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JUAN FILOPÓN |
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Juan Filopón, también llamado "Juan, ‘El Gramático’", pagano convertido al cristianismo y discípulo de Ammonio Hermias, vivió entre los años 490 y 566. Según parece, su espíritu inquieto no se hallaba a gusto en el paganismo, sobresaturado por entonces de magia y adivinación. En el cristianismo encontró una plataforma metafísica más acorde con las exigencias de la razón, como él mismo sostiene en su obra La creación del mundo. Antes de su conversión escribió varios comentarios a distintas obras de Aristóteles: Categorías, Analíticos, Física, Generación y corrupción, Sobre el alma. La eternidad del mundo y La creación del mundo, escritas luego de su conversión, son sus obras principales. La primera iba dirigida contra la argumentación de Proclo en favor de la eternidad del mundo. Filopón recurría a los filósofos griegos y —como lo había hecho antes Clemente de Alejandría— presentaba a Platón como discípulo de Moisés, como lector de las Sagradas Escrituras. Filopón partía del principio de que en el mundo no puede haber ni más ni mejores cosas de las que hay (confróntese esta afirmación con la de Leibnitz: «Dios creó el mejor de los mundos posibles»). Y juzgaba absurdo considerar al mundo como infinito, porque ello implicaría reconocer que se da el infinito en acto y como cosa enumerable. Contra Proclo, Filopón sostenía que el acto creador de Dios es un acto de "energía espiritual" de la libre voluntad divina y que no implica, por tanto, ni temporalidad, ni espacialidad, ni movimiento alguno. Las criaturas, que están totalmente fuera de la naturaleza divina, no perfeccionan al creador, que seguiría siendo sumamente perfecto aunque no existiera criatura alguna. El tiempo tiene un comienzo. Dios crea ex nihilo ("de la nada"), no necesita de la existencia de una materia previa para crear. En La creación del mundo, Filopón presenta la visión teológica de la Creación. Al hacerlo, se esfuerza por mostrar la concordancia que entiende hay entre los fenómenos de la naturaleza y el relato del Génesis. Respecto del problema del mal —aparentemente incompatible con la afirmación de que el mundo fue creado de la nada por un Dios perfecto y bueno—, y en oposición a los maniqueos —que sostenían que la oscuridad era una substancia real y opuesta a Dios—, Juan Filopón afirmaba que la oscuridad no es nada en sí misma sino sólo la privación de la luz —siguiendo en ello a Aristóteles—. El mal no es una substancia. Su origen son los actos voluntarios incorrectos de los seres dotados de libre albedrío. Al tratar en esta obra el tema del alma, afirma con Aristóteles que el alma debe ser incorpórea porque ningún cuerpo puede penetrar en otro y, además, porque no hay nada intermedio entre lo corpóreo y lo incorpóreo. Filopón recurre también aquí al Génesis y sostiene que de él se deduce que sólo el cuerpo humano está hecho de tierra mientras que el alma es introducida por Dios desde fuera al impartirle su bendición. Esto implica, a su vez, que la entrada del alma en el cuerpo no es un castigo o una degradación para ésta, como sostenía Platón. El alma humana, a diferencia de la de los animales, no deja de existir cuando muere el cuerpo, ya que su actividad no se agota en su referencia al cuerpo, como ocurre con aquellos. Al comentar las obras de Aristóteles, Filopón afirma que El Estagirita sostenía la inmortalidad del alma, como lo afirmaban también otro comentadores antiguos (Simplicio, Boecio). Contra Teodoro de Mopsuestia y Teodoreto de Ciro, que interpretando literalmente algunos pasajes de las Escrituras asignaban cierta materialidad a Dios y a los ángeles, Filopón sostuvo con toda claridad la inmaterialidad de ambos, que no ocupan lugar alguno. En aquel entonces, los astrólogos eran bien recibidos por estoicos y neoplatónicos. Filopón, por su parte, se les opuso sosteniendo que, al negar el libre albedrío, reducían a la nada las leyes, la justicia, los premios y los castigos. Afirmaba que la Astrología aleja de Dios y que debía ser repudiada por los cristianos. A diferencia de Aristóteles, Filopón no consideraba posible que el hombre se eleve por su sola inteligencia desde los efectos a la Causa Primera. No es sino en el interior de ciertos dogmas, conocidos por revelación, que el hombre puede transitar ese camino. Juan Filopón no trató sólo temas teológicos y filosóficos. Se interesó también por los temas científicos. Debatió sobre la física de Aristóteles con el neoplatónico Simplicio, que defendía la