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Parte
de los defectos lugonianos se debe a la manía de probar que un americano
puede escribir una lengua tan rica y tan castiza como la de un español.
Este sentimiento de inferioridad presionó catastróficamente en nuestros
escritores.
[…]
Pero
los más vitales y poderosos creadores no incurrieron en ese defecto.
Sarmiento, Hernández y Alberdi consideraron que la lengua debía ser
tomada desde la perspectiva de nuestra propia cultura, esa cultura que,
bien o mal, iba brotando de una tierra inédita: «La lengua de un pueblo
es el reflejo de su historia, gobierno, clima, costumbres y carácter»,
dijo Alberdi.
[…]
El
revuelto proceso de que forma parte el hombre en sociedad promueve una
incesante transformación del idioma, de modo que si en un instante dado
se impusiera una lengua lógicamente perfecta, al cabo de un par de siglos
habrían estallado los cuadros de su sintaxis, su léxico y su fonética.
El camino del idioma es tan tortuoso e irracional como el de la vida. De
otro modo el latín no se habría convertido en castellano y todavía
seguiríamos hablando como Cicerón.
[…]
La
idea de fijar una lengua nace de la (ingenua) creencia
en su insuperable perfección. Personas anhelantes y maravilladas
instan entonces a guardarla en una vitrina, a cubierto del polvo, alejada
del riesgo callejero, protegida del vulgo y de los escritores descuidados.
[…]
Ese
asunto de la vitrina empieza para nosotros en 1492, cuando Nebrija le decía
a Isabel que la lengua castellana estaba «ya tanto en la cumbre, que más
se pudiera temer el descendimiento della que esperar la subida». Que
Nebrija se equivocaba
[…] lo demuestran algunos considerables escritores
luego del peligroso momento vítreo. Pero, con teleológica candidez,
Nebrija creía que su época constituía algo enorme y especialísimo. La
idea es cómica pero no insólita: con frecuencia se supone que el mundo
ha evolucionado, pasando por ambas, megaterios y revoluciones, a través
de millones de años, para que el Hombre Contemporáneo alcance una
perfección insuperable. Sin advertir que una de las irremediables y
melancólicas características de ese hombre es la de estar dejando de ser
Contemporáneo a cada minuto que pasa.
[…] Desde Humboldt sabemos que el idioma no es ergon sino enérgeia, no
producto sino actividad.
Cada
cierto tiempo nos anuncian que el mejor inglés se habla en Oxford y el
mejor castellano en Toledo. Lo que implica algo así como ese Origen
Absoluto de Coordenadas que ansiosamente buscaban los físicos anteriores
a Einstein. La ciudad de Toledo representaría así la silla absoluta del
lenguaje castellano, y los pobres mortales que habitamos en otras regiones
del vasto imperio estaríamos condenados a farfullar dialectos más o
menos monstruosos según nuestras respectivas distancias de la silla y de
la lengua platónica sentada sobre ella.
La
verdad no es ésa. Cada pueblo elabora una lengua diferente, y sus matices
fonéticos y sintácticos son consecuencia inevitable de su historia, su
geografía su raza y hasta su clima y el color de sus pájaros. Qué se le
va a hacer. Y en cada una de esas naciones o regiones le es posible
alcanzar a esa lengua sus más sutiles y hermosas expresiones, en los
poemas de sus grandes poetas, en las novelas de sus prosistas y hasta en
la gracia inefable de sus chicos callejeros.
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