|
“Lo peor
es el vértigo.
En el vértigo
no se dan frutos ni se florece. Lo propio del vértigo es el miedo, el
hombre adquiere un comportamiento de autómata, ya que no es responsable,
ya no es libre, ni reconoce a los demás.
Se me encoge
el alma al ver a la humanidad en este vertiginoso tren en que nos
desplazamos, ignorantes atemorizados sin conocer la bandera de esta lucha,
sin haberla elegido […]
El hombre no
se puede mantener humano a esta velocidad, si vive como autómata será
aniquilado. La serenidad, una cierta lentitud, es tan inseparable de la
vide del hombre como el suceder de las estaciones lo es de las plantas, o
del nacimiento de los niños. […]
En le vértigo
todo es temible y desaparece el diálogo entre las personas. Lo que nos
decimos son más cifras que palabras, contiene más información que
novedad. La pérdida del diálogo ahoga el compromiso que nace entre las
personas y que puede hacer del propio miedo un dinamismo que lo venza y
les otorgue una mayor libertad. Pero el grave problema es que en esta
civilización enferma no sólo hay explotación y miseria, sino que hay
una correlativa miseria espiritual.[…]
Las
dificultades de la vida moderna, el desempleo y la superpoblación han
llevado al hombre a una dramática preocupación por lo económico. Así
como en la guerra la vida se debate entre ser soldado o estar herido en
algún hospital, en nuestros países, para infinidad de personas, la vida
está limitada a ser trabajador de horario completo o quedar excluido. Es
grande la orfandad que cunde en las ciudades; la gran soledad de la
persona original es una de las tragedias del vértigo y de la eficiencia.
La primera tragedia que debe ser urgentemente reparada es la desvalorización
de sí mismo que siente el hombre, y que conforma el paso previo al
sometimiento y a la masificación . Hoy el hombre no se siente un pecador,
se cree un engranaje, lo que es trágicamente peor. Y esta profanación
puede ser únicamente sanada con la mirada que cada uno dirige a los demás,
no para evaluar los méritos de su realización personal ni analizar
cualquiera de sus actos. Es un abrazo el que nos puede dar el gozo de
pertenecer a una obra grande que a todos nos incluya.
Si a pesar
del miedo que nos paraliza volviéramos a tener fe en el hombre, tengo la
convicción de que podríamos vencer el miedo que nos paraliza como a
cobardes. […]
La Historia
es el más grande conjunto de aberraciones, guerras, persecuciones,
torturas e injusticias, pero, a la vez, o por eso mismo, millones de
hombres y mujeres se sacrifican para cuidar a los más desventurados.
Ellos encarnan la resistencia.
Se trata
ahora de saber, como dijo Camus, si su sacrificio es estéril o fecundo, y
éste es un interrogante que debe plantearse en cada corazón, con la
gravedad de los momentos decisivos. En esta decisión reconoceremos el
lugar donde cada uno de nosotros es llamado a oponer resistencia; se crearán
entonces espacios de libertad que pueden abrir horizontes hasta el momento
inesperado.
Es un puente
el que habremos de atravesar, un pasaje. No podemos quedar fijados en el
pasado ni tampoco deleitarnos en la mirada del abismo. En este camino sin
salida que enfrentamos hoy, la recreación del hombre y su mundo se nos
aparece no como una elección entre otras sino como un gesto tan
impostergable como el nacimiento de la criatura cuando es llegada su hora.
Los hombres
encuentran en las mismas crisis la fuerza para su superación. Así lo han
mostrado tantos hombres y mujeres que, con el único recurso de la
tenacidad y el valor, lucharon y vencieron a las sangrientas tiranías de
nuestro continente. El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos
caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer.
En esta tarea lo primordial es negarse a asfixiar cuanto de vida podamos
alumbrar. Defender, como lo han hecho heroicamente los pueblos ocupados,
la tradición que nos dice cuánto de sagrado tiene el hombre. No permitir
que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que
podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, unas criaturas
a las que demos amparo, una caminata entre los árboles, la gratitud de un
abrazo. Un acto de arrojo como saltar de una casa en llamas. Estos no son
hechos racionales, pero no es importante que lo sean, nos salvaremos por
los afectos.
El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria.”
|