Astrología y afirmaba que los planetas eran guiados por espíritus inteligentes. Simplicio era pagano y había sido enviado al exilio cuando Justiniano cerró la Academia, por lo que su encono contra el cristiano Juan Filopón tenía una motivación que iba más allá de lo filosófico. De la obra de Juan Sobre la eternidad del cosmos sólo se han conservado los fragmentos citados por Simplicio. De todos modos, ellos nos permiten ver en él a un precursor de Copérnico, Galileo y Newton. Rechazaba la oposición entre una física celeste (de movimientos circulares eternos) y una terrestre (de movimientos rectilíneos que comienzan y terminan). Negaba la existencia del éter y sostenía que los cuerpos celestes tenían una "naturaleza ígnea". Afirmaba que la luz del sol es la misma que la que puede hallarse en muchas fosforescencias terrestres y que no era blanca sino amarilla. También polemizó con el obispo Teodoro, que afirmaba que los planetas eran movidos por ángeles. Juan sostenía que eran movidos por el "impulso" (ímpetu) que Dios les había impreso. Esta postura sería retomada por Juan Buridán (1300-1358), discípulo de Guillermo de Ockam, con su "teoría del ímpetu", máximo exponente de la teoría dinámica del medioevo. Esta teoría afirma que el motor imprime en el móvil, en el momento de dar origen al movimiento, una fuerza duradera que va disminuyendo por la resistencia del medio o por una tendencia contraria (Aristóteles sostenía que el proyectil era empujado durante su trayectoria por el aire que iba ocupando el vacío que el mismo dejaba al moverse). De este modo, y a través de Buridán, Juan Filopón se transformó también en precursor de la dinámica moderna. Escribió que los cuerpos pesados no caen más rápido que los livianos. Hay motivos para pensar que, para poner a prueba su afirmación, arrojó objetos desde la altura, como mil años después lo haría Galileo —según la tradición— desde la Torre de Pisa. Admitió la "generación espontánea". Dios insertó desde un principio en los elementos las razones seminales de todo lo que habría de nacer con el tiempo. Entre sus obras sobre temas científicos se encuentran sus comentarios a Aristóteles, un comentario a la Aritmética de Nicómaco de Gerasa y un tratado sobre el astrolabio. Se suele presentar a Filopón como el fundador del aristotelismo cristiano, pero la verdad es que mantuvo una posición crítica tanto frente a Platón como a Aristóteles. De ambos tomó y aceptó lo que consideraba acertado y rechazó lo demás. «Quiero ver las cosas y no las hipótesis de Platón» dijo, anticipando actitudes tan contemporáneas como las de la Fenomenología. Se acercó al aristotelismo al tratar la Lógica y la Física. Pero al elevarse a la consideración de Dios, del alma, y de la Creación, es en el platonismo donde encontró elementos útiles para pensar y expresar la verdad revelada. Un hecho que refuerza y testimonia esta preferencia por el platonismo a la hora de abordar estos temas es su afirmación de que Platón era un discípulo o imitador de Moisés, cosa que jamás dijo de Aristóteles. Por el contrario, da testimonio de su aristotelismo el hecho de haber caído en la herejía justamente por aplicar categorías aristotélicas "puras" para interpretar el dogma cristiano. En Teología, al reflexionar sobre la Santísima Trinidad utilizando el concepto aristotélico de substancia, terminó afirmando que, si bien el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una naturaleza común, guardan con ella la misma relación que los individuos con su especie ("triteísmo"). Y en su reflexión sobre Jesucristo, Filopón sostuvo las tesis de la herejía monofisista, que afirmaba que en Él había una sola naturaleza, la divina (contra la creencia ortodoxa en la doble naturaliza, divina y humana). Ello cubrió con un manto de sospecha su labor científica ante los ojos de las autoridades eclesiásticas. De todos modos, a pesar de su monofisismo, los variados y múltiples escritos de Juan Filopón fueron ampliamente utilizados por los estudiantes en Bizancio y en todo occidente hasta el siglo XIII. Sus obras, traducidas todas al siríaco, se constituyeron en una de las fuentes del pensamiento árabe. En occidente, Guillermo de Merbecke tradujo al latín su Comentario sobre el Conocimiento (siguiendo al De anima de Aristóteles) en el año 1268. Dos años después, Tomás de Aquino utilizó este escrito para redactar una nueva versión de su propio comentario sobre el tema contra los averroístas. En el mismo se encuentran insertos de un modo casi literal los comentarios de Filopón. |
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