Academia de Ciencias Luventicus

MIGUEL PSELLOS

A partir del siglo IX comenzó a crecer en Bizancio la admiración por la cultura griega, y en especial por la figura de Platón. Este movimiento encontró su más plena expresión en el siglo XI, en la persona de Miguel Psellos, filósofo y retórico, profesor de la Universidad de Constantinopla, quien en el ejercicio de su labor docente supo inculcar en los jóvenes el amor por Grecia. Psellos compartía la tesis neoplatónica según la cual las diversas escuelas filosóficas helénicas no hacían sino completar la doctrina de Platón. Por la amplitud y profundidad de sus conocimientos, así como por sus dotes para la expresión oral y escrita, fue considerado por sus contemporáneos como el más culto y refinado habitante de Bizancio. 

Considerando a la cultura griega como precursora del cristianismo, Psellos la despojó de la sospecha de ser un peligroso modo de paganismo y la presentó como un esfuerzo imperfecto y loable del espíritu humano que alcanzaría con el cristianismo su perfecta coronación. Por ello se dedicó de lleno al estudio, análisis y comentario de los clásicos de la cultura helénica, utilizando el método alegórico (empleado con anterioridad por Los Padres de la Iglesia para hacer la exégesis de las Sagradas Escrituras), que le permitió ver a los autores griegos como profetas del cristianismo y encontrar en Homero el misterio de la Santísima Trinidad.

El ocultismo y la magia, la Astrología y la adivinación, gozaban de gran prestigio en Bizancio a principios del Segundo Milenio. Psellos englobó a todos estos fenómenos bajo el término "caldeísmo" y asumió el desafío de hacerles frente por considerarlos contrarios a la razón y al cristianismo. Antes de combatir el ocultismo, Psellos lo estudió detalladamente y llegó a la conclusión de que en él no había nada de claro ni de verdadero. En sus escritos contra las supersticiones recurrió a la razón, buscando explicaciones científicas de los fenómenos que se pretendían mágicos o misteriosos. Asumió esta postura sintiéndose respaldado por la razón griega, que supo combatir contra los encantos del pensamiento asiático, y por la filosofía y la teología cristianas. 

No negó la existencia de los demonios, ni tampoco su capacidad para generar males, pero sostuvo que el cristiano debe emplear sólo la fe en Dios para defenderse de ellos. Y siguiendo a Orígenes, a Basilio, y a Damasceno, afirmó que los demonios tienen un cuerpo que utilizan únicamente para actuar en este mundo.

A pesar de su racionalismo (o, mejor, de su condición de dialéctico), no negó Psellos su lugar a la teología mística. “Si bien toda cosa tiene su causa, eso no significa que no haya realidades inaccesibles al razonamiento y a la demostración, tal como lo pretendían los estoicos […] No todo lo divino es abordable, ni toda la Naturaleza puede ser comprendida por la razón.” Así, por ejemplo, no podemos explicar las propiedades del imán. Por encima de las limitaciones de la razón se eleva la inteligencia, que conoce no por demostración sino de modo inmediato, y que actúa en aquellos que han logrado una máxima purificación. Sin embargo, Psellos enfrentó la teología mística de tinte antidialéctico que se practicaba, entre otros lugares, en el convento del monte Olimpo (Betinia), donde los monjes se persignaban con sólo escuchar el nombre de Platón.

Si bien admitió la posibilidad de vivir una vida contemplativa ya en este mundo, siempre consideró más apropiada a la naturaleza del hombre una vida centrada en la parte pasible del alma, la que convive con el cuerpo y pone al hombre en relación con los demás.

A la teoría platónica de las ideas la interpretó en sentido cristiano, siguiendo a Los Padres de la Iglesia. Dios tiene desde siempre, en sí, las nociones de todas las criaturas. Según ellas crea al mundo. Inteligencia e ideas son una y la misma cosa en Dios. En Él se encuentra el mundo inteligible, modelo del sensible.

