Academia de Ciencias Luventicus

JUAN DAMASCENO

Juan Damasceno nació, como su nombre lo indica, en Damasco (Siria), en el año 674. Ingresó al Monasterio de San Sabas, en Jerusalén, y allí pasó la mayor parte de su vida. Respaldado por brillantes cualidades intelectuales, pretendió exponer sistemáticamente todo el dogma cristiano —y no abordar unos pocos temas como hicieran sus antecesores—. Por eso su pensamiento y su obra se convirtieron en las expresiones más perfectas del espíritu escolástico. Juan Damasceno murió en el año 749.

Su formación filosófica y científica era amplia y profunda, pero sus intereses e inquietudes eran esencialmente teológicos. Consideraba que la Filosofía y las Ciencias eran siervas de la Teología, y que su misión consistía en contribuir a la comprensión de la verdad recibida a través de la revelación. La fe es el fundamento de la razón, tanto si su movimiento parte de la observación de la Naturaleza como si parte de la propia fe para comprenderla. El conocimiento que ella nos brinda nos permite comprender el sentido profundo del mundo sensible y de nosotros mismos.

Su obra principal se titula Fuente del conocimiento. La misma comienza con la Dialéctica (que contiene las definiciones y los postulados) y prosigue con la Física, la Moral y la Teología (que ocupa el lugar de la filosofía primera). Entre sus escritos polémicos se destacan el diálogo Contra los maniqueos y el tratado Contra los monotelistas, y entre sus obras menores se encuentra un tratado Sobre los dragones y los fantasmas, contra la supersticiones. 

Según Juan Damasceno, corresponde a la razón explicar los fenómenos físicos (relámpagos y truenos, por ejemplo). Por esta razón critica las supersticiones, a las que considera fruto de la ignorancia. En su Fuente del conocimiento afirma que no debe interpretarse al Universo desde el animismo: “Que nadie piense que los cielos y las estrellas están animados pues son, en realidad, inanimados e insensibles.” Se opone, a su vez, a la interpretación maniquea de la materia como fuente del mal: “Malo es aquello que, no teniendo su causa en Dios, se debe a nuestra propia invención, a saber: el pecado.” 

La naturaleza de un ente es la ley o la potencia —que le confiere el Creador— según la cual el ente se mueve o no (Principio de Operación). Dicha naturaleza no existe fuera de los individuos y solamente el pensamiento puede concebirla. Lo real es el individuo (la hipóstasis, la existencia concreta, la persona). Él hace subsistir todo lo demás, incluida la substancia o naturaleza (el elemento común), que sólo son en la hipóstasis. Así, Juan Damasceno lleva al pensamiento hacia lo concreto, hacia la existencia, evitando el conceptualismo platónico y peripatético, y preanunciando la metafísica de la existencia (esse) de Tomás de Aquino.   

Desde la caída ("pecado original") la angustia pasó a ser parte constitutiva de la naturaleza humana. Ella expresa el deseo natural de existir, el terror frente a la muerte, frente a la pérdida de la existencia recibida. La resurrección para la vida eterna termina con ella.

Al referirse a Dios, Juan Damasceno sostiene que es incomprensible y que accedemos a Él sólo por la fe. Si bien aclara que Dios no es ninguno de los seres, al afirmar que «Él lo llena todo», utilizando un lenguaje cercano al del pseudo Dionisio, sus expresiones adquieren un tinte panteísta. Para evitar esa confusión, sostiene que Dios está más allá de toda substancia y más allá del ser (como el Bien de Platón); es un océano infinito de ser, es la fuente del ser. De acuerdo con la tradición platónica, cuyo influjo recibe a través del pseudo Dionisio, afirma que Dios puede ser llamado tanto "El Ser" como "El Bueno". Con ello se aparta de la tradición de Los Padres de la Iglesia (en especial de Gregorio Nacianceno), quienes sostenían —siguiendo el pasaje del Éxodo "Yo soy"—  que sólo "Ser" es el nombre propio de Dios. Al afirmar la identidad del Bien y la Voluntad Divina, concluye que si bien Dios es todopoderoso (puede todo lo que quiere) no quiere todo lo que puede, sino sólo en bien. Se da aquí esa unión de lo religioso, lo metafísico y lo ético, tan cercana a Platón, que fue denunciada por Nietzsche, quien veía en el cristianismo un "platonismo para el pueblo" y en la metafísica un discurso esencialmente ético. 

Dios es el único ser cuya esencia es existir. Él es la fuente del ser de todas las cosas. Y su existencia puede ser probada por la razón partiendo de sus efectos, de las cosas. Entre otros argumentos, El Damasceno recurre al orden que reina en el mundo y a la necesidad de un primer motor (argumento tomado de Aristóteles). Dios es inmóvil, incorpóreo, perfectísimo y único (aunque no solitario, la soledad es algo triste; Dios es tres personas).

Juan Damasceno afirma que Dios creó todas las cosas libremente. Y para referirse al modo en que crea, toma del pseudo Dionisio y de Plotino el término "emanación". La emanación o energía divina, que es una y simple, se diversifica y multiplica en los seres divisibles indivisiblemente. La energía que emana de Dios, la Gracia Divina, da unidad al universo y es, al mismo tiempo, su vía de salvación, ya que cada ser alcanza la perfección en la medida en que se apropia de la forma de emanación que lleva en sí. El espíritu es la forma que la emanación divina toma en el hombre (su esencia); por eso el hombre se diviniza cuando Dios es captado por su espíritu. 

El hombre es la unión de dos naturalezas (corporal y anímica) en una sola hipóstasis. En la unidad de la persona o individuo se conservan ambas naturalezas con sus propiedades. El cuerpo y el alma fueron creados simultáneamente y están totalmente unidos, aunque cómo se da esa unión es un misterio incomprensible para el hombre. El hombre fue hecho por Dios a su imagen y semejanza, pero por el pecado aquél perdió su semejanza y desdibujó su imagen de modo tal que por sí solo no hubiese podido salvarse. Por ser corporal, el hombre puede hacer penitencia y ser redimido (no así los ángeles). Y para ello ha venido Jesucristo, para salvar lo que podía ser salvado, para salvar al hombre.

En su obra Contra los maniqueos, Juan aborda el problema del mal. Allí sostiene que no hay dos principios, uno del bien y otro del mal, sino uno solo, Dios, que crea todo de la nada. El mal —que obviamente no puede haber sido creado por Dios— en realidad no es. El bien es, pero el mal no es; el mal como tal no existe, es ausencia de ser.

El mal moral es posible a causa del libre albedrío. Lo causa la voluntad cuando se desvía de lo que corresponde a la naturaleza de las cosas. El diablo, que lo cometió en primer lugar, tienta al hombre para que también peque, aunque no por eso deja de ser el propio hombre quien acepta o no sus incitaciones. La voluntad ("apetito racional"), que es una facultad del alma racional, es libre y no obedece a ninguna necesidad o inclinación. 

El pensamiento de Juan Damasceno ejerció gran influencia tanto en Oriente como en Occidente. Sus claros conceptos sirvieron a Tomás de Aquino en la elaboración de su monumental síntesis filosófico-teológica.

N. del E.:  Respecto de la esencia de Dios y la naturaleza del hombre, puede ser de interés para el lector confrontar las ideas de Juan Damasceno con las de Tomás de Aquino.

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