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El escritor y sus fantasmas (fragmento) |
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“El
hombre no sólo está hecho de desesperanza sino, y fundamentalmente, de
fe y esperanza; no sólo de muerte sino también de ansias de vida;
tampoco únicamente de soledad, sino de comunión y amor. La obra de Saint
Exúpery muestra cómo la literatura puede ser profunda y no obstante
estar impregnada de cálidos sentimientos positivos. Dijo Nietzsche que un
pesimista es un idealista resentido. Si modificamos levemente el aforismo,
diciendo que es un idealista desilusionado, de ahí podríamos pasar a
sostener que es un hombre que no termina nunca de desilusionarse; ya que
hay en la condición psicológica del idealista una especie de inagotable
candor. Y así como la desilusión nace de la ilusión, la desesperanza
surge de la esperanza; pero una y otra, desilusión y desesperanza, son,
curiosamente, el signo de la profunda y generosa fe en el hombre. Los
escépticos, los que nunca creen en nada, tampoco llegan a ser pesimistas.
Por eso la literatura de hoy, la más poderosa y genuina, jamás desciende
el mero escepticismo, como tan a menudo lo hacía en los encantadores
tiempos de Anatole France: incurre en la trágica desesperación que sigue
al derrumbe de una fe y que casi invariablemente es el anuncio de otra. El
hombre necesita un orden, una estructura sólida en la que hacer pie. Creyó
hallarla en el orden científico, pero finalmente comprendió que era
ajeno a nuestras más hondas necesidades espirituales: el derrumbe de la
civilización tecnocrática, cualesquiera sean sus causas materiales,
reveló que ese orden científico, lejos de ofrecernos una base segura,
nos convertía en esclavos de una implacable maquinaria; cuando creímos
haber conquistado el mundo, descubrimos que estábamos a punto de ser
aplastados por él. En vastos movimientos, los hombres se precipitaron
entonces hacia nuevas religiones laicas o políticas, cuando no se
reintegraron al ámbito de las antiguas y auténticas religiones. Y
en tales condiciones surgió la nueva literatura. Primero, como una
ansiosa investigación del caos, como un examen de la condición del
hombre en medio del desbarajuste. Luego, y a través de esa indagación,
como un intento más o menos oscuro de ofrecernos también ese orden que
necesitamos, un rumbo en medio de la tempestad. Para
eso fue menester echar abajo los falsos valores de una sociedad regida por
fetiches o por farisaicos y pequeños dioses burgueses. Pero
el orbe novelístico es el mundo de los deseos, de los sueños e
ilusiones, de la realidad que no fue o no pudo ser: siempre un poco la
inversa del mundo cotidiano; siempre un poco la tendencia a realizar lo
contrario de lo que nos rodea. De ese modo, en el siglo del orden burgués,
se proclamó el desorden y la anarquía, y héroes como Raskólnikov
pusieron bombas debajo de los puentes y vías de comunicación de la hipócrita
sociedad en que sufrían. Pero ahora, cuando las guerras totales y los
totalitarismos nos han traído al caos universal, la novelística busca
inconscientemente una nueva tierra de esperanza, una luz en medio de las
tinieblas, una tierra firme en medio de la gigantesca inundación. Se ha
destruido demasiado. Y cuando lo real es la destrucción lo novelesco no
puede ser sino la construcción de alguna nueva fe. Si
esta tesis es correcta, no es arriesgado suponer que en los años próximos
la novela que más resonancia tenga en el corazón de los hombres sea la
que, de alguna manera, sea capaz de suscitar una nueva (pero genuina)
esperanza.” |
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