Psellos debió defenderse de la acusación de helenismo, fundada en su continua utilización y defensa de las ideas griegas. Xifilino, rector de la Escuela de Derecho de Constantinopla y amigo personal de Psellos, lo acusó mediante un escrito de querer perturbar a la Iglesia mediante su platonismo y contagiarla con las aberraciones paganas. Psellos respondió afirmando que estudió los sistemas filosóficos pero siempre refiriéndolos a las Escrituras, las que le permitieron descubrir en ellos las falsedades y los errores de que están plagadas. A su vez reivindicó la conveniencia de profundizar el estudio de la Filosofía para luego acceder a la contemplación, que va más allá del razonamiento. Pero, si bien reconoció la superioridad de la revelación y de la Teología sobre el pensamiento helénico, sus esfuerzos por captar el sentido de los dogmas cristianos a la luz de la filosofía griega y la prioridad que más de una vez le da a ésta son innegables. 

De entre todos los filósofos, Psellos distingue a Platón, cuya filosofía es, según el pensador bizantino, la máxima realización del espíritu humano. Platón es un verdadero precursor del cristianismo, por su defensa de la inmortalidad del alma, su idea de la justicia y su afirmación de que es posible elevarse más allá de los límites de la razón hasta la contemplación del Uno. Aristóteles, si bien merece también el reconocimiento de Psellos, es criticado por él por haber abordado los temas teológicos con la sola razón, sin reconocer que a las cosas divinas se llega con la inteligencia, que está más allá de la razón y de sus silogismos. De Aristóteles rescata especialmente su ciencia, y sobre todo su lógica, a la que considera como una preparación para asimilar la metafísica de Platón. 

Si bien consideraba a la Teología como la disciplina más excelsa, no dejó por ello de valorar a las ciencias particulares: “Por una parte —dice—, me mantendré con Dios mediante la oración todo el tiempo que pueda, y aun me dejaría arrebatar por el éxtasis, si se me concediera la gracia de lograrlo; y por otra parte, viéndome descendido de esas alturas, por culpa de la inestabilidad de nuestra naturaleza, marcharé a través de las praderas de las ciencias, cosechando en ellas todas las variedades de flores que me han de ofrecer.” Y de entre las ciencias distinguió a la Matemática, a la que consideraba el puente que es necesario atravesar para pasar del mundo sensible al inteligible. Ella le permite al hombre adquirir el hábito de pensar en los seres incorpóreos. Siguiendo a Platón y adelantándose a Descartes, afirmaba que nadie puede conocer el mundo sensible si no ha estudiado previamente Matemática. 

En cuanto al universo, sostuvo que el movimiento que se observa en él tiene su origen en Dios, que es su causa primera. Pero la causa primera opera a través de causas segundas. En el mundo inorgánico, la naturaleza, fuerza invisible, es el principio del movimiento y del reposo; en el mundo orgánico, a la naturaleza se le suma el alma; y, en los seres libres, también la inteligencia opera como principio de movimiento. Además sostuvo, con Juan Filopón y contra Aristóteles, que el movimiento de los cuerpos celestes no es de naturaleza psíquica sino natural.

Entre sus obras se destacan: Nociones comunes (recopilación de reflexiones sobre diversos temas, teológicos, filosóficos y científicos); Soluciones breves de las cuestiones físicas (breve tratado en el que se remonta desde el estudio de los seres sensibles hasta la consideración del primer principio de todas las cosas); Crisopeya (donde analiza los métodos de la alquimia desde una perspectiva científica); Oráculos caldeos (resumen y comentario del libro sagrado neoplatónico homónimo, cuyo fin es compararlos con las doctrinas de Platón y con el cristianismo); Sobre la actuación de los demonios (tratado en forma de diálogo en el que enfrenta al ocultismo con espíritu científico); Sobre la cadena de oro (interpretación alegórica de un discurso del Júpiter homérico). 

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