ser
instruido. Se le habían asignado dos escribientes siendo que él había
solicitado uno. Pero: ¡Qué escribientes!
Aporte
de Andrés Luetich |
Reflexiones
y comentarios:
El
hogar y el trabajo
Andrés
Luetich